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Full text of "Manuel Bernardez Narraciones"

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NARRACIONES 



w 

Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social 
BIBLIOTECA ARTIGAS 

Art 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 

COMISION EDITORA 

Renán Rodríguez 
Ministro de Instrucción Pública 

Juan e Pivel Devoto 
Director del Museo Histórico Nacional 

Dionisio Trillo Pays 
Director de la Biblioteca Nacional 

Juan c Gómez Alzóla 
Director del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 

Vol 17 

MANÜbL BeRNAKDEZ 

narraciones 

Preparación del texto a cargo de 
Angel Rama 



! 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



NARRACIONES 

Prólogo de 
Juan José Morosoli 



Instituto Nacional de! Libro ! 



MONTEVIDEO 

1955 



1t 



PRÓLOGO 



Bernárdez publicó "25 días de campo'*, cuyo tex- 
to sigue a estas letras, cuando contaba 20 años de 
edad. Su obra posterior es vana. Poesías, relatos, cró- 
nicas y ensayos de interpretación política y económi- 
ca de países vecinos, etc. 

A nuestro juicio ella muestra las mismas caracte- 
rísticas — con variantes, desde luego — que se advier- 
ten en el presente volumen. La vida de Bernárdez 
explica su obra. Tal vez como ningún escritor de su 
tiempo define a éste en sí mismo. Él es su tiempo. 
Un tiempo en que la República buscaba su cimen- 
tación civil, cultural y política definitiva. 

Se advierten en Bernárdez virtudes y defectos. 
Aquéllas lo diferencian de los escritores de su tiempo 
— excepción hecha de los grandes Acevedo Díaz y 
De Viana — por su conocimiento de escenario, hom- 
bres y hechos del hombre. Zum Felde censura a De 
Viana — Acevedo Díaz es intocable — su regionalis- 
mo, de lenguaje casi dialectal, que conspira contra 
su universalidad. Bernárdez pecará de un exagerado 
deseo de escapar, por arte de su lenguaje, de este 
defecto de De Viana, 

Su conocimiento cabal del medio que describe le 
permite aciertos indudables por su propia condición 



vil 



MANUEL P. BERNARDEZ 



de hombre de este medio. Por tal razón resulta un 
documental a quien no puede ignorarse. Sin embargo 
en alguna página de este libro, luego de afirmar que 
tiene del gaucho "un profundo conocimiento, así co- 
mo de sus costumbres, de sus leyendas y de sus des- 
gracias", confiesa: "que no he podido hallar un gau- 
cho para describirlo a mi placer" . . . 

Su realismo es tal cuando fija el acontecer, la anéc- 
dota, la acción, el diálogo, pero está al margen de la 
rudeza objetiva de De Viana — a quien Zum Felde 
juzga un Zoleano- — por su falta de visión en pro- 
fundidad, por su timidez en ahondar en la conciencia 
del hombre, por cierta deleitación en la observación 
de lo exterior. 

Son también defectos fácilmente apreciables en las 
páginas de este libro las disquisiciones con que fre- 
cuentemente fatiga el relato, echando fuera de hueya, 
diluyendo su propia atención, y por consecuencia la 
del lector, en pequeñas observaciones sin interés para 
el relato mismo. No es menos fatigosa su erudición 
en ciertos momentos en que su estilo parece expresar 
el gusto de la época, tan penetrada de academismos 
y citas mitológicas. Su origen español — y la influen- 
cia de sus lecturas, fué un autodidacta — son fácilmen- 
te apreciables en su lenguaje. Los imponderables de la 
raza y su literatura le hacen gozar con el uso de ex- 
presiones extrañas a su medio. Así dirá refiriéndose 
a las "chambonadas" de un jinete: "Aunque haga la 
muserola las veces de brida"; o más adelante, ha- 
blando de ciertas tierras ferrosas y ardidas: "greda 
buena para batanar". Estas expresiones de origen cas- 
tellano — sin enraizar por aquí como otras — no son 
sino injertos que acusan claramente su artificio. 

Cuando él es parte del medio que describe, y le 



VIII 



25 DÍAS DE CAMPO 



encontramos a cielo abierto con los sentidos despier- 
tos y plásticos para gozar el momento que pinta, su 
lenguaje muestra una sabrosura criolla, una segura 
fuerza, una graciosa brevedad. 

Así tras una prueba de su habilidad de jinete, de 
la que dudó por su condición de pueblero un paisano 
encontrado al azar, exclamará éste: "¡Compañero 
Viejo! " 

Quien sabe que la frase traduce una fraternidad 
casi filial, encontrará que el comentario contenido 
en la frase, resume de manera perfecta el sentimiento 
del hombre despertado frente a quien sabe dominar 
su cabalgadura a pesar de ser pueblero. 

Hablando de los gauchos dirá que son ''hombres 
que conservan su inocencia". "Hombres a quien les 
han roto la sien por que no quiso doblegarla". 

Y de su bautismo con la soledad, y el cansancio 
y el hambre, saca la conclusión de profunda raíz gau- 
cha " de que entonces se mira al caballo como a un 
hombre". 

Más adelante encontramos algunas páginas ¿e fuer- 
te contenido social que dan a su trabajo noble inten- 
ción, pues son a manera de juicios adversos a un es- 
tado social que ignora los hechos y situaciones que 
sufre el hombre del campo, tan sometido por aque- 
llos días a las injusticias de los señores de galón y 
espada y tan olvidado por los políticos y "hombres 
de pro" de la ciudad. . 

Sus conceptos — página 27 y siguientes — deben 
anotarse en el haber de su obra pues denotan un 
generoso espíritu de justicia. Las páginas que siguen 
dedicadas a la descripción de la topografía minuana 
son acertadas pese a su insistencia en la clasificación 
científica de sus rocas y minerales. La Mina Oriental 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



y el Cerro Arequita están mostrados con detalles que 
dan acabada idea de su importancia, y la estampa de 
"Pajarito", con su monólogo vago y lleno de lagunas, 
produce una fuerte impresión. Hombres y acontece- 
res dramáticos se mueven como fantasmas en la con- 
ciencia del personaje. Tal vez — o sin tal vez — Ber- 
nárdez fué un vocacional que amó su arte y busco 
interpretar su tiempo, tan duro para los que no dis- 
frutaban de las prebendas o gozaban de riquezas que 
les permitieran la formación de una cultura cimenta- 
dora de sus facultades naturales. Su marcha desde el 
campo hacia la ciudad — a la que conquistó — rea- 
lzando a medias su ideal de escritor, pero hallando 
paz económica y libertándose de humildes menesteres, 
es una prueba de sus condiciones; pero la necesidad 
de alternar la actividad de su pluma con las otras 
actividades a las que entregó parte de su vida, no le 
dejaron el tiempo claro y sin urgencias para la crea- 
ción literaria. 

No podemos dejar sin comentario los cuentos con- 
tenidos en este volumen que son buena prueba de su 
conocimiento del campo y sus hombres, al que nos 
hemos referido. "El velorio vacuno" es una hermosa 
estampa trabajada con simple y recia técnica. Fuerte, 
de relieves duros que hieren la luz, objetiva, tanto, 
que las formas y volúmenes se harán recuerdo en el 
lector, llega hasta dar una sensación olfativa, para 
determinar por eso, casi la sensación física de lo que 
describe. 

¡Lástima que en algún momento el propio crea- 
dor sonreía sin piedad frente a la dramática fuerza 
del asunto! 

U E1 Desquite" es un bello cuento en toda su di- 
mensión. El lector actual, y aún el escritor que gusta 



x 



25 DÍAS DE CAMPO 



de las páginas que evocan la vida rural de aquellos 
días, encontrarán en este cuento elementos que le ha- 
rán fácil la emoción y la recreación de aquellos he- 
chos. Bernárde2 se muestra aquí en la segura senda 
que no debió abandonar jamás El diálogo es de gra- 
cioso y fuerte realismo. Sobrio, muscular, tenso. Pero 
como en el ''Velorio" el propio autor se evade del 
momento bárbaro de la culminación. El drama, que 
llega con una fatalidad que se va anunciando sin 
palabras a través del relato, no conmueve al autor. 
Es en estos momentos que lamentamos que el escritor 
no haya sido sometido, dominado, por el espíritu trá- 
gico de sus criaturas 

Juan José Morosoli. 



XI 



25 DIAS DE CAMPO 



MANUEL BERNARDEZ 



Nació en España en agosto de 1867, y a los pocos meses su 
familia emigró al Uruguay, instalándose en el pueblo Arapey, 
Saleo, donde pasó sus primeros años. Todavía adolescente co- 
laboró en periódicos locales inclinándose a un género litera- 
rio que cultivará siempre: la crónica periodística. En 1885 
iniaa simultáneamente su carrera periodística y política diri- 
giendo una publicación circunstancial, El Salterio. Interviene 
luego en El Ejército uruguayo (1888) y en El Heraldo, de 
Montevideo (1893). Publica de 1896 a 1897 La Cruzada, 
y en ese año ingresa a la Cámara de Representantes en las 
listas del Partido Colorado 

Hasta esa fecha su obra literaria está constituida por: en poe- 
sía, Claros de luna ( 1886) y los poemas que publicará mucho 
después en Sol poniente (1930; cuando también edite su 
Sol nactente; en prosa publica Veinticinco dias de campo 
(1887), Ave María (1890) y en diarios y revistas sus cuen- 
tos camperos, También sus primeras obras sobre sucesos con- 
temporáneos: El tratado de la Asunción (1894). 

En 1898 pierde su banca con motivo del golpe de estado de 
Cuestas, emigrando a Buenos Aires donde continúa y amplía su 
obra de periodista, recogida en libros sobre la realidad econó- 
mica, social y pintoresca de la Argentina a través de los viajes. 
Publica De Buenos Aires al- lguazú (dos ediciones en 1901), 
tambos y rodeos (1902), Santa F¿ (1902), La Argentina en 
los mares antarticos (1903), Chile en la Argentina (1903)» 
La nación en marcha (1904), Hacta las cumbres (1905), en 
colaboración con A. Giménez Pastor, El Brasil (1908). 

En 1910 ingresa a la "carrera" como cónsul del Uruguay en 
el Brasil, ocupando luego el cargo de ministro plenipotenciario 
en el mismo país. Pasa a Italia en 192 0 y a Bélgica en 1925. 
Su actividad diplomática acrecienta su interés por los países 
donde reside, lo que se traduce en un numeroso conjunto de 
libros: Un continente de paz (1912), O gigante deitado (no- 
tas y actos de doce años de vida en el Brasil) (1922), 2 vols., 
O coragao do Brasil y La cruz de fuego (1922), Ultaliamtá 
nelVUruguay (1923), Informe sobre el método Decroly y 
su aplicación oficial en Bruselas (1926) , Aspectos ejemplares 
de la nueva Bélgica (1928). 

Sus últimos libros están dedicados al Uruguay, como demos- 
tración de su permanente preocupación por la organización 
económico -política de su tierra: La marcha secular: afirma- 
ción del progreso uruguayo desde la Guerra Grande basta 
nuestros días, El Uruguay entre dos siglos, Política y mone- 

Retirado de las funciones diplomáticas residía en Brasil 
como consejero honorario de la representación uruguaya, cuando 
falleció en noviembre de 1942. 



\ 



Excmo, señor Presidente de la República, Teniente 
General don Máximo Tajes. 



Excmo. señor: 

De antiguo viene, y aunque lo han hecho grandes 
y sabios* maestros, es generalmente achaque de prin- 
cipiantes, el buscar Mecenas para sus escritos, con 
frecuencia de poco y siempre de dudoso o ignorado 
mérito. 

Por tal consideración he vacilado algo en hacer a 
Vuecencia objeto de esta dedicatoria; pero me resolví, 
creyendo, como creo, que el carácter de mi trabajo 
basta para dar lógica a la audaz preferencia. Con 
efecto, señor: versa mi libro sobre asunto nacional y 
fué escrito durante la excursión que hizo el Colegio 
Militar de la República, a fines del año pasado; y si 
bien no hago de ese viaje un diario razonado — que 
antes considero resultaría sin razón ni importancia, 
atendiendo a lo asaz conocido y descrito de la zona 
recorrida, — contentándome con hilvanar en algu- 
nos capítulos una serie de paisajes y descripciones na- 
rrativas de asuntos entrevistos al pasar, he juzgado 
que a nadie mejor que al jefe de la nación podía ofre- 
cer las primicias de mi humilde libro, teniendo en 
cuenta, como digo, las circunstancias en que lo 
escribí. 



[3] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



También estoy seguro, señor, de que ésta mi obra 
resultará honrada y pasará por buena, desde que la 
dé protección y amparo el nombre de Vuecencia, es- 
crito, para su honor, al pie de muy buenas obras. 

Dejando expuesta mi razón y hecha la dedicatoria, 
deseo que Vuecencia se digne aprobar la primera y 
aceptar la última, con lo que daré por resarcidos mis 
afanes y colmados mts deseos. 

De Vuecencia afectísimo, 

MANUEL P. BERNÁRDEZ 

Julio 30 de 1887. 



[4] 



DE COMO Y PORQUÉ 



Debo, aunque me pese, empezar declarando que 
este libro no trae objeto determinado. No viene a 
corregir una falta, ni a poner a la vista un defecto, 
ni a ensalzar una virtud. Viene, simplemente, porque 
me puse a escribir cuando buscaba un medio de 
emplear en algo útil y agradable las cansadas horas 
del campamento; el letargo morboso de las siestas; 
el insomnio de las veladas; la poesía de las mañanas, 
de esas mañanas que sólo se ven nacer en el campo, 
observando cómo empieza a latir despertándose todo 
lo que siente y vive: a cantar el ave; a balar el cor- 
dero, haciendo corvetas; a evaporarse el rocío, vis- 
tiendo, cual con flotante clámide de gasa, los prime- 
ros rayos de la luz solar; mientras el jinete, salido a 
recoger de la vecina estancia, vuelve arreando los ca- 
ballos, que se rezagan para coger de paso algún bo- 
cado de hierba; y los toros jóvenes se adiestran en la 
pelea, haciendo pases de esgrima y chocando con 
ruido sus cuernos; y los terneros y potrillos ordeñan 
la ubre hidrópica de leche, dando grandes cabezadas 
y meneando el rabito con afanoso contento; y el se- 
mental, con las orejas gachas, corretea a sus yeguas, 
mordiendo las ancas de alguna arisca o veleidosa que 
rechaza a coces sus ardorosas caricias; y, apartados 
del bullicio, <los caballos, cruzados los largos cuellos, 



[5] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



se rascan mutuamente la espaldilla; y algunos aves- 
truces, asustados de improviso, encogen y dilatan sus 
largas zancas, desvaneciéndose súbitamente a la dis- 
tancia; y una perdiz, levantada al paso, nos sorpren- 
de, emprendiendo ruidosamente el vuelo; y las flo- 
rearas perfuman y se abren, y todo vuelve a la vida, 
y todo se alboroza, y el campo verdea; mientras allá 
lejos, en el horizonte infinito, el viejo sol, con su 
cara encarnada de abuelo venturoso, parece que son- 
ríe bondadosamente, halagado por el cuadro que a 
su aspecto presenta la Creación. 

En horas así nació y creció este libro, sin haber 
pensado en que asumiera las proporciones de tal, 
cuando empecé a escribir por distraerme, y sin estar 
muy seguro de que las tenga ahora. 

Nos hallábamos en Mosquitos, a los dos días de 
salir de Montevideo ( 1 ) , y después de haber estado 



(1; El 20 de diciembre sahó en el ferrocarril de Monte- 
video a Pando, la expedición compuesta por las personas 
siguientes: Teniente Coronel don Juan Bernassa y Jere2, Sar- 
gento Mayor don Pablo Roure y Perera (respectivamente Di- 
rector y Sub-Director del Colegio Militar), don Ricardo 
Camargo (profesor de matemáticas en el mismo), Capitán 
practicante don Domingo G. Santos, Sub-Temente ayudante 
don Leonardo Rivera, don Juan C Nosiglia {repórter espe- 
cial de la Tribuna Popular), don José Ramasso (estudiante 
de la Universidad y aventajado fotógrafo de afición), Tenien- 
te 1^ Comandante de la Compañía de Cadetes don Víctor M. 
Cancón, Oficiales de la misma. Teniente l 9 don Francisco A. 
Sayavedra y 2 P don Félix Herrero, el que esto escribe, y final- 
mente los cuarenta Cadetes, señores Cándido Viera, Eduardo 
Montautti, Eduardo Viliagrán, José M^ Fuentes, Arturo Apri- 
!e t Ovidio Tebot, Arturo Olave, Pedro Thevenet, Leopoldo E. 
Muró, Alberto Villaverde, Luis Sonora, Sebastián Buquet, Car- 
los Du Pré, Carlos Schweizer, Eduardo Da Costa, Coralio Enciso, 
Alberto Schweiser, Pablo Montero Paullier, Joaquín Sánchez, 
Julio Muró, Luis Fabregat, José R. Usera, Vicente Magallanes, 

[6] 



i 



25 DIAS DE CAMPO 



uno en Pando. Allí empecé a dar empleo a unas 
cuantas cuartillas que llevaba a todo evento, llenán- 
dolas despreocupada y rápidamente de lo primero que 
se me ocurrió, — sistema empleado en todos estos 
apuntes — . El lápiz que me servía, debió seguir 
constantemente dos vías sinuosas: la de mi imagi- 
nación, siempre instable y diversa, y la que, en el 
papel, le obligaba a trazar la superficie irregular del 
suelo, sobre cuya alfombra de verdura me tendía mue- 
llemente para escribir y soñar. 

Por eso se hallará aquí una amalgama confusa, 
híbrida a veces, de episodios y epigramas, meditacio- 
nes y relatos; tal cual dato científico incrustado en 
una descripción ligera, lineamientos de réveries y con- 
tornos de paisajes. , . Este hubiera sido mi éxito: si 
yo consiguiera pintar con pluma veraz los admirables 
paisajes que Dios mismo sin duda sembró en Minas 
y Florida, no tendría la menor inquietud por mi libro 
y alcanzaría el goce supremo de hallarme contento 
de mí mismo; goce que he perseguido siempre y que 
acaso estoy condenado a perseguir eternamente. ¡Mí- 
sero, devorado por el ansia de apagar la sed de gloria 
en la corriente del genio! ¡Hay muchos Tántalos 
como yo! . . 

Algo he intentado en el paisaje, aunque con re- 
celo, casi seguro de caer en los conceptos comunes y 



Eduardo Loedel y Castro, Alfredo Villaverde, Joaquín Tejera, 
Enrique Smith, Silvestre Maco, Guillermo West, Marcelo Ló- 
pez, Manuel Dubra, Agustín Silva, Estanislao Mendo2a, Do- 
mingo Ramasso, Pablo Rivera, Sotero Díaz, Manuel Fernández, 
Julio S. Netto, Aníbal Ayak y Rodolfo Duranche. Iban además 
el Mayordomo del Colegio don Juan Puig, la banda lisa, k 
dotación de tropa, dos carretiiks de muías conduciendo los 
bagajes, peones, etc. 



[7] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



en la fraseología vulgar. Y sin embargo, ¡hay tanta 
variedad inimitable en la Naturaleza, en esa mujer 
fecundada por Dios, llena de múltiples edades y de 
eternos rejuvenecimientos! Tiene la faz encendida en 
la encarnada poma, y en la madura espiga, el que 
fué cabello de oro, tostado por el beso ardiente de los 
soles estivales. El soplo del invierno seca las venas 
generosas de la matrona prolífica y aparece la anciana 
pálida, tiritando bajo sü pobre manto de hojas ama- 
rillas; de la flor ni tallos quedan; el ave se estrecha 
contra el ave allá en el fondo del nido mojado por 
la lluvia y zarandeado por el cierzo; cuanto tembló 
antes de amor, se estremece ahora de frío. Pasan tres 
meses: se agranda el día, se enciende el sol; el aliento 
de Dios corre ardiendo por los campos yermos y por 
los yertos árboles desnudos; la anciana pálida sacude 
los andrajos del invierno y torna a aparecer, gallarda 
y joven, bajo el espléndido manto de la virgen Pri- 
mavera! 



Sin recomendación, pues; sin más justificativo, ni 
siquiera más disculpa, me presento con mi libro. Creo 
que no me conquistará un éxito; pero me hago la 
ilusión de que no será arrojado por fatigoso o impor- 
tuno. Como no pretendo enseñar, claro es que aspiro 
a distraer, comprendiendo, de paso, que no es mi as- 
piración tan pequeña como tal vez parece. A deleitar 
vienen las cuatro quintas partes de los libros que se 
editan en el mundo; y ¡cuántos, cuyo autor soñara 
con verlos correr de mano en mano, leídos con avidez 
y gusto, conservan la inocencia de una virginidad for- 
zada en los estantes de las librerías! ¡Cuántos autores 
que acaso escribieron con el deseo de nutrir a la hu- 
manidad, sólo han conseguido alimentar a las polillas! 



[8] 



25 DÍAS DE CAMPO 



La manía de ser leído es la más obstinada, y por ende 
la más irrazonable, y con frecuencia, la más absurda. 
Yo también deseo que me lean. ¿Seré, por ventura, 
un caso patológico de ese achaque semi-universal? , . 
¡Quién sabe! . . Lo que yo sé, es que rechazo la ridi- 
cula modestia de quienes dicen no quitarles el sueño 
el lisonjero rumor de los aplausos. Yo busco nombre: 
no sé sí hay méritos, pero me consta que hay fe. Si 
a costa de tu pérdida ¡oh libro! segundón de mi poe- 
sía, mi primogénito en prosa, consigo limpiar de zar- 
zas el camino de mis trabajos futuros, ¡naufraga en 
buena hora: yo te veré hundir sin pena en el agitado 
piélago de la publicidad! 



[9] 



I 



* RECUERDOS DE AYER 

Mosquitos, diciembre 22 de 1886. 

Se me figura que este título es demasiado poético 
para el trocito de prosa pura que tengo ganas de aco- 
modar por aquí. Advierto que no voy a hacer remi- 
niscencias de la edad pasada, ni a decir otras tristezas 
anticuadas, que con tal título como éste, se estila de- 
cir entre poetas. Voy a recordar tal cual percance del 
día de ayer, nuestro primero de viaje, pasado en Pan- 
do, pueblecito chico, chico, que no, hay para qué descri- 
bir. Hube de descrismarme en su calle. Iba a despa- 
char un telegrama, y, jinete en un tordillo, desteñido 
a fuerza de lloverle encima, buscaba la oficina al 
gran galope. De pronto ¡zas! resbala el flete y cae- 
mos los dos; lo cual no estuvo bien, puesto que yo 
no resbalé y por tanto no me tocaba parte en la caída. 
No anduvimos en levantarnos tan iguales como en 
caer, porque yo lo hice inmediatamente y él se quedó 
todavía una buena pieza, mirando con ojos lánguidos 
un guardacantón de ñandubay, contra el cual había 
ido a dar inopinadamente con las narices. Advertí su 
contemplación, y creyendo que se hacía el zonzo, le 
arrimé un puntapié en la barriga que le hizo levan- 



[11] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



tar muy de prisa. Entonces noté que se había medio 
derrengado, y me entró tal lástima, que de haber sido 
una persona aquel caballo venerable, le digo que allí 
mismo me devuelva el puntapié. Pero luego me dije: 
¿quién le manda ser bestia? Y creo que me dije bien, 
y que hasta me dije poco, pues yo he oído a muchos 
hombres decir otro tanto tratándose de semejantes. 

No sé por qué será que le tengo yo cierto recelo 
a este Mosquitos. No será, sin duda, por la conducta 
de sus habitantes, pues ésta no puede ser mejor ni 
más simpática. Nos han regalado una ternera, con 
cuyas sabrosas asaduras nos regalamos a nuestra vez; 
nos han traído agua, y nos han ofrecido todo lo que 
tienen, con esa franqueza de cuya espontaneidad es 
imposible dudar, y que parece y es, sin duda, ingénita 
en los habitantes del campo. 

A nuestra llegada vino a saludarnos una comisión 
de vecinos, entre los cuales hube de notar a un tipo 
digno de estudio. 

Según he averiguado, es el Juez de Paz del distrito, 
y es también el Maestro de Escuela y el hostelero 
y el Administrador de Correos, y tiene además una 
pulpería, dentro de la cual desempeña aún otras va- 
rias ocupaciones anejas, pudiendo decirse de él que 
es una enciclopedia de profesiones. Forzosamente de- 
be ser un hombre muy metódico, y eso se echa de 
ver hasta en su modo de hablar; pues al saludarnos 
lo hizo en nombre del pueblo, con un pequeño dis- 
curso de circunstancias, que, si no brilló por su forma, 
desesperó al menos a todos por la lentitud con que 
fué saliendo por la boca del orador; el cual, sin aban- 
donar una su actitud olímpica, va largando el hilo 
de su palabra, tarda como el paso de un buey des- 
alentado. Cuando ha logrado coger entero algún pe- 



[12] 



25 DIAS DE CAMPO 



queño período, tiene cierta precipitación, como de 
carretel que se devana, seguida infaliblemente de una 
interrupción de madeja que se enreda. Sin embargo, 
sale del paso, y aunque no haya gran claridad en la 
oración, ésta ha sido rezada con tal aire de verdad 
solemne, que el auditorio se queda satisfecho y con- 
vencido a más no poder. 

Aún estamos en Mosquitos. Anoche nos obsequia- 
ron con un baile que estuvo bastante bien; debiendo 
hacer constar para gloria nuestra, que fuimos los hé- 
roes de la fiesta. Para ser objeto de la atención de 
los hombres y la predilección de las niñas, bastaba 
coa exhibir la papeleta de forastero. 

Hoy hemos holgazaneado todo el día y nos va- 
mos ahora, que son, poco más o menos, las cuatro 
de la tarde. Sólo hemos podido obtener seis u ocho 
caballos, que alcanzarán apenas para los privilegia- 
dos, vale decir, para los que vienen de gorra. Yo, que 
aunque no soy de éstos, gozo de sus inmunidades, he 
embridado por mi cuenta un alazán, que no me pa- 
rece una notabilidad en punto a mansedumbre y 
buenas pulgas. Sin demostrar que noto las miradas 
maliciosas de algunos paisanos, que ya me han ad- 
vertido las costumbres aviesas de mi flete lo ensillo 
con aire imperturbable. Debo advertir que cabalgo 
medianamente, y que me agarro al basto, gracias a 
un saludable número de porrazos que he obtenido en 
el aprendizaje. Los paisanos se sonríen, esperando 
que haga alguna barbaridad para reírse a mi costa. 
Sin curarme de la expectación, coloco prolijamente y 
a su vez todas las prendas del recado, y, afectando 
indiferencia, termino y tiro un poco de la rienda a 
mi caballo para hacerlo andar; pero el muy terco se 
empaca y no avanza, contentándose con sacudirse co- 



[13] 



MANUEL P, BERNARDEZ 



mo un perro que acaba de salir del agua y toser con 
cierta tosed! la de mal agüero. Como no he traído 
látigo, desgajo un tallo de sauce para reemplazarlo, 

— No se turba el pueblero, — dice uno de los pai- 
sanos a media voz, codeando a su vecino. 

— Perate que muente — replica el otro en igual 
tono, — - el pelao está hinchando el lomo; pa mí que 
lo basurea lindo no más. 

Yo me llego al animal, provisto de mi fusta de 
sauce, le tomo con la mano izquierda las riendas 
reunidas sobre el cuello, cogiendo al mismo tiempo 
un poco de crin para hacerla punto de impulso, y a 
pesar de que el alazán gira rápidamente en torno 
mío para negarme el estribo, burlo su maña y salto 
sobre el recado. 

En la fisonomía curiosa de los paisanos empieza a 
borrarse la sonrisa. Estimulo a mi caballo, el cual, 
en vez de avanzar, sacude la cabeza y da algunos pa- 
sos atrás, tambaleándose. Alzo la vara y le caigo de 
firme: el animal da un salto y queda clavado, con 
los cuatro remos abiertos, como apuntalado en ellos. 
Repito el golpe: vuelve a saltar, y como se me ha 
roto la vara, le doy un par de sopapos. El bruto re- 
siste aún durante algunos segundos, hasta que por fin 
reconoce la superioridad y se doblega, avanzando al 
trote corto y escarceando airosamente (1). 



(I) Para que no se rae atribuya la pretensión de consti- 
tuirme en héroe de mi libro, diré que intercalo este episodio, 
como haré, si viene al caso, con algunas escenas campestres, 
movido sólo por el deseo de pintar con natural color, cosas 
y costumbres que conozco a fondo, y como indirecta réplica a 
peregrinas descripciones que por ahí andan con calante y re- 
putación de verídicas. Me carga un poco el aplomo de ciertos 
viajeros, que no pintan lo que ven como lo ven sino como 



[14] 



25 DIAS DE CAMPO 



Nada hay que entusiasme tanto a un paisano co- 
mo ver hacer alguna hombrada a un pueblero. Cuan- 
do lo encuentra lo mira como a un igual; pues sabe 
que para oponer a las suyas, tiene él, el paisano, con 
ser, como él dice, un gaucho bruto, muchas habi- 
lidades viriles. Pero cuando ve que el pueblero no 
es, como él presumiera, un maturrango (1), enton- 
ces se entrega a discreción y su aprecio y adhesión 
no tienen límites. Éste es el gran elogio de su ín- 
dole caballeresca: reconoce la superioridad siempre 
que se le pone en evidencia. Es muy posible que los 
puebleros, en igualdad de circunstancias, no le paga- 
sen tan fácilmente en la misma moneda. 

A las cinco y media emprendimos la marcha para 
Piedras de Afilar. En el camino, un paisano de la 
comitiva, que quiso acompañarnos hasta la próxima 
etapa, me regaló unas boleadoras y otro me llamó 
compañero viejo. 

Confieso que fue injusta la ojema que al principio 
demostré por Mosquitos. Nos han tratado muy bien. 
Ni siquiera nos molestaron los fastidiosos dípteros 
que, sin duda, le dan nombre, y de los que hay fe- 



pretenden verlo, y acreditan por cosa natural y propia de un 
país, lo que suele ser un hecho aislado, sobre juzgarlo todo 
con magna suficiencia, corno si los usos y costumbres de un 
pueblo o de una raza pudieran abarcarse en una mirada. Los 
que dijeron verdad, con ella quedan a cubierto de mis pala- 
bras. Hablo de ciertos tourtstes, verdadera calamidad para los 
pueblos que visitan, persuadidos de que tienen la sagrada mi- 
sión de criticarlo todo en sus impresiones o cuadros de vtaje, 
y que ven siempre las cosas del revés, y a quienes, como quien 
dice, los dedos se les antojan huéspedes. 

(1) Voz despreciativa que emplean los paisanos para apos- 
trofar a quien no sabe ensillar o regir su montura. 



[15 1 



MANUEL P. BERNARDEZ 



cundos criaderos en la pantanosa orilla del arroyo. 
Sin duda hicieron de dejarnos en paz, caso de repu- 
tación local. Cuando llegamos pensé que siquiera el 
paraje nos picaría. 



Hemos llegado a Piedras de Afilar casi de noche. 
No hay tiempo para plantar tiendas y se dispone que 
pasemos la noche a campo raso. Me parece bien. Sólo 
siento que no haya luna. Desearía verla; desearía ver 
a la blanca solitaria del cielo, ahora que podré con- 
templar, sin paredes enfadosas, su carrera silenciosa 
y triste. ¡Quién sabe si no la sorprendería, detrás de 
alguna nube grande, detenida, embelesada acaso en 
sus castos amores siderales! De todos modos, quiero 
mirar cómo duerme la pradera; quiero saber de dón- 
de parte el arrullo que adormece al paisaje entre las 
vestiduras negras de la sombra. 



C 161 



25 DÍAS DE CAMPO 



II 



UNA NOCHE BAJO EL CIELO 

Sí, bajo el cielo . , . Allá está el infinito esmaltado 
de puntos luminosos: allí debe estar Dios. Si la miro 
con fijeza me parece cada estrella una pupila que se 
abre sobre mí. Todo repasa en torno; estos hombres 
duermen. . . ¡quién sabe si estaré despierto yo! . . La 
luz que alumbra mis líneas irregulares, tiene temblo- 
res intermitentes: la llama oscila y el pábilo se dobla, 
cual si desearan reposar también. El viento se ha 
dormido, cansado de soplar. Una ráfaga de aire ca- 
liente viene a entibiar mi rostro helado: es que el 
viento acercó sus alas ateridas al vecino hogar, hecho 
de gruesos troncos. Los habían apagado para evitar 
un incendio; pero algunos, carcomidos, han conser- 
vado la brasa en el corazón. ¡En el mismo sitio la 
conservo yo! Cuando el fuego que los roe encien- 
de en su interior algunas fibras podridas, salen pe- 
queñas volutas de humo por las redondas casillas de 
las larvas. A mi lado hay acostado un hombre. Hi- 
cimos cama juntos porque hace frío. ¡Cómo duerme 
este hombre! . . ¿Es que no siente la suya el estruen- 
do interior que percibe mi alma insomne cuando ca- 
lla todo en derredor? . . Y sin embargo, ese ruido 
misterioso no es una ilusión: existe. Es el anuncio de 

[17] 



> 



MANUEL P. BERNARDEZ 



que en el hombre, como en el mundo, se toca un 
cuerpo, el esclavo, y se adivina un alma, el señor. Al 
percibirlo, el pensador escéptico se abisma y el so- 
fiador se consuela: ya se puede mirar sin vértigo al 
abismo de los dolores inmensos. El corazón se aduer- 
me satisfecho, porque columbra el paraíso donde te- 
mía el antro, y el alma se arrodilla murmurando: 
¡creo! ¿Qué gritos son ésos? . . ¡Ah ! nada, es lo real: 
es el ave que dormía y despertó al sentir el galope 
de un caballo; algún caminante que va retrasado, tal 
vez perdido. . . ¡Qué importa! . . ¿Quién no se ha 
perdido alguna vez? , . Quizá lo asustaba el silencio 
solemne del desierto y ya tiene compañía: el teru- 
teru vigilante, que, aún dormido, tiene siempre el 
oído abierto a todo rumor insólito, lo acompaña un 
largo trecho, dando agudos gritos que remedan su 
nombre, arremetiéndole y amenazándole con sus alas, 
armadas de rojas púas. 

La compañía es hostil; peto hay momentos en que 
la soledad nos da frío: entonces se desea un compa- 
ñero cualquiera, y se mira al caballo como a un hom- 
bre, y se espera por momentos, que el perro, interpe- 
lado, tome la palabra. . . ¡Ay del que no tiene con 
quién hablar y no sabe hablar con su alma! . . . ¡Ése 
sí que se halla solo; ése sí que siente frío! . . La sole- 
dad sin término justificaría las relaciones amistosas 
del ángel con Belial. Pero yo amo la soledad transí- 
tória y poseo el secreto de hallarme solo cuando mi 
alma quiere postrarse ante el infinito en confesión. 
Yo me he hallado frente a frente de la calma augus- 
ta, perdido en la noche diurna de la selva virgen; 
ahora me encuentro despierto en la inmensidad gran- 
diosa de la pradera dormida. Ahora como entonces, 
alzando mi pensamiento a las alturas para contem- 

riB] 



25 DIAS DE CAMPO 



piar mi cuerpo miserable incluido al panorama de la 
Naturaleza, me veo por dentro más grande 7 por 
fuera más pequeño. La soberbia humana dice que me 
empequeñece la distancia. . < Creo que es mentira: 
entonces disminuiría por dentro también. Cuando he 
acertado a ver mi pequeñez; cuando he notado mi 
equivalencia a cero en lo creado, ha padecido mi or- 
gullo, pero he sentido un ensanche en la conciencia. 
I Es que, heredero como todos, del fuego que abrasó 
al ángel caído, y acaso incapaz de abonar por mis ac- 
ciones, me había juzgado partícipe y responsable en 
las obras de la Naturaleza! 

Ahora quiero estar solo para orar. Lo que escribo 
es mi oración. La palabra divina es la que el alma 
pronuncia, expresión de sus creencias y síntesis de 
sus dudas; no la buscada y artificiosa de la oración 
aprendida. Esa no puede llegar al Propiciatorio, por- 
que ora pide u otorga lo que la conciencia rechaza, 
ora sale de nuestros labios en oposición con nuestros 
pensamientos. La plegaria debe ser propia y personal 
ofrenda, discernida por el razonamiento libre y hecha 
objeto de plena convicción. ¡Nada de oraciones 
aprendidas de memoria! ¡Nada de plegarías encua- 
dradas en una fórmula antigua y escolástica! ¡Haya 
fe y sinceridad, haya creencias, y alcanzará el hombre 
de rodillas donde no alcance de pie! 

He hablado solo; pero estoy seguro de que me ha 
escuchado alguien. Ha habido momentos, cuando he 
formulado preguntas, en que me he detenido, espe- 



[19] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



rando vagamente una contestación. No sería de este 
hombre, que, aunque duerme a mi lado, está bien 
lejos de mí. Bendigo al cielo que me ha otorgado la 
facultad de hacer a mi lado el vacío, cuando pretendo 
dirigirme a él. . . ¡Basta ya, razón: descansa. . . har- 
to has hecho con velar el sueño de la noche, nuestra 
misteriosa y complaciente amiga! . . Allá por el ho- 
rizonte empieza a elevarse una especie de vaho lu- 
minoso: debe ser la aurora que viene a respirar so- 
bre el mundo su aliento bendecido de lu2 y de calor. 
Voy a dormir a mi vez, pensando que las almas que 
sienten el latido de los astros errantes y adivinan in- 
tuitivamente las misteriosas metamorfosis de la Na- 
turaleza, saben, como el Nautilo, bogar por la su- 
perficie o sumergirse en el mar, para gozar de la 
calma o conjurar la tormenta. Cuando las aturde el 
ruido bajan al fondo y meditan; cuando las fatiga la 
soledad, azotan con sus alas el silencio y discurren 
tranquilamente conversando consigo mismas. 



[20] 



25 DIAS DE CAMPO 



III 



LA TERCERA ETAPA 

• 24 de diciembre 

Vaya, nos han proporcionado caballos. Menos mal. 
No por nosotros, que ya cabalgamos ayer y venimos 
aligerados, sino por los valientes muchachos, que han 
hecho cada jornada. „ . 

De Pando a Mosquitos, separados por cinco leguas 
corras, según el cómputo del baqueano — y por seis 
y un bocadinho según mi cuenta, — han marchado 
bravamente a pie, cargados con el fusil, el poncho, la 
cartuchera y la proveedora, — una bolsa grande de 
lona, sujeta a la espalda por cuatro tiras cruzadas en 
el pecho, cuya bolsa reemplaza con ventaja a la mo- 
chila — ; pues sólo han hecho dos pequeños altos 
para tomar aliento, continuando en seguida con tan- 
to brío como al romper la marcha. Parece que los 
muchachos están orgullosos de que no se dude de 
ellos. Las filas van compactas, el paso es regular, las 
aposturas graciosamente marciales. . . "Nada de aflo- 
jar, compañeros", dice uno respirando con fuerza; e 
iniciada por los de la cabeza, la pequeña columna 
emprende la carrera. Llegan a la falda de una colina, 
empiezan a subir, y toman nuevamente el paso de 



[21] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



marcha. Los oficiales, aunque hubieron de correr como 
ellos, los han dejado hacer, satisfechos de que no se 
descompuso la formación. Camargo y yo, que por bra- 
vear renunciamos a los peligrosos equilibrios de la 
jardinera, vamos también a pie, y nos cansamos tanto, 
que no podemos menos de envidiar los bríos de estos 
valientes. No hay duda: su jefe los conoce y sabe que 
no abusa de sus fuerzas. De pronto una fila forma 
seno: es que uno de los cuatro que la componen aflo- 
jó un poco el paso. Sus compañeros le dirigen una 
cariñosa pulla por su flaqueza, y el repagado se apre- 
sura, y la fila recobra su rectitud. En la segunda mi- 
tad, allá en la última fila, hay un niño de unos once 
años, que mueve el compasillo de sus piernas con 
mucha ligereza ... Es el cadete Duranthe, un peque- 
ño valiente, un verdadero proyecto de buen militar. 
Ése es el que rompe más a menudo su fila; pero es 
porque la rebasa, obligando al oficial de su mitad, a 
cortar con una voz cariñosa sus denodados humillos. 
Va con toda formalidad como un veterano, y por mi 
vida que admira, el niño. Además de tener tan poca 
edad, se ha quedado atrasado y pequeñuelo, engro- 
sando, en cambio, bastante, io que lo predispone 
poco para la fatiga. Pero su fusil no cambia de brazo, 
ni su paso pierde la rápida cadencia que le imprime 
para igualar a los demás, ni sus ojos, grandes y ne- 
gros, dejan de brillar con la misma picaresca viva- 
cidad. 

No alcanzaron los caballos y sólo pudo montar la 
mitad de la compañía. La escena de agarrarlos ha 
estado muy divertida. La mayor parte de los cadetes 
no han cabalgado en su vida; pero es cuestión de amor 



[221 



23 DÍAS DE CAMPO 



propio no pasar por maturrango, y cada uno toma su 
freno y embrida con aplomo, aunque haga la muse- 
rola las veces de brida y entre el freno del revés. La 
cuestión es no enredarse en las cuartas. Ensillados los 
caballos como Dios quiso, dispuso el jefe que mar- 
chasen delante los de a pie, siguiendo los jinetes hasta 
la mitad del camino, donde cederían a aquéllos las 
cabalgaduras. 

Tocó el clarín a caballo, y aún no acabara de eje- 
cutarse la orden, cuando había ya en tierra tres o 
cuatro apeados de mala manera. Uno fustigaba brus- 
camente a su caballo; el cual, arrancando de súbito 
y dejando al jinete en el sitio, hacíale una demostra- 
ción gráfica de la inercia de los cuerpos, por sí no lo 
habían entendido bien en la teoría. Otro tomaba las 
riendas desiguales, hurgaba al bruto y éste empren- 
día la marcha, girando en derredor como muía de 
noria. Otro, en fin, tiraba tanto las riendas, que la 
bestia se alzaba de manos y el jinete se escurría sin 
poderlo remediar. 

Hubo varios incidentes chistosísimos, que no tra- 
jeron, por fortuna, malas consecuencias, gracias al 
carácter flemático de las buenas bestias, quienes ne- 
cesitaban, en verdad, de toda la bulliciosa inexperien- 
cia de aquellos jinetes improvisados para salirse un 
poco de sus casillas. 

Ninguno de los caídos quiso renunciar a repetir la 
prueba, aunque aleccionados por la experiencia, lo 
hicieron con más cautela y menor ardor. 

Por fin montaron todos, y aunque con trabajo, en- 
traron en formación. Todavía acaeció otro incidente; 
ordenó el comandante al clarín de órdenes que toca- 
se marcha, y no bien se escucharon las primeras 
notas, el caballo del clarín, dando un par de corco- 



123] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



vos, interrumpió la tocata acomodando al músico en 
un fogón. 

La marcha fué muy curiosa: después de andar al- 
gún tiempo al trote como para que cada cual se re- 
concillase con su flete, pasó la gente montada a la 
vanguardia y tomó al galope. Aquí fué Troya. Los 
porrazos se sucedieron con cortos intervalos, habien- 
do quien consiguió llevarse cuatro antes de media le- 
gua. Otro se veía negro para sujetar a un tiempo el 
fusil, las riendas, el poncho, y para sujetarse él mis- 
mo, que era lo más interesante; éste no sabía cómo 
evitar el ruido que hacían el plato, el jarro y demás 
chismes, asustándole el caballo; a aquél se le aflojaba 
el recado y se veía obligado a hacer milagros para 
conjurar las alarmantes oscilaciones que ponían en 
danza su equilibrio; quién llevaba el quepis empeña- 
do en marcharse de su cabeza y debía ocupar en suje- 
tarlo una mano que le hacía mucha falta para aga- 
rrarse del recado. . . Se sucedían los percances, ya 
aflictivos, ya cómicos, cruzándose en todos los tonos 
exclamaciones, apostrofes y diálogos de ocasión. 

— Barrunto que a la llegada podremos desayunar- 
nos con bifes a caballo, — dijo uno, que de fijo sen- 
tía algún escozor en las posaderas. 

— Yo estoy de felicitaciones — agregaba otro de 
buen humor; — me ha tocado un rocinante que le 
da treinta plantadas al que el manchego montaba. « . 
"cuando Dios quería". Ahora que salgan a mi en- 
cuentro las más descomunales y no vistas aventuras 
(y blandía guapamente el fusil); yo sabré demostrar 
cómo son "mis fueros, mis bríos, y mis pragmáti- 
cas..." 

(Aquí sucedió que el caballo dió un respingo y el 
orador belicoso se apeó por las orejas). 



[24] 



25 DIAS DE CAMPO 



Notable es la conformación del terreno que pisa- 
mos. Ya quebradas abruptas, ya colinas turgentes, de 
elevación progresiva, cortadas de improviso por una 
zanja o cañada que baja de las alturas torciéndose y 
quebrándose en rail interrupciones caprichosas. El 
suelo, en general, está compuesto de tierra compacta 
y dura, que el agua pluvial apenas reblandece sin 
hacer barro. En las caídas del camino he hallado gran 
abundancia de tierra greda, buena para batanar. 

Esta variedad alegra la vista y tiene el ánimo en 
continua distracción: siempre se ofrecen nuevos pa- 
noramas y paisajes nuevos. 

Hace dos días que vemos a Pan de Azúcar, cuyo 
cono inmenso se destaca entre los cerros irregulares 
de sus flancos, como un rey sobre sus vasallos. Dos 
días y siempre está lejos. Creo que ni siquiera ha au- 
mentado su tamaño. Parece que se apartara lenta- 
mente ante el trote de nuestros caballos. Estas moles 
suelen ofrecer, como posibles, tan raras ilusiones ópti- 
cas. Tras una jornada de cuatro leguas hecha en su al- 
cance, lo vemos siempre lejos, siempre soberbio, siem- 
pre con sus tributarios y sus brumas, siempre elevado, 
como tembloroso y vagamente a2ul. Según dice la 
leyenda, "cantaba la dulce Unus y la peña se mecía 
blandamente al ritmo del cantar. El titán de la peña 
le gritó irritado: ¿Qué haces, piedra estúpida? Y la 
peña contestó: ¿Te figuras que soy sorda?. Aque- 
lla piedra oía. Pan de Azúcar ¿se retira acaso? . . Im- 
posible: sólo tienen vida y danzan las piedras de las 
leyendas. 



MANUEL V. BERNARDEZ 



IV 



A PAN DE AZÚCAR POR LOS CERROS 
DE ÚBEDA 

23 de diciembre. 

Llegamos a Solís Grande y dormimos allí; siem- 
pre comiendo de gorra, gracias a la esplendidez de 
los vecinos, que han tomado a su cargo el de hartar- 
nos de asado con cueto. Esta vez fué el pagano un 
señor de Lao, paisano bueno y franco a más no po- 
der. Consuela, de veras, el afecto que demuestran los 
habitantes de la campaña por estos futuros organiza- 
dores del Ejército Nacional. Parece que con clarivi- 
dencia insólita, dado lo escaso de sus luces, presintie- 
sen en ellos las probables garantías de sus vidas, 
intereses y propiedades. Quizás aleccionados doloro- 
samente por la experiencia, comprenden que sólo de 
la educación pueden esperar el desarraigo de los des- 
manes, imposiciones y desafueros de que tan a 
menudo han sido víctimas, sin que su indignación, 
manifestada ante las brutalidades del abuso, haya 
dado más resultado que la consumación odiosa de la 
vía de hecho y la desgracia del infeliz paisano, obli- 
gado de entonces más, a vagar errante y perseguido 
de muerte como una fiera. , . 



[26] 



25 DÍAS DE CAMPO 



Pasa a nuestro lado uja jinete, modestamente ves- 
tido; trae en su equipo una mezcla rara de vestimen- 
tas: sombrero gacho, viejo; poncho ordinario, de 
apata; pañuelo al cuello; saco de brín, de pobre con- 
fección; bombachas de lienzo azul y botas fuertes, 
¡Pobre remedo del gaucho antiguo y de su agreste 
traje legendario! Hasta la fisonomía de éste lleva, so- 
bre los vigorosos rasgos del hombre de bronce, un 
indefinible tinte de desaliento; algo así como un 
baño de miedo o de tristeza. ¡Ellos,' que jamás tem- 
blaron!, ¡ellos, que antes de doblar la sien envileci- 
da, la abatieron rota! 

En cuanto al traje, está perdido. La civilización lo 
ha contaminado con las estrecheces de sus modelos, 
y lo ha convertido en cierto disfraz que le quita por 
completo la gracia y el carácter. ¡Ni vestirse sabe ya 
el hombre de los campos! ¡Pobre gaucho! No le han 
quitado el lazo y las boleadoras, porque no han po- 
dido; pero a éstas las ha sacado ya de la cintura: aho- 
ra las lleva tímidamente bajo los cojinillos. El hom- 
bre sabio le dijo, apoyado indolentemente en su fusil: 
"Puesto que necesitas de esos chismes para comer, en 
buena hora, quédate con ellos y come; pero lo que 
es el traje, te lo quitas: eso te recuerda demasiado tu 
salvaje grandes y no lo quiero soportar, . . Yo me 
visto a la europea: trata de imitarme aunque prosti- 
tuyas tus gracias y te ridiculices* Para que no te in- 
quiete la idea de parecer grotesco, sabe que desde 
ahora empiezo a reirme de ti. Tú eres útil, porque 
eres bruto y te harás matar, sin meterte a averiguar 
por qué. Esto es muy bueno; siempre me han fasti- 
diado los curiosos. Tú eres necesario, porque sin ti 
el toro salvaje sería el señor de la pradera. Eres mío 
y me servirás, para eso eres ignorante. Hazte matar 



[27] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



y cállate, y agradece que te hago el honor de vestirte 
a la moda y montar tus caballos a la alta escuela- . . 
Sin embargo, no quiero que digas que soy injusto y 
que te mando sin derechos. Aquí tienes tu este chis- 
me en que me apoyo; pues has de saber que allá en 
la tierra de donde vengo, los pueblos se mandan unos 
a otros sin apoyarse en mucho más . . . Por ahí verás 
tu si es legítimo mi derecho y si puedo o no dictarte 
de mis caprichos un código de leyes . . /' 

Dijo, y el paisano lo escuchaba absorto. No lo en- 
tendió todo bien, pero obedeció como supo. Para eso 
el zar castellano se encargaba de corregirle pater- 
nalmente los yerros. , . ¡Este fué el Esdras monstruo- 
so impuesto a los infelices Calmets de las praderas 
americanas! 

El jinete de que hablé, nos encuentra a su paso y 
nos mira con cierto temeroso respeto. A haberlo 
previsto, hubiera tal vez evitado el encuentro. ¡Tiene 
tantos motivos para temer a las bayonetas! . . Detie- 
ne su caballo, se saca el sombrero y hace varios salu- 
dos a medida que vamos pasando. Al ver que nadie 
le dice nada, se me acerca con cierto recelo y me 
pregunta tímidamente: — Patronsito, ¿quiere desir- 
me qué gente es ésta? — Este es el Colegio Militar. 

— ¿Y qué anda hasiendo? . . perdone la curio§idá. 

— Anda reconociendo el país. — ¡Ah! gúeno. . . 
usté dispense, yo creiba que andaban riuniendo. — 
No, compañero: nosotros no reunimos y ahora no reú- 
ne nadie; no tenga miedo. — Es que andamos más 
resabiaos, patrón ... A mí ya me han arriao tres ve- 
ses, y como andan diciendo que anda por haber ba- 
rullo, tenemos que parar la oreja. — Pues no tengan 
miedo: estén tranquilos no más, que no los han de 
arrear. . . Ya no se arrea. — Bueno, muchas grasias 



[28] 



25 DIAS DE CAMPO 



patronsito; entonse será hasta otro día, . . — Nos 
separamos: yo sigo a Ja gente, mi interlocutor se 
queda parado un momento y luego se viene al paso. 
Pronto lo dejamos muy atrás; pero no hemos andado 
diez cuadras, cuando lo veo pasar al galope por nues- 
tro lado, sonriéndonos amistosamente. No sabía dón- 
de iba, pero casi lo he adivinado después. Llegamos 
fatigados al sirio designado para acampar: nos acer- 
camos a una casa que allí hay, vecina; pedimos agua, 
y nos dan carne, agua, sal, pan y cariño. Ya sabían 
que debíamos llegar. ¿Pasaría por aquí el paisano 
aquél? . ♦ Es probable. 



26 de diciembre. 

Con la mitad de la gente montada y turnándose 
como en la marcha de ayer, llegamos a Pan de Azúcar, 
acampando provisoriamente en la costa oeste del arro- 
yo. A las tres de la tarde lo vadeamos, subiendo a la 
colina, en cuya falda este está el pueblecito, como 
olvidado allí por algún repartidor de aldeas. Se des- 
cargaron las carretillas de bagajes y plantamos las tien- 
das, sobre dos de las cuales flamea orguliosa la ban- 
dera bicolor. 

Infinidad de familias vienen a curiosear por los al- 
rededores del campamento, pasando fuera del predio 
demarcado por los centinelas que, arma al brazo, re- 
piten su marcha isócrona con toda formalidad. 

Entre las curiosas hay palmitos deliciosos. Al ver- 
las vagar, traigo a la mente, ávida de fantaseos, cierto 
recuerdo de Montevideo la hermosa, y vuelvo a aspi- 
rar con delicia el ambiente tibio de sus azules noches 



[29] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



veraniegas, cuyas horas me vieron errando a la ven- 
tura por sus calles pobladas de bellezas, con vaporo- 
sos trajes y risas bulliciosas. . . Pero aquí no hay 
estruendos que aturdan el oído, ni luces que fatiguen 
la pupila; el sol se ha ocultado tras los cerros gran* 
des, y éstos nos envuelven ya con sus proyecciones 
colosales; el genio de la noche, jinete de la sombra, 
persigue tenazmente los rayos fugitivos del moribundo 
soL . > Algunas familias que quedaran oyendo la re- 
treta, se van alejando poco a poco; una nifía, vestida 
de blanco, se queda atrás ... Yo me paseo por allí 
soñando y sigo abismado su huella, mirando si por 
acaso deja algún rastro en el suelo, como dejaban en 
la húmeda hierba los pies descalzos de Spillyre la Si- 
cambra, la de los ojos azules . . . 

Decididamente, hoy está mi loca insufrible con sus 
tonterías. 



[30] 



25 DIAS DE CAMPO 



V 



PAN DE AZÚCAR 

27 de diciembre. 

Hoy holgaremos todo el día. Así se ha acordado 
en consejo solemne* Ya empezamos la holgaría no 
levantándonos a las tres, horita matadora para quien, 
como yo, no deja los ensueños ni las sábanas hasta 
las nueve dadas. Son las seis, y aunque estamos aún 
echaditos en los recados, no dormimos, ocupados en 
pasar revista a los acontecimientos del viaje y en ad- 
mirar de antemano los paisajes y panoramas que nos 
ofrecerá la sierra de Minas, en la cual tanto han ejer- 
citado su fantasía algunos que de ella han hecho re- 
latos y descripciones. 

A la sazón da la voz de ¡arriba! el Comandante 
Jerez, y obedecemos todos (Camargo, Nosiglia y yo, 
huéspedes permanentes de su tienda). Nos adecenta- 
mos un poco dándonos una regular manita de adobe, 
y salimos a dar una vuelta por el pueblo. ¡Qué tris- 
teza! . . . Increíble es el desánimo y abandono que a 
primera vista se nota en él. ¡Y yo que me lo había 
figurado como un poético nido de viuditas! Ya me 

ni] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



va pareciendo que las hermosas niñas de ayer, no 
viven aquí, y si viven, no serán hermosas, ni siquiera 
niñas. La casa del caracol es fea, pero guarda relación 
con ella la catadura del dueño. Yo concibo para una 
blanca niña una casita blanca, ¡pero esto! . . ¡Qué 
vida tan penosa y mezquina arrastran las poblaciones 
del interior! Y es que están minadas fatalmente por 
un mal orgánico que las demorona. No causa tal vida 
vegetativa y estéril, falta de recursos propios, ni po- 
breza local, ni mala situación geográfica, ni veci- 
nos indolentes . . . ¡Nada de eso! Es que todos los 
esfuerzos se estrellan contra el sistema administrati- 
vo que absorbe, en provecho no sé de quién, o, mejor 
dicho, sí, sé de quién, todas las rentas departamenta- 
les; es que no hay alas que crezcan con la tijera im- 
placable de la centralteación de rentas. Abran, los 
hombres que gobiernan, los ojos a la luz. Si esa ga- 
bela ominosa no se levanta a las poblaciones rurales, 
se las verá retroceder día a día y agonizar penosa- 
mente hasta convertirse en ruinas ( 1 ) . 

Se ha organizado una excursión al cerro que da 
nombre a esta comarca. Es una subida penosa. Yo 
estaba muy animado para ser de la partida; pero he 
oído no sé qué chismes sobre bailoteo . . , y me he 
desanimado. Son las cuatro de la tarde, y el Mayor 
Roure va a partir con otros varios. Yo también casi 
voy a partir, pero no parto. He luchado largo rato 



(1) Téngase en cuenta la fecha en que esto se escribió; 
aunque, según entiendo, poco se ha adelantado hasta ahora en 
tan capital asunto. 



132] 



25 DÍAS DE CAMPO 



para decidirme entre el baile en Pan de Azúcar y la 
ascensión al cerro. Triunfó el baile por fin. He pen- 
sado en las lindas curiosas de ayer y me he quedado; 
no hay remedio. Tengo, además, otras razones* Pan 
de Azúcar es asaz conocido: ha sido comentado, me- 
dido, calumniado y descrito hasta por paseantes de 
tres al cuarto. Más aún: pediré informes a los ex- 
ploradores y lo sabré todo como si lo estuviese vien- 
do. Decido aprovechar la tarde paseando a caballo y 
me pongo a ensillar un zainito cantor, parodiando un 
balazo que oí cantar cierta vez en una zambra criolla: 

Arriba de Pan de Azúcar 

se subió mi pensamiento; 

después de estar allá arriba 

no encontró por dórjde apearse . . . 

Y monto y le doy el anca al monte, echando hacia 
el pueblecito. Me alejo de la expedición y me acerco 
al proyectado baile. Vale decir, me ha vencido una 
debilidad. El que no haya sufrido una derrota análo- 
ga, que alce el dedo. ¿De quién es el eterno triunfo 
sino de ella? Bueno: ¿y qué es ella más que una pe- 
ligrosa debilidad? . . 

Tuve esta tarde una feliz idea; lástima que se me 
ha quedado adentro, como casi todas mis ideas felices. 
Allá va el cuento: 

Pues señor. . . 

Pero no, señor, que no es cuento, sino que esta 
mañana visité un molino hidráulico situado en di- 
rección norte del pueblo y a poca más distancia de 
una milla. Recorrí con gusto el establecimiento, que 



C33J 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



es uno de los buenos en su género que el país posee, 
y de los que algunos más necesita para explotar en 
su mejora y provecho, los naturales veneros de rique- 
za que, vírgenes, y por lo tanto estériles, aguardan 
que la mano del hombre les dé adecuado y provecho- 
so empleo. Sus piedras molares trituran sobre sesenta 
fanegas de grano diarias, y su presa deja caer el agua 
con rapidez de cuatro metros por segundo, dando al 
gran volante una fuerza motriz de ocho caballos efec- 
tivos. Está situado el molino en pintoresco sitio circui- 
do de bosque; parte del arbolado que borda con varios 
matices verdes, las orillas del arroyo. Éste ha sido 
desviado para dar su fuerza a la industria del propie- 
tario. José Montanelli, hijo de la hermosa Italia, nene 
una de esas historias tan comunes y sencillas como 
honrosas para sus paisanos: primero, y como prólogo 
que adecuarse puede a muchas obras, el deseo de ha- 
cer fortuna, deseo que saca de su país a casi todos los 
inmigrantes; la obligada travesía, vía-crucis, como 
pudiera llamarse a la que, algunos años atrás, se ha- 
cía en ciertos grandes gallineros de hombres, en los 
que empezaba el expatriado a comer M el amargo pan 
del ostracismo"; porque el pan que allí se daba a los 
inmigrantes pobres, era efectivamente amargo, cuan- 
do eta pan. Insano corolario de un alimento malsano: 
patatas crudas, tocino rancio, tasajo pastoso y pasado 
de sal, caldo chirle en gran barreño, tumba de tal 
cual garbanzo sobre difícil de atrapar, invulnerable 
al diente. . . Por toda bebida agua de mar, hecha po- 
table por la evaporación del salitre y consumida tibia, 
a guisa de revulsivo; y para digno teatro de cosas tales, 
la bodega sucia y lóbrega, antro infernal donde se 
hacinaba la carga de carne viva; donde sólo se res- 
piraba humedad y miasmas, moléculas salitrosas 



[34] 



25 DÍAS DE CAMPO 



semi-extratificadas en los no lavados cuerpos sudo- 
rientos; donde resbalaba el pie sobre las inmundas 
evacuaciones del mareo, y donde el desarrollo de cier- 
ta pálida enfermedad arrastraba al fondo del mar a 
más de un infeliz que se embarcara sin el menor de- 
seo de fondear tan oscura y miserablemente. . . Y 
después de apurar hasta el fm ese catálogo de mi- 
serias, que pocos pasajeros de tercera dejaban de apu- 
rar, el arribo a la playa extraña, la agobiadora y con- 
tinuada lucha por la existencia, sostenida contra el 
hambre, contra el vicio y contra el hombre; y allá, 
a mediados de la vida, después de mil privaciones y 
vicisitudes azarosas, un modesto capital por el trabajo 
adquirido y pronto para ser arriesgado nuevamente en 
sus nobilísimos azares ... De aquí nace una industria. 
Así alzó Montanelli el molino que posee. Con la radi- 
cación viene el cariño a la segunda patria, aumentado 
por los afectos de amistad y los lazos de familia; el 
cariño a la tierra que vio sus sufrimientos, y sus go- 
ces, sus amores de hombre y sus transportes de padre. 

— Estoy orgulloso, — dice el buen italiano, — 
porque en esta casa sólo son extranjeros mis brazos: 
hasta los que me ayudan pertenecen al país, porque 
son de mis hijos. 

Y tiene harta razón el laborioso hombre: muele 
el trigo de los plantíos nacionales, y al desviar el 
río para hacerlo servir a sus intereses, ha hecho, en 
beneficio de un organismo industrial, la transfusión 
de esa savia vigorosa que, corriendo por estéril vía, se 
derrochaba inútilmente. Inmigrantes como Montane- 
lli es lo que necesita este país para jugar el impor- 
tante rol que la Providencia le ha señalado, al colo- 
carlo como subdito aparente, pero como arbitro real 
entre dos naciones poderosas. ¡Dios se los dé a cente- 



[35] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



nares, y lo libre de tanto vampiro político como pugna 
por beber su sangre noble, para abandonarlo, exan- 
güe y abatido, a la enconada furia de los bandos! (1 ) 

Pero ¿a qué viene esto? preguntarán tal vez uste- 
des. Pues, señor, yo pregunto lo mismo, casualmente. 
Tal vez se me achaque el haber hecho de intento la 
descripción del molino. Pues, nó, señor. Sucede que 
yo iba a hablar precisamente de la hija del molinero. 

Es una belleza agreste. Yo hubiera querido retra- 
tarla (ésta es la buena idea a que antes me refiero) ; 
hubiera querido retratarla con su molino, con los ár- 
boles de este bosque, con las nubes de este cielo, y 
alumbrado todo ello, por las luces de este hermoso 
sol. Desgraciadamente, el Mayor Roure se ha llevado 
a su expedición los chismes fotográficos. Lo siento 
de veras. Al lado de esta niña, recatada sin gazmoñe- 
ría, y sencilla sin simplicidad, siento no sé qué per- 
fume de floresta, que me agrada extremadamente. 
Tiene la voz algo gruesa, y cuando habla me parece 
escuchar a la mujer primitiva, emitiendo la voz so- 
nora de la Naturaleza. Su cuerpo, libre de presiones 
enfadosas, se dibuja a cada movimiento bajo la am- 
plitud de un sencillo traje de percal crema con flo- 
recitas rosadas. Muchas margaritas blancas esmaltan 
su cabeza, sembradas aquí y allí, en el cabello bri- 
llante, como estrellitas de plata. Se inclina a mi lado 
para alzar no recuerdo qué, y sus pesadas trenzas, 
resbalando por sus hombros, se deslizan blandamente 

(1) Repito que debe tenetse en cuenta la época en que 
esto se escribió. 

[36] 



23 DIAS DE CAMPO 



hasta besar el suelo. Al ser echadas atrás con ademán 
airoso, pasan rozándome el rostro y me dejan una de- 
liciosa mezcla de perfumes silvestres: cerinto, aje- 
drea, bromelia, margarita tuberosa . « . Como suaví- 
simo beleño me arroba aquel aroma, transportándo- 
me con la visión de la niña agreste, a un mundo po- 
blado de ensueños pastoriles, de flores y rebaños; 
mundo lleno de notas de caramillo arcadiano y de 
tintas de paisaje provenzal . , . 

¡Lástima es que me vaya sin el retrato! Por una 
pueril coquetería de niña, ella lo siente como yo, y no 
la contenta la seguridad que la doy de recordarla en 
mis apuntes. — Me vestiría de blanco y estaría lin- 
da, — me dijo con candorosa tristeza. ¡Oh inocente 
paloma silvestre, cómo siento haber dejado en ese 
nido apartado tu deliciosa blancura! 



£37] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



VI 



DE AQUI A LA MINA 

28 de diciembre, 

¿Cómo, diana ya, y acabamos de salir del baile? 
¡Bonitos estamos! ¿Qué hora es? ¡Las tres de la ma- 
drugada! Bueno; entonces es una tontería tender los 
huesos. No me despertaría un redoble; tal vez ni 
una diana con música. . - Me voy a la guardia, a ver 
si me dan algo caliente para calentar más aún la ca- 
lurosa calentura de mi cálida cabeza . . . Buenos días, 
muchachos: ¿fresquita la mañana, eh? ¿Qué se toma 
por aquí? ¿mate? . . Todo sea por Dios . . . Él lo dé 
y no me divida por haber sido injusto a veces con 
esta yerba bienhechora. Voy a hacer su apología, a 
guisa de desagravio. Vosotros me escucharéis ¡oh jó- 
venes! con silencio tal, que pueda oírse el estornudo 
de una mosca en tres cuadras a la redonda, y yo os 
expresaré luego mi reconocimiento en breves pala- 
bras . . . 

Habéis de saber, pues, ¡oh pichones de Ministros, 
Tenientes Generales y otros! de cómo esta yerba se 
llama üex Paraguayensts en sabio, y de cómo sufre 
las siguientes asombrosas metamorfosis, antes de ve- 
nir a parar a esta calabacita tan cuca, que no pica 

[381 



25 DIAS DE CAMPO 



aunque tiene pico, y que, como no escapa a vuestra 
penetración, es por la parte exterior dibujada y pin- 
toresca. . . ¡Eh! ¿quién llama?. . ¡Presente, mi Co- 
mandante: "aquí está el joven del baile para quien 
quiera algo de él! . - 

Llevamos dirección al paraje denominado La Hor- 
queta, y por el camino se hacen, del baile de anoche, 
los obligados comentarios. Todos hicieron conquistas; 
por supuesto, menos yo. Tocó la orquesta del Colegio, 
compuesta de violines, flautas, guitarras, etc., y se 
bailó con entusiasmo. Las niñas que asistieron me 
confirmaron en la opinión primera; en general eran 
bonitas y algunas de notable hermosura. . . Estuvo 
la niña agreste, la de los cabellos alitordos; de los 
ojos llenos de candida malicia; de los labios frescos 
y suaves como besos de la brisa matinal . . . Todos 
salieron satisfechos del baile y más de uno halló 
asunto para cavilaciones trascendentales, en la deli- 
ciosa y simpática tontería. 

Esta mañana se nos fue Camargo. Vamos a sentir 
de veras a nuestro alegre y bienhumorado compañero 
de fatigas y aventuras. Hicimos lo posible por rete- 
nerlo, pero no pudo ser. Tiene obligaciones, dice, en 
Montevideo, y debe marcharse... ¡Obligaciones, 
marcharse! ¿Qué le costaba trazar una pequeña cur- 
va? ¡Valiente geómetra que no entiende más que de 
líneas rectas! Pues bien; si no hay remedio, que se 
vaya ese viejo malo; que se vaya, no lo queremos más 
aquí ... Lo que es a Nosiglia y a mí, no nos faltó 



[39] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



un pelo para hacer pucheros al dar el apretón de 
despedida al querido profesor. 

Pasamos como a una legua de la Mina Oriental y 
no quise dejar de visitarla. Al efecto me separé de la 
columna, acompañado del Mayor Roure, y después 
de un corto galope, llegamos al paraje donde se ha- 
llan las excavaciones. Hay vanas casas en ruina, ni 
más ni menos que algunos incautos que emplearon 
aquí sus capitales, esperando proficuos resultados. 
Dos casas de comercio expiran de consunción, hacién- 
dose una guerra e&carnizada, aun en lo que pudiera 
llamarse estertor de su agonía comercial . . . 

Alguna vegetación crece pot aquí, desalentada y 
enferma, como todo lo relegado a esta pobre altipla- 
nicie. Las yerbas están agostadas y mustias; algunos 
árboles dispersos, se han quedado a medio crecer: 
parécenme aquejados de rara melancolía. Un canelón 
que vegeta trabajosamente, estrujado entre dos pie- 
dras, ha renunciado a elevarse y se inclina cual si pro- 
yectara devolverse al suelo. Salen algunos hombres a 
mirarnos; quizás somos raros por aquí. Hasta estos 
hombres me parecen tristes. 

Nos apeamos delante de una pulpería. Después de 
algún momento de descanso significamos nuestro ob- 
jeto, y un paisanito de gran cuchillo y cara alegre, 
se ofrece a servirnos de baqueano. Guiados por él em- 
pezamos a descender a pie la hondonada. El cicerone 
lleva una vela de sebo para alumbrar la galería. Unos 
cuantos desocupados se agregan a la expedición y van 
ilustrándola con datos que escucho a medias. Vemos 
en el trayecto algunos agujeros de gran profundidad, 
abiertos en la roca viva a fuerza de dinamita, los cua- 
les dicen que son para dar a la mina aire respirable y 
luz. Tienen un brocal cerrado para evitar desgracias, 



[40] 



25 DÍAS DE CAMPO 



y se les llama piques. Son muy hondos: suelto una pie- 
dra en uno de ellos, y tarda tres segundos en bajar, 
lo que me da una profundidad media de 45 metros, 
i La piedra cae al agua y el ruido que produce semeja 
un grito humano de triste eufonía, que llega a nos- 
otros repetido y quebrado en las asperezas dejadas en 
la piedra por la explosión brutal de la potencia di- 
námica. 

Seguimos adelante. La bajada es irregular y cor- 
tado el camino por peñascos abruptos y grandes 
montones de piedra, roja como mineral de hierro. 
Evitamos estos obstáculos rodeándolos. A veces te- 
nemos que salvarlos. El sol desploma sus rayos ardo- 
rosos y nuestras frentes están cubiertas de sudor; 
nuestras ropas abrasan y las piedras que tocamos nos 
escaldan las manos. Llegamos junto a una casa medio 
derruida, y sale de ella, de uno de sus extremos, un 
largo y melancólico rebuzno. Nos acercamos con cu- 
riosidad y vemos alojado en un pequeño cuarto, que 
tal vez fue alcoba en mejores días, un asno manche- 
go de pura raza: zaino en el lomo y en los flancos 
y de un amarillo leonado en torno de los ojos, en el 
hocico y en el bajo vientre. Nos dicen que es un pa- 
drillo destinado para el cruzamiento por el Dr. Agui- 
rre, explotador primero y verdadero de esta mina. 
El rucio nos mira con aire absorto. Quisiéramos oírle 
rebuznar de nuevo, pero él se zambulle en un silencio 
circunspecto, casi senatorial. Lo dejamos entregado a 
sus meditaciones y proseguimos la marcha. El borrico 
se asoma a una ventana y nos contempla con grave- 
dad solemne. Cualquiera lo tomaría por un diputado 
en ejercicio, a no ser por sus largas y epigramáticas 
orejas. 

No hemos andado cien pasos, cuando nos sorpren- 



dí] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



de un clamor indefinido y confuso, una especie de 
ladrido que parece modular palabras. Volvemos la 
cabeza y vemos uno como gorila derrengado, que se 
nos avecina con agilidad, saltando y deslizándose en- 
tre las breñas. Sigue a voces una especie de monó- 
logo gutural, del que consigo coger algunas frases 
sueltas; frases que acusan incoherencia de ideas en 
quien las aúlla, que no las grita. Aquel bulto ani- 
mado, cuadrumano por su agilidad y catadura, hom- 
bre por las palabras sueltas que barbota, trae en la 
cabeza un sombrero, al cual, quizás por evitar com- 
plicaciones, le ha suprimido el ala; completan su 
equipo algunos pingajos de varios géneros y color 
de mugre, que flotan al viento, dejando al sol una 
buena parte de piel negra, con la cual luchan los 
huesos, empeñados en agujerearla y dar al traste con 
el armazón. Este ser extraño, mezcla, en su aún más 
extraño monólogo, nombres queridos y nombres ra- 
ros. De pronto se para, nos mira, poniendo sobre los 
ojos de caídos párpados, su mano temblorosa, y grita, 
ahuecando la voz como para meter miedo: — ¡Bue- 
nos días, Capitán Querés! ¿cómo ti va? . . 

Preguntamos al cicerone qué es aquello, y nos con- 
testa que aquello es el Pajarito. 



[42] 



25 DIAS DE CAMPO 



VII 



LA MINA ORIENTAL 

Está en el bajo; unos mil pasos al S. O, de la 
pulpería donde dejamos nuestros caballos. Llegamos 
a la entrada, una garganta estrecha a cuyo fondo hay 
que descender asiéndose a las yerbas largas que na- 
cen entre las grietas de la piedra rota. En el piso de 
la garganta hay una línea de rieles por donde han 
corrido las carretillas de balastro durante los trabajos. 
Los rieles están echados sobre durmientes medio po- 
dridos, que hay que saltar con cuidado. Se sigue la 
vía y se entra en la mina con ella. Entre los durmien- 
tes hay agua. 

Llegamos al principio de la bóveda. El cicerone 
enciende su bujía. Examino: la bóveda es de ladrillo, 
groseramente construida, llena de filtraciones y agrie- 
tada a trechos. Hay que inclinarse al andar para no 
tocar el techo con la cabeza. Uno de los desocupados 
resbala y mete un pie en el agua; sus compañeros 
celebran el suceso con risas que repite el eco en di- 
ferente diapasón. Seguimos, avanzando a tientas, pues 
la vela, sin fuerza para romper las tinieblas, apenas 
difunde una luz penumbrosa en torno del que la 
lleva. Por fortuna aquí ya no hay agua, lo que me 
hace pensar que la de la entrada es pluvial y no ma- 



[43] 



MANUEL P BERNARDEZ 



nada como al principio creyera. Ya no hay agua, pero 
tampoco hay bóveda de ladrillo. Ésta concluye a 
cien pasos de la entrada y continúa luego la pared 
natural, llena de irregularidades dejadas por el zapa- 
pico. No deja de ser probable un hundimiento, pues 
la pared está compuesta de fragmentos de piedra, 
mal ligados con soldaduras de tierra cuarzosa, ama- 
sada con pequeñas cantidades de arcilla. Una detona- 
ción o ruido vibratorio que conmoviese el aire 
interior, podría ocasionar el desplome de grandes la- 
jas que se hallan a medio desprender. La entrada, en 
la que hay bóveda de ladrillo, es de tierra gredosa, 
que, humedecida, adquiere cierta plasticidad fácil- 
mente maleable. 

La bóveda es cada vez más deprimida. De su cor- 
teza se destacan informes dentellones que se me fi- 
guran colmillos de esta oscura boca de la tierra, 
abierta ante nosotros en ademán hostil. El piso, a 
medida que la bóveda se estrecha, va descendiendo 
también en rampa suave. Me inclino y miro hacía 
adelante: allá lejos, vagamente coloreada por la luz 
amarillenta del guía, hay una como mancha de clari- 
dad, proyectada desde arriba sobre el pavimento ne- 
gro. Es luz del sol que baja por un pique, y abruma- 
da por la oscuridad y la distancia, adquiere al llegar 
abajo la palidez indecisa de la refracción lunar. 

En una de las paredes laterales veo una cifra he- 
cha con yeso sobre la piedra, y casi borrada por la 
humedad: es el cómputo de la distancia recorrida. 
"Doscientos metros". — Falta un poco, — dice la- 
cónicamente el guía. 

Examino la pared del pique, donde me aseguran 
que hay algunas vetas auríferas; pero, o lo entiendo 
muy poco, o las tales vetas sólo existen en la fantasía 



[44] 



25 DÍAS DE CAMPO 



de alguien que sabrá lo que se pesca. Veo, sí, que la 
parte de mundo geológico que hay sobre nuestras 
cabezas, se compone de grandes capas pétreas, irre- 
gulares, medio estratificadas y divididas a trechos por 
intersecciones de tierra gruesa. En éstas, de las que 
hay varias hasta la boca del pique, crecen algunas 
yerbas, descoloridas por la falta de sol El viento que 
busca salida y asciende como soplado por un aventa- 
dor mecánico, las sacude violentamente, mantenién- 
dolas en perpetua agitación. Algún tallo que se des- 
prende, no cae, sube y sale dando volteretas por la 
boca del respiradero. 

A ambos lados del camino se encuentran pozas de 
agua. Debe ser la llovida que entra por el pique, 
pues la que producen las filtraciones no basta para 
formar depósitos, debiendo ser consumida por el pa- 
vimento. Hallamos dos piques más. Uno de ellos no 
es, como los otros, vertical. Debiendo ser abierto de 
abajo arriba, hubo de dársele una inclinación no me- 
nor de <50 p con la horizontal, a fin de hacer posible 
la marcha ascendente de los obreros. 

Después del tercer pique se acentúa rápidamente 
la depresión de la galería, debiendo inclinarnos mu- 
cho para poder avanzar. Es sensible la presencia de 
ácido carbónico y la respiración se hace trabajosa. 
La bujia siente también el efecto, porque oscila un 
largo trecho, hasta que la escasez de oxígeno la apa- 
ga al fin. El Mayor y yo llegamos al término, andan- 
do de prisa, y empezamos a medir la galería. Los 
pulmones funcionan con trabajo y la asfixia empieza. 
Volvemos, una vez cerciorados de que es también de 
piedra el fondo de la mina, y hallando a los compa- 
ñeros, buscamos la salida casi a la carrera, En el pri- 
mer pique respiramos libremente. Estamos cubiertos 



[45] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



de sudor, y no obstante, la temperatura es muy baja. 
Seguímos luego andando más despacio y pot fin ga- 
namos la salida. Nuestras medidas arrojan un resul- 
tado de 280 metros. Miro el reloj: hemos andado 
veinticinco minutos por las entrañas del suelo. Con- 
fieso que en su transcurso no me he hallado comple- 
tamente tranquilo. La luz, brillando en la oscuridad 
con la amarillez siniestra de una pupila de buho y 
apagándose luego por sí sola, tal como un ojo que 
la muerte cierra; las voces, lúgubremente repetidas 
por esa otra voz de lo inanimado, que se llama eco; 
el frotamiento de un reptil que se desliza; la presión 
misteriosa de lo inerte, que oprime sin aplastar . . . 
todo; los respiraderos con su luz crepuscular; la luz 
enseñando a medias el piso viscoso y los flancos res- 
quebrajados del antro; el antro, tal ve* irritado os- 
curamente contra los pequeños audaces que hollaban 
sus entrañas rasgando su silencio; el silencio desga- 
rrado por las inflexiones múltiples del eco; el eco, 
devolviendo a gritos el metal de nuestras voces; las 
voces, repetidas tristemente como lamentos de la pie- 
dra herida. . . ¡todo era solemne, todo magnífico, 
todo grande! Se columbraba en derredor algo ttágico 
que se oponía. Hay en lo disforme yo no sé qué ame- 
naza de acometida oscura. El alma rebelada se aper- 
cibe a la defensa, y un instante se siente el hombre 
sublimado por esa grandeza salvaje, que bien merece 
llamarse "grandeza de los pequeños"! 



En la entrada de la mina percibí nuevamente al 
ser hirsuto que nos siguiera al bajar a la hondonada; 
aquél que el guía señalara con el nombre de Pajarito. 



[46] 



25 DÍAS DE CAMPO 



VIII 



PAJARITO 

Empezamos a subir la dura cuesta y nos siguió a 
cierta distancia, rezongando no sé qué monologo. Yo 
tenía la mente llena con la visión de la mina, y no 
obstante, aquel ser que tras de nosotros venía saltan- 
do, resbalándose y perorando sin tregua, me preo- 
cupaba vivamente. ¿Qué decía > ¿hablaba? Sí: yo le 
oí distintamente ptonunciar palabras. Luego reía. 
Quizás decía algo chistoso, algo estúpido; ¡quién sa- 
be! tal vez algo grande. Parecía loco o ebrio por sus 
gestos y palabras. Si era loco, era pacífico y alegre; 
ebrio no estaba, a mi ver. Tenía los músculos muy 
elásticos y la cabeza harto firme. Era orador y audi- 
torio: eso se veía. Trepaba a una piedra, detenía un 
instante sus movimientos y peroraba; en seguida se 
aplaudía. Hablaba en tantos tonos que parecía ven- 
trílocuo. ¿Qué idioma hablaba? ¿Brasileño? ¿caste- 
llano? Ni uno ni otro: yo escuché una confusión 
extraña de idiomas, constituyendo un lenguaje pin- 
toresco y especial. Pronunciaba mal y de prisa, pero 
se le entendía algo. Antes de salir del predio de la 
mina, cerca del segundo pique> halló una piedra gran- 
de a su paso; una piedra de forma irregular, rematada 
en un ángulo obtuso. Nosotros la rodeamos, él la 



[47] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



subió. Encaramado en el pico, sujetándose con las 
manos, parecía una cabra montés. Nos miró de hito 
en hito, rióse luego y empezó a hablar casi a gritos. 
Yo me acerqué para oírle. Filosofaba; decía: 

— ¿Ostés qué se piensan? ¿Quené que son ostés? 
Ostés son lumbrigas de la tierra, lo memo que yo. 
¡Se acauso Pacarito non saberá o que ostés andaun 
querendo! ¡Pobres mininos! Non hay oro na mina: 
non hay oro; non hay más de que tierra y pedras. . . 
Foy un ladrón foy, quen dijo que había as montoe- 
ras >de oro na mina, y trose otros algunos., . ¡pra 
robalos! A Pacarito non lo roban non, porque Pa- 
carito e pobre como ratón digrexa. Tambein Pacarito 
non roba, pero nin lo quié lo negro di la uña; pide, 
isto sin, y mas ante se muere diambre, mas ante, 
porque mabien negro vieco pobre, mabien que la- 
drón. Cuando meno te diseron que Pacarito e loco; 
iso te diseron, a la fija. Non li hagás causo, porque 
ti estaun mintindo pra te sacate los rial. Yo sou un 
negro pobre poreim bastante adilantao; pero calláte 
la boca; non cuentés pra os gurises de que Pacarito 
seye un negro vieco bastante adilantao, porque e lo 
mimo que se vos ti poniera a dale rapé a un ñandú. 
Capitán Querés: dame dose rial; sácame una soscri- 
sión pra me darme dose rial. Yo ti voy a cúrate di 
una infermedá que tú tiene. Tú sofre di lucura por- 
que viene a traser oro di la Mina Orientá ... Ti in- 
quivocas: tú está loco; yo ti digo que ti voy a cúrate 
di tu enfermedá. ¿Sabés quené que sou yo? Yo sou 
el negro Pacarito; vos ere el Capitán Querés: tanto 
gusto conosete a usté; pra servite a usté. . . Nen vos 
se piense quené quié el negro Pacarito. Yo ti voy a 
cuenta agora mimo neste momiento. Yo sou un sor- 
dao vieco di la depindensia qui tenemo ne mi tierra; 



[48] 



55 días de campo 



yo fuy clarín nel tiempo diante. Dame un clarín sí 
dubida y yo ti mostró como te deco sordo de los óvi- 
dos, . . ¿Non te diseron que Pacarito foy sarnento? 
Pois sou sarnento pra que tú sepa. ¡Quein sabe, Capi- 
tán Querés, si tú se hiso queimar taun serquita como 
el Sarnento Pacarito! Yo non proseyo atoa porque yo 
teño las marcas ne mi cuero. Agora vas a ver como 
yo ti contó una cosa pra que tú sepa: cuande yo era 
negro muchacho me cunté cuna negrita, pra que 
tú sepa, y tive dos gurises y una mulata chica igua- 
lita lo memo como mi negra . . . Intonse yo era 
cabo, intonse. No se piensen que estaun hablando 
con cuarqué porquera. Dispois me diseron que fose 
a sirvir outra veis, y fuy, porque sempre teño sido 
un negro meio valente. Cuande ya estive muin duna 
veis disgrasiao, pedí que me lo desen una baja pra 
me mandarme mudá pra mi casa, y apañei quinien- 
tos asóte mal, mal contao. Asín toy yo que non sirvo 
mais pra nada, o memo que guitarra vieca, atifao 
nun rincón. A veis pasada me diseron que ibaun a 
me tirar un ritiro pra min, y aínda estou isperando* 
¡Me párese que puedo isperar deitao, me párese! O 
quies o ritiro non viene; ya no persisan, a la cuenta, 
del negro Pacarito. Yo istou alegre porque me estou 
rindo, poreim non e di cuntente sinón di triste, lo 
que istou viendo comé qui trataun ne la mema tierra 
duno a un sordao vieco, taun luego como el sarnento 
Pacarito. Mi negra nostaba, pra que tú sepa comé 
que yo sou de disgrasiao, cuande yo vortei con las 
quinetas di sarnento. A la cuenta tíñase arsao c'al- 
gún otro negro trompeta o memo que yo. Al pedo 
e que yo istaba tudo ancho con las quinetas. . . Los 
gurises de Pacarito volaron pelaos o memo que pi- 
chón de cuervo. Intonse Pacarito lo llamabaun Tise ra f 



[49] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



intonse, por quiera negrido cortado como ele solo . . . 
Poreím era negrito cortado al cuete, porque todo me 
lo ansarón; no incontré mais de qui la osamenta de 
mi perto atirado ne la porta de la manguera. . * Ca- 
pitán Querés: dale neinque seye dos rial pra el po- 
bre negro vieco; mirá qui istou bein pobre. Cuarqué 
gaucho atoa teñe un soquete pra se inilená la pansa; 
sólo el negro Pacarito e que non tiene mais de que 
hambre y malacas. , . De barbe e que istoy gordito: 
e por que sou negro gordito de nasimento. Yo ti 
mostró como istou yo di lastimao. ¿Querés ver las 
firidas de Pacarito? . . Agora ti voy a mostrar ne la 
purpería. Si querés intrarte ne la mina, intrate no 
más t no tenás miedo; quédate ne la mina porque Pa- 
carito ti voy sacar . . 

Un largo acceso de tos, seguido de una carcajada 
estúpida, cortó la palabra a aquel infeliz, que, tras 
largos años de oscuros sacrificios, arrastra hacia el 
sepulcro cercano la pesada y maldita cadena del pa- 
ria. ¡Pobre Pajarito! No sabes tú que al oír el relato 
incoherente de*tus desgracias, al escuchar de tus la- 
bios amarillentos la dolorosa odisea de tu vida mi- 
serable^ se me ha apretado el corazón de pena y he 
llorado por ti. . . ipor ti, Pajarito, por tus hijos, por 
tu mujer prostituida, por tu vejez olvidada y por tu 
raza proscrita! 



1501 



25 DIAS DE CAMPO 



IX 



COSAS ALEGRES 

29 de diciembre. 



Sí. . . cosas alegrecitas: ¡por poco no estamos bai- 
lando el fandango! ¡Pasad horas ardientes de la tar- 
de! ¡pasad horas heladas de la noche! ¡pasad horas 
interminables de la mañana! . . Salimos de la Hor- 
queta, donde, en verdad digo que nos horquetamos 
como benditos de Dios. ¡Qué calor tropical! ¡qué 
agua tibia e insípida! ¡qué sombra asoleada! ¡qué 
espinas punzantes! . . Horas llenas de micuines y va- 
cías de notas risueñas: ya os he dicho que paséis. . . 



Acampamos en un paraje denominado Los Már- 
moles, a causa de una mina de esta piedra que se ha- 
lla en vías de explotación, aunque no le veo traza de 
que pueda seguir muy adelante. El paraje es malo 
para acampar. Ya me prometo pasar una tarde inso- 
portable y no le hallo gran chiste a la promesa. De- 
lante tenemos el cerro de la Isla de Varas, elevado 
y abrupto, avanzando su cúspide cenicienta cual si se 
fuese a echar sobre nosotros. 



[51] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



Mañana llegaremos a Minas, que está ahí a tres 
leguas, como quien dice ahí a un paso; entretanto 
nos tostamos gravemente, haciendo sombra a unos 
arbustos que parece haber por aquí. 

Vadeamos una cañada y hallamos un sitio algo 
más pasable donde tender los cuerpos, más que ren- 
didos, fastidiados. Es increíble la molestia que causa 
el calor en tales circunstancias. Luego tábanos, des- 
pués mosquitos, y, en fin, variedad de plagas que no 
por dejar de ser egipcias, dejan de ser insoporta- 
bles . . . Para colmo del fastidio, recibimos la visita 
de un hombre tan charlatán y tan posma, que estuve 
a punto de echarme a llorar al oírlo. . , 

— ¡Qué persona tan atroz! Hablaba de prisa, pre- 
guntando y anticipando él mismo la respuesta; dan- 
do explicaciones y detalles de cosas que maldito si 
nos importaban, y refiriendo anécdotas y sucedidos a 
propósito de esto o lo otro; rodo sin es<:upir ni una 
sola vez. Si este hombre habla siempre lo mismo, 
pronto va a tener la lengua más gastada que un cua- 
tro boliviano . . . Cansado de escuchar í u prosa im- 
placable, le dije en tono fisgón: ¡Pero, señor, qué 
cigarros insufribles! ¿No le aburren a usted? — ¿A 
mí? No, señor; a mí no me aburren jamás los di- 
minutos e interesantes fenómenos de la Naturaleza. 
(Al oír esto el cocinero estuvo a pique de enterrar 
las narices en el fuego). Lo que a mí me aburre — 
prosiguió aquel hombre tremendo — , es, más que la 
calma de estos campos augustos y sitios inocentes, la 
ruidosa movilización de las ciudades habitadas, en 
donde una admósfera parece que quisiera ahogarnos, 
y en donde se encuentra el forastero que no vive allí, 
coa mil intrigas y mil aventuras raras que están, 



[52] 



25 DÍAS DE CAMPO 



como la espada de Temístocles, pendientes sobre la 
cabeza de uno. . . 

— ¡Bendito seas, Dios mío! Gracias a ti, que me 
quedé dormido; sino, creo que aquel hombre hubie- 
ra conseguido partirme en dos pedazos con la espada 
de Temístocles. 



Urrutia: Usted que me ha visto niño, comprenderá 
el encanto con que escribo este capítulo, Es para us- 
ted. Son pedazos de recuerdos recogidos en un viaje 
retrospectivo que hice con la mente allá por los inol- 
vidables *años de mi primera edad. 

Manuel. 



[53] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



X 



EL HOMBRE DE LOS CAMPOS 

No he podido hallar un gaucho para describirlo a 
mi placer, y como hubiera podido hacerlo, merced al 
profundo conocimiento que tengo de él, de sus cos- 
tumbres, de sus leyendas y sus desgracias. Lo conozco 
bien; pero hubiera querido tenerlo ante mí, repre- 
sentado por uno de los tipos que en otro tiempo die- 
ron asunto al romance americano y nombradla a esa 
valiente raza. La extinción del hombre nacional es 
un hecho consumado . . Ya no se ven, no, aquellos 
de formas varoniles; los de piel tostada, alta frente 
y mirada altiva; los de poncho terciado y pañuelo 
flotante, crujiente tirador con botonadura de onzas 
españolas y amplio chiripá negro con franja viva, 
sombrero ladeado airosamente y cortante puñal de 
plata, botas de potrillo blanco, grandes lloronas, ca- 
miseta bordada, calzoncillos con cribo primoroso y 
temibles boleadoras colgadas de la cintura. Esos tipos 
que se ven a medias en algunos cantos americanos, 
como tristes visiones de razas extinguidas, han muer- 
to con Santos Vega. El Gaucho Flondo> último y 
digno heredero de "aquel de larga fama", no pudo 
ver impasible la decadencia de los paisanos de raza 
y se barrenó la sien. Con la muerte de este hombre, 



[54] 



25 DIAS DE CAMPO 



cuya mano he estrechado con respeto, el tipo nacio- 
nal, el tipo hermoso, el altivo, se ha perdido para 
siempre, y ni siquiera vive, fijado su contorno ro- 
mancesco, en universal e histórico poema. [Oh sí yo 
fuese poeta para cantarlo! ¡oh si yo tuviese en mi lira 
notas bastante tiernas, bastante tristes, bastante sal- 
vajes para cantar la vida del Gaucho Americano! 
Entonces tú, Martín Fierro, serías algo más que una 
curiosidad literaria: serías el héroe impersonal en 
la historia de una raza; serías el tierno payador agres- 
te, llevando el canto de las praderas a través del 
tumultuoso oleaje de veinte generaciones! . . Bien 
puedes, ¡oh América!, preguntar a la exclusivista Eu- 
ropa: "Dime, conquistadora: ¿qué has hecho de mis 
hijos? Contesta, madre: ¿en dónde están tus desgra- 
ciados nietos?" 



¡Cómo me entristece la pérdida de esos hombres 
que, jinetes en no domados potros de cola atada y 
crin flotante, despertaban a su paso los ecos dormidos 
de la pradera, su cuna! Yo los he visto; los he visto 
cuando era niño y los he admirado. Ya entonces eran 
raros, pero menos raros que hoy. En una grande es- 
tancia del interior vi algunos hombres de tristeza 
altiva que, en las tardes del estío y en sus noches 
perfumadas, cantaban bajo el ombú de eternas hojas 
verdes, canciones tristes y vagas como reprimidos 
ayes de dolor. Luego Ies veía dejar la guitarra, cuyas 
cuerdas quedaban repitiendo, temblorosas, el último 
acorde triste, como si no quisiesen olvidarlo; y, siem- 
pre con reposado tono, hacer relatos de aventuras 
amorosas o de peleas a cuchillo, con igual libertad 
de detalles que si ellos no hubieran sido los protago- 
nistas. Ni suprimían hechos propios, como quizás 



[55] 



MANUEL P- BERNARDEZ 



hubiéramos hecho nosotros, ni los abultaban, como 
hacer pudieran fatuos vulgares. De la narración he- 
cha con palabras sencillas, pero con imágenes gráfi- 
cas de ésas que el gaucho aprende en su intimidad 
con la Naturaleza, de las que con una palabra pintan 
una situación suprema, se desprendía la grandeza del 
narrador como el fulgor de la estrella; sin que se es- 
forzase por ello, así como la estrella no se esfuerza 
por brillar . . . Luego, al nacer la mañana, he visto a 
aquellos cantores de la tristeza, convertidos en obe- 
dientes hijos del trabajo, salir a parar rodeo con los 
amplios ponchos crujientes de escarcha, voceando al 
ganado que, habituado al grito, abandonaba el bos- 
que y la ladera ganando presuroso las alturas trilla- 
das, donde se reunía, girando en derredor con rapidez 
de vórtice. . . Algún toro rebelde abandonaba el ro- 
deo y entonces uno de aquellos centauros, espolean- 
do al potro soberbio, lo lanzaba en pos del fugitivo. 
El toro es más rápido, pero se fatiga, en tanto que el 
caballo, cuyo jinete con las piernas recogidas sobre 
sus flancos y tendido sobre su cuello para evitar el 
viento, lo estimula suavemente con el látigo, aumen- 
ta poco a poco la carrera. En cinco minutos de lucha 
el animal noble ha dado alcance al animal salvaje: 
éste intenta volverse, pero antes de conseguirlo recibe 
en la espaldilla el choque del caballo y bambolea; 
el jinete aprovecha el momento: lo ase por la cola 
con la diestra mano, lo endereza al rodeo y empieza 
el pugilato formidable: la fiera intenta huir y toma 
carrera; el jinete la alcanza, se aferra a su costado 
izquierdo, cual si efectuase un abordaje, y la sigue 
sin perder ni ganar un palmo; el toro intenta aven- 
tajar al caballo y el caballo al toro; el jinete, dando 
gritos, flagela a éste con su recio látigo y le hace 



[36] 



25 DIAS DE CAMPO 



precipitar la carrera, bramando de dolor, y haciendo 
vanos esfuerzos por dar al cuerno sangriento empleo. 
Por fin, el toro cansado, furioso, intenta detenerse y 
combatir; pero el caballo, implacable, como un arie- 
te de carne, lo empuja brutalmente y el látigo lo 
azota sin piedad. La fiera se acobarda y, ebria de 
rabia, impotente, busca refugio en el rodeo y entra 
a él, sudorosa, con los ojos inyectados y mascullan- 
do bocados de espuma viscosa entre las fauces san- 
grientas. 

He visto más: los he visto con la misma indife- 
rente sencillez que contaban sus hazañas debajo del 
ombú viejo y nudoso, tirar su vida entre las astas de 
un toro por salvar a un compañero. La frecuencia del 
peligro los familiariza con él, de tal manera, que ya 
sólo lo advierten cuando llegan a correrlo los demás. 
Quiero contar un hecho de que fui testigo, porque 
fue Julián su héroe y yo amo el recuerdo de Julián. 

. ♦ . En un extremo del corral ardía una gran ho- 
guera, a cuyo lado se alzaban enormes pilas de leña 
seca. Entre las ardientes brasas despedían chispas ful- 
gurantes las marcas de hierro caldeadas hasta el rojo 
blanco. Al lado de la hoguera había una gran fuente 
de grasa para introducir en ella la marca después de 
haber estampado su forma en el anca del becerro. 

El corral, inmenso, desplegaba su cuadro en las 
caídas de una loma. El ganado, empujando el encie- 
rro, asustado por tantos preparativos, se agrupaba en 
el fondo. Se abrió la puerta y entró la cuadrilla de en- 



[37] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



lazadores, compuesta de seis hombres, jinetes en 
adiestrados y poderosos caballos. 

Por las inmediaciones del fogón, sitio que dejaba 
libre el ganado, estaban distribuidos hasta unos trein- 
ta peones como tendidos en guerrilla: en mangas de 
camisa, con un pañuelo atado a la cabeza, una piel 
de una vara de largo y media de ancho sujeta a la 
cintura y el lazo trenzado de cuatro correas en la 
mano- 
Empezó la faena: dos de los jinetes avanzaron al 
fondo del corral; el ganado se arremolinó, trepando 
unos animales sobre otros y estrujándose contra los 
palos del cerco. 

Los enlazadores armaron sus lazos, los rodearon 
un instante en torno de sus cabezas y los despidieron 
sobre el elegido blanco. La armada partió silbando, 
cayó, se tendieron los lazos, y dos toros quedaron su- 
jetos por los cuernos. 

Al sentir el contacto escurridizo del lazo, compren- 
de en seguida el toro de dónde parte la agresión y 
atropella al jinete. Esta acometida, que llaman ve- 
nirse sobre el lazo, la evitan los enlazadores con des- 
treza y facilidad admirables: ora con una huida rápida, 
ora con un brusco escape a uno u otro lado. . el 
toro marra el golpe, hiere el aire, da un traspié, tor- 
na a erguir la cerviz humillada para herir y sigue fu- 
rioso la carrera. El jinete acompaña su movimiento 
para evitar el tirón seco; el lazo silba y cruje al 
quedar de súbito tirante; el caballo resiste el tre- 
mendo impulso, diestramente apuntalado en sus re- 
mos y el toro es casi siempre tumbado por el tirón. 
Pero es imposible sujetarlo allí. 
Se levanta rápido bramando sordamente y buscan- 

[58] 



25 DIAS DE CAMPO 



do enemigos en torno; acuden los pialadores (1)> y 
poniéndose a su vista, fuera de alcance, le llaman con 
gritos y alboroto la atención. 

Acomete, pero el lazo se tiende y le hace describir 
a la carrera un círculo cuyo centro es el caballo que 
lo sujeta. Al pasar, los de a pie le arrojan sus lazos a 
las patas delanteras. Uno u otro consigue sujetárselas, 
lo deja correr, pasa con rapidez el extremo del lazo 
en torno de su cintura y se echa atrás con violencia 
para hacer pie. Aquello es pérfido: es la astucia in- 
significante domeñando a la fuerza estúpida. En la 
violenta huida siente el toro que le tiran de los pies: 
clava el hocico en el suelo, da una vuelta sobre sí 
mismo y queda en tierra, sujeto por los lazos y aton- 
tado por la caída. 

Llega el castrador y en menos de diez segundos 
termina, sin gran cuidado, su bárbara tarea. El ani- 
mal pone en blanco los ojos y se muerde la lengua, 
a veces hasta cortarla, haciendo rechinar los apreta- 
dos dientes. El operador se lleva los testículos de la 
víctima a guisa de trofeo y los arroja al fuego, en 
donde, sin más aderezo, se convierten en manjar sa- 
boreado luego con placer. 

Entretanto, los que apresaban al toro lo han pues- 
to en libertad, corriendo presurosos a encaramarse a 
los postes del inmediato cerco. El toro se levanta loco 
de dolor y de coraje, vertiendo sangre a chorros de la 
parte mutilada; gira en derredor sus ojos torvos; hie- 
re en la tierra con su uña hendida y se lanza con 
rugido tenue tras de sus verdugos, que, ya en lugar 

(1) Enlazadores a pie, cuyo objeto es sujetar coo sus Ia2os 
las patas delanteras del animal y derribarlo de un tirón brus- 
co, dado precisamente cuando la res alza las patas para avan- 
zar en la carrera. 



[59] 



MANUEL R BERNARDEZ 



seguro, se mofan de él gritándole: ¡cha, cha y cha, cha, 
torito! ¡cha, cha, cha. maula! y otras voces usuales 
de desafío. 

Llega, pues, tras ellos; pero llega tarde, y su furor 
sólo puede cebarse ora en un poste, ora en un pon- 
cho olvidado, en una damajuana, en un tizón. De 
improviso ve el resplandor de la llama y su irritación 
se aumenta. Baja la cabeza y acomete al fuego lan- 
zándose en medio de la ardiente hoguera; ruge de 
dolor, pero no ceja; salta, se retuerce, arde su piel; 
la cerda y el pelo quemado infestan con su olor acre; 
los tizones y las marcas vuelan aventados en todas 
direcciones. Cuando sale de allí es para caer a los 
pocos pasos, donde es ultimado por los peones que 
desde el cerco intentaron en vano impedirle la con- 
sumación de su bestial hazaña. 

Tal era el fondo del cuadro cuando presencié el 
episodio que referir pretendo; episodio que enseñó a 
mi entendimiento de niño la grandeza de ese movi- 
miento de amor humanitario que, en las almas bien 
templadas, ahoga al innato de conservación. Movi- 
miento magnífico, rápido como lo inspirado, sencillo 
como lo grande. Yo ignoro por qué me conmueven 
tan hondamente esos actos de valor supremo. Parece 
que encarnada en mi ser la sensación psicológica de 
la humanidad, tan cargada de egoísmo, sintiese ante 
la consumación de un hecho noble, algo así como 
desahogo, como consuelo. Es lástima que no tenga 
mi mano la necesaria firmeza para hacer que la ha- 
zaña de Julián se destaque con toda su enérgica be- 
lleza en el bosquejo nacional que con indócil y tosca 
pluma acabo de esbozar. 

Habríase llegado a la mitad de la faena y hacía 
un calor sofocante. Por ambas razones seguía el tra- 



[60] 



25 DIAS DE CAMPO 



bajo sin la rapidez y uniformidad que requiere, tanto 
para evitar que se estropee y adelgace el ganado con 
el largo encierro, como para regularizar lo más posi- 
ble el servicio de mutua protección que entre sí se 
prestan ios pialadores. Éstos, que por la mañana hi- 
cieran gala de agilidad y presteza, estaban rendidos 
de fatiga, merced a seis horas de ruda tarea, en don- 
de alternaba la necesidad de cumplir bien el cuidado, 
con la vigilancia sobre la ajena y la propia conser- 
vación. 

Uno de ios pialadores enlazó un ternero, no pudo 
hacer pie, dio el tirón en falso y hubo de soltar el 
lazo. Para recobrarlo echó a correr tras el ternero 
que huía balando para el fondo del corral En ese 
momento los castradores soltaron un toro mutilado. 

La gente de a pie se puso en salvo sobre el cerco 
sin advertir la imprudencia del pialador que, habien- 
do conseguido coger el lazo, pugnaba por derribar al 
ternero para quitárselo. El toro postrado por la ope- 
ración dolorosa, no se había levantado aún. Un jinete 
se llegó a él y le dió un golpe con la argolla del 
lazo. Se levantó rápido y tambaleó un momento, bo- 
rracho de ira; vio cerca el jinete, tomó carrera y se 
lanzó sobre él. El jinete evitó la acometida, y el toro, 
burlado, siguió galopando en dirección al fondo del 
corral. El pialador había sacado el lazo al ternero y 
volvía arrollándolo tranquilamente; el sol le impedía 
ver al toro. Éste lo vio y se plantó en la carrera, er- 
guida la cerviz, altos los cuernos, mirando al hombre. 
Azotó sus flancos con la cola ensangrentada, tiñén- 
dolos de rojo, dio algunos pasos atrás, agachó la ca- 
beza y arrancó. Todos los ojos lo vieron; todas las 
bocas lanzaron un angustioso ¡guarda el toro! El 
hombre, al ver de súbito el peligro, perdió la sere- 



ní j 



MANUEL P. BERNARDEZ 



nidad y echó a correr desatinado. El que huye ante 
un toro es cogido sin remedio. Aquel hombre estaba 
perdido. Nadie dio una voz, nadie se arrojó a sal- 
varlo: era imposible. Todos lo comprendieron y to- 
dos temblaron. 

Pero en aquel momento hirió los aires un grito, 
un grito salvaje de audacia y desafío. Cien ojos an- 
helantes vieron un jinete lanzado a la carrera sobre 
la espalda de brioso pangaré, en dirección contraria 
a la que llevaban el perseguido y la fiera. 

Saltó a todos los ojos su designio, y algo así como 
un viento de epopeya azotó aquellas caras sudorien- 
tas. Allí venía Julián, venía un hipántropo, no esca- 
lando el cielo con afán impío, sino oponiendo la 
abnegación suprema a la fiereza salvaje para salvar 
una vida, ¡Hermoso era aquel hombre! Tostado co- 
mo un Antinoo de bronce, la mirada fulmínea, el ca- 
bello medio erizado batiendo la cabeza, la cabeza er- 
guida sobre el cuerpo, el cuerpo firme sobre el potro, 
el potro firme en la carrera sujeto a la rienda, la rienda 
en la mano izquierda y en la derecha el rebenque de 
recia lonja. . « Aquello fue un relámpago; allí nadie 
vio: todos cegaron ante la visión instantánea del he- 
roísmo, Tendidas hacia atrás las orejas, las narices di- 
latadas, las crines flotantes, el caballo herido por la 
espuela, avanzaba recto, veloz, incontrastable, mag- 
nífico: el toro venía espumeante, erizado el morro, 
arqueada la cola, humillado el cuerno, la boca entre- 
abierta, el ojo cerrado: era la bestia acometiendo ciega. 
Las dos fuerzas se encontraron: la fuerza salvadora 
chocó con la fuerza trágica. El pecho del caballo dio 
de lleno en la cerviz del toro. Un alarido de triun- 
fo salió de una nube de polvo, ahogando un relincho 
lastimero; el caballo cayó desplomado al suelo; el 



[62] 



25 DIAS DE CAMPO 



jinete, lanzado por encima del toro, cayó de pie, so- 
bre sus piernas de acero, diez pasos más allá. . . El 
toro quedó balanceándose, moviendo a derecha e iz- 
quierda la cabeza agachada, como un perro que hus- 
mea; se contrajeron con hipo sus i jares; su lengua 
colgante se dilató en erección nerviosa y sus pupilas 
se ocultaron enseñando la sangrienta córnea. Abrió 
las patas con tiento, como para apuntalarse, ensayó 
a andar, y atontado, tropezando en sí mismo, dio al- 
gunos pasos, le flaquearon las patas delanteras y cayó 
de rodillas, hiriendo el suelo con el hocico. Quedó así 
un momento, intentando levantarse, hasta que cayó 
del todo. Uno de los pialadores le dio un golpe con 
el pie, y él, con el ultimo aliento de rabia, sacudió la 
cabeza, ensartando con el ya impotente cuerno una 
boñiga de vaca endurecida. 

Estos son recuerdos de niño. Lo vi hace diez años 
y no lo vi con más detalles que los que acabo de 
describir . . , Creí que la grandeza del episodio había 
de engrandecer al narrador: por eso me atreví. Ju- 
lián es el hombre de los campos; poeta y músico de 
nacimiento; valiente y generoso como un héroe del 
Tasso, por inclinación y hábito. . . Es ese hombre- 
sentimiento que tiene en el alma la tierna tristeza 
de las baladas rhinianas, y ostenta en su frente la al- 
tivez indómita del hijo de doña Inés. Espíritu soñador 
e indolente por naturaleza, trabaja sin entusiasmo, 
pero con tesón. No descuella por su actividad, y esto 
lo hace un huésped del siglo, que, en su ansia de 
agitación, reniega de la altiva apatía del gaucho, 
incapaz de comprender su poesía. El gaucho no tra- 
baja, no inventa: luego no sirve para nada. * . ¡Hom- 



[63] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



bres, perdón! Vosotros que sois todo manos, dejad 
en su quietud orgullosa a los que sólo tienen cora- 
zón. Hago una auto-defensa al abogar por ellos; por- 
que si el desdeñar el guarismo y el detalle, y rechazar 
la humillación, y el escamoteo ilícito del céntimo, y 
el pan infamado por el ademán soberbio, si eso es 
ser indolente, es ser orgulloso, soy orgulloso e indo- 
lente también. Yo amo al hombre, pero detesto al 
usurero; yo acepto el trabajo, pero rechazo la explo- 
tación indigna a que se presta. Yo reconozco a Dios 
y lo venero, pero abomino la usurpación que de su 
poder soberano han hecho durante dieciocho siglos 
los falsos sacerdotes. Sí: me postro ante el Dios del 
cielo, pero reniego del Dios de los altares. . , ¡Yo 
no doblo la rodilla ante la imagen grosera de un 
hombre como yo! > . Eso mismo hace el hombre de 
los campos. Le han roto la sien porque no quiso do- 
blatla ante los ídolos vanos de la tiranía humana, y 
él, no pudiendo hacer oír su protesta sobre los ala- 
ridos bárbaros del triunfo, ha caído silencioso alzan- 
do su mirada a las alturas. Se ha querido hacer 
ciudadano del gaucho, sin pasarlo ni aún por el an- 
cho tamiz de la instrucción primaria, y ha resultado 
el ilota, producto tan sólo digno de las naciones es- 
clavas. Mírese más para el campo; edúquese al gau- 
cho, al paria, y entréguesele, con la educación, la 
credencial de sus franquicias y derechos. Imposible 
es que no haya en siglo tan grande, un sitio donde 
esa raza, hoy judaizante en su patria, pueda engen- 
drar hombres nuevos y amamantarlos con el ansia 
fie movimiento que agita al mundo moderno, aban- 
donando a la leyenda americana los tesoros aún no 
explotados de su vida contemporánea, poetizada por 
un romántico tinte medioeval. 



[64] 



25 DÍAS DE CAMPO 



ABANDONAMOS EL CERRO 

30 de diciembre. 

Hombre, lo que es por mí . . ♦ ¡cuánto antes! Ayer 
hemos pasado un mal día, gracias a Ja sobra de mo- 
lestias y la falta de comodidades. El cansancio empie- 
za a hacerse sentir y vamos adivinando que no todas 
son florecitas en el campo, y que esto de salirse a 
dar una vuelta por ahí, no es cosa de más o menos, 
como allá por Montevideo se figuran; y que el recado 
por lecho, el caballo o el talón por vehículo, el asado 
con cuero por almuerzo y cena, y otras pequeñas 
cosas cuya enumeración dejaré para mejor momento, 
tienen dos y tienen hasta tres bemoles. 

Por fortuna llevamos caballos de refresco, y la ri- 
sueña mañana nos alegra; acentuando el contento la 
idea de que dentro de poco y después de trasponer 
la cúspide gibosa de una razonable cantidad de ce- 
rros, vamos a llegar a Minas. 

Antes de partir observé que las aguas de la cañada 
tienen un lecho de piedra arenisca, cuyas capas han 
ido aglomerándose caprichosamente y dejando un re- 
borde que las hace semejar a gigantescas valvas. En 
la marcha veo con frecuencia enormes trozos de pie- 



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MANUEL P. BERNARDEZ 



dra, caprichosamente arrojados en parajes de tierra 
vegetal: en las planicies, en las colinas, en las lade- 
ras; informes monolitos de muchas toneladas de 
peso, que hunden lentamente su mole en la llanura, 
donde tal vez esperan una metamorfosis, solitarios 
como ermitaños de piedra. El paisaje es magnífico: 
por doquiera montes altos de formas caprichosas, re- 
cortando al cielo el color azul y nácar de su tocado 
matinal. Sobre ellos, gigantes, yergue el Pan de Azú- 
car su talla de titán. Llegué a un pequeño bohío a 
pedir agua, y me la dio una viejecita que estaba 
transplantando no sé qué legumbre en una huerta 
que cabía en la casita, la cual casita a su vez cabía 
en cualquiera parte (con perdón sea dicho). Algu- 
nos patos marruecos se refocilaban en una pequeña 
poza de agua sucia; un hermoso gato pardo se res- 
tregaba en las piernas de la viejecita, arqueando la 
espina y endureciendo la alzada cola; cinco o seis 
conejos cegatones, dando saltitos que hacían balan- 
cear sus orejas largas y enhiestas como cuernecitos 
de cabra, triscaban el trébol húmedo por el rocío, 
causando la desesperación de un perro novato, que, 
ladrando con fatiga, estiraba la cuerda que lo ataba 
a un poste, sin disimular la gana que tenía de ir a 
meterse con ellos. 

Seguí la marcha tras de la columna. Entre otras 
piedras de distinto género que formaban como un 
islote, en un mar cuyas olas remedaban las yerbas 
largas que mecía el viento, advertí una conglomera- 
ción de alguna importancia, entre cuyos nódulos pre- 
dominaba el rosa pálido del feldespato y el veteado 
lechoso del cuarzo blanco. 



[66] 



25 DIAS DE CAMPO 



Ayer se nos adelantó el Mayor Roure para coadu- 
cir a Minas al cadete Lyons, enfermo de un absceso 
exterior, aunque doloroso, de poca gravedad. Lo lle- 
vó en la jardinera, y al tiempo de someter al paciente 
a una asistencia médica regular, preparará lo nece- 
sario para alojarnos sin tardanza a nuestra llegada. 
Los cadetes, entusiasmados con la proximidad del 
pueblo, van, como suele decirse, saliéndose de la vai- 
na. Me he adelantado para examinar un gran pedrusco 
metamórfico, tallado a manera de pirámide cuadran- 
guiar, y los veo descender una pronunciada pendien- 
te con las armas a discreción, los ponchos a media 
espalda, cruzado el pecho por las tiras de lona que 
sujetan las proveedoras, y que de lejos parecen dos 
rayas blancas destacándose en el fondo oscuro de sus 
ajustadas casaquillas . . . Los caballos echan el cuer- 
po atrás para guardar el equilibrio» De donde estoy 
percibo un rumor confuso, rumor que no hallaría 
tono definido en el diapasón, porque los tiene todos; 
constante chocar del jarro con la cuchara, de la cu- 
chara con el plato y del plato con el recado, compo- 
nen extraño y desigual acompañamiento para la no 
más ordenada sinfonía de diálogos, apóstrofes, rela- 
tos, risas, cómicos lamentos y cien distintas voces, 
que sin cesar flotan y emanan de aquel animado 
grupo de estudiantes. Las filas de cuatro en fondo, 
que de ordinario forman para la marcha, se han al- 
terado algo con la precipitación del descenso, y hay 
entre la novel caballería cierta pintoresca confusión. 
Su vista me trae a la memoria las descripciones que 
hace Alarcón de la caballería marroquí, y la ilusión 
se aumenta a causa de unos blancos alquiceles de 
faldilla flotante, que llevan loá cadetes sobre el que- 
pis para preservarse lo más posible del sol. Bajan 



[67] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



al llano y las filas se recomponen, ocupando cada 
cual su sitio y dividiéndose las mitades ordenada- 
mente. A las nueve de la mañana subimos a la cum- 
bre de un cerro ceniciento y calvo como la cabeza 
de un buitre, y al trasponerlo nos encontramos de 
improviso con una aglomeración de casas. Estamos 
a una milla escasa de Minas. 



[6S] 



25 DIAS DE CAMPO 



XII 



MINAS 

Muy pintoresco me parece el pueblo. Está situado 
en una mediana elevación y en plano ligeramente in- 
clinado al norte, lo que le pone en buenas condicio- 
nes de limpieza, hallándose preservado, además, por 
su situación, de la demasiada hostilidad del viento, 
temible en estas alturas por los encajonamientos y 
contra - impulsos que recibe al desatar su furia entre 
los cerros. Tiene calles largas, que me parecen lim- 
pias (y pongo que me parecen, porque, aprovechan- 
do un pequeño alto, estoy tomando esta perspectiva 
de la cima del cerro rapado a que aludí en el último 
parágrafo del capítulo anterior). En el centro del 
pueblo hay un cuadro verde. Lo verde son árboles y 
el cuadro debe ser la plaza, que, según dicen, es 
muy bonita. No hay casas altas, limitándose en su 
mayoría a la primera planta. En las afueras, sobre la 
orilla norte, descuella la torre redonda de un molino 
de viento, cuyas aspas, estiradas e inmóviles, pare- 
cen brazos amagando al cielo. Más a las afueras, 
cerca del molino, corre un pequeño arroyo, en cuyas 
orillas se balancean frondosos sauces de troncos es- 
beltos y copas verdegay. El arroyuelo tiene pequeñas 
lagunas unidas por angostos hilos de agua, a mane- 



[69] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



ra de istmos, junto a las cuales las lavanderas van 
de aquí para allí tendiendo en el suelo la ropa ja- 
bonada; o entradas en el agua, en cuclillas, arre- 
mangadas las faldas, golpean las piezas contra una 
tabla, mientras sus chiquitines retozan en cueros, 
o cuando más en camisa, apostando quien tira una 
piedra al otro, lado, o quien la hace dar más saltos 
sobre el agua, y amenizan su diversión ora con risas 
bulliciosas, ora con memorables cachetinas. 



Por no quedarnos ya reales, sentamos nuestros vin- 
tenes en una gran barraca de tablas, improvisada para 
celebrar la romería con que una Sociedad Española 
de Socorros Mutuos celebra anualmente el aniversa- 
rio de su fundación. Las fiestas han durado tres días, 
y según dicen, estuvieron bien, solamente que resul- 
taron de ellas dos heridos de bala. No sé quién ob- 
servó juiciosamente que los tiros son explosiones pe- 
ligrosas del regocijo popular. Los de la tragedia fue- 
ron dos napolitanos que aprovecharon el ruidito de 
la fiesta para ventilar a balazos sus asuntos. Afortu- 
nadamente les echaron mano, lo que prueba que la 
justicia no puede dejar en paz a las personas ni si- 
quiera en los grandes días de regodeo. 



Estábamos sancionando con mate amargo la toma 
de posesión, sentados, unos sobre un cuero, otros so- 
bre un tronco, otros sobre la yerba, otros, en fin, 
sobre sí mismos, que es el medio más eficaz para 
estar sobre algo, cuando vimos llegar un guardia 



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25 DIAS DE CAMPO 



civil de la Jefatura Política con una carta en la ma- 
no. El sobre amarillo me hizo pensar que podía ser 
un despacho telegráfico, y entre bromeando y con- 
vencido, le dije al Comandante: "Ahí viene un tele- 
grama que lo va a hacer bajar a Montevideo". 
¡Ni aunque lo hubiera sabido! El telegrama era del 
Ministro de Guerra y Marina, ordenando al Coman- 
dante que inmediatamente se pusiese en camino para 
la Capital, encargando de la expedición al Mayor 
Roure, su segundo. 

Al otro día pasaba la diligencia a Pando, y tem- 
prano, muy temprano, se embarcó en ella el Coman- 
dante director, fugando casi, para evitar a los cadetes 
la ocasión de manifestarle sus afectuosas y tocantes 
simpatías. Estaba lloviendo; Nosiglia y yo lo despe- 
dimos. Iba afectado, pues tanto como nosotros, sabía 
que no había de volver a dirigir sus cariñosos e in- 
teligentes alumnos. Teníamos por seguro, como lo 
fue efectivamente, que lo llamaban para darle el 
mando de un batallón, empleo que él había mani- 
festado deseo de obtener, para llevar a terreno prác- 
tico las ideas reformadoras que durante largo tiem- 
po patrocinara en la prensa, fundando sucesivamente 
dos publicaciones militares, en la última de las cua- 
les cupome el honor de secundarlo. Antes de partir 
me dejó una media hoja de papel escrito con lápiz, 
para entregar al Mayor. Era una despedida lacónica, 
pero llena de sentimiento y cariño, para sus queridos 
estudiantes. Después del primer momento, empeza- 
ron entre éstos los comentarios. ¿Quién sería su nue- 
vo Director? . , Este problema los tenía inquietos, y 
tristes la dificultad que creían ver de encontrar uno 
como el que perdían. La noticia de que el Mayor 



[7X] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



Roure asumía el mando de la expedición, dejó sin 
resolver el problema, pero por lo pronto tranquilizó 
los ¡ánimos cavilosos. 

Aquí perdemos un compañero y ganamos otro. 
El que perdemos es el Teniente Coronel Quintana, 
alegre y espiritual paisano que nos acompaña desde 
que salimos de Pando. Es un delicioso compañero, 
junto al cual no cabe el aburrimiento; lleno de re- 
cursos, de agudezas y de amigos que nos han obse- 
quiado al obsequiarle. Tiene cada calda impagable. 
Nadie como él relata con chistosa exageración un 
sucedido; nadie acierta a dar tanto sabor cómico a 
un percance cualquiera de los tantos que nos ocu- 
rren a cada paso. Tiene la instrucción variada que 
da la experiencia a un entendimiento claro, y apro- 
vecha su discreción y donaire haciendo cortas las 
horas. Cuando con su ojo avizor y perspicaz de cam- 
pero viejo atisba algo de qué poder sacar partido, 
larga el ático bolazo de su sátira campestre y se que- 
da muy serio. Oportuno siempre, jamás le oí una 
frase harto madura o un chiste fuera de sazón. Lla- 
maba a Nosiglia La Tribuna Popular y a mí El Ejér- 
cito Uruguayo, y más de una vez se valía de los 
tales motes periodísticos para palpitar a algún próji- 
mo, diciéndole muy formal: "Pero amigazo, ¿a que 
usté no ha visto nunca puebleros tan lindos con unos 
nombres tan largos y tan fieros? . Fue subdelegado 
de Mosquitos y lo sacaron no sé porqué. A buen 
seguro que no fue por voluntad del vecindario, en- 
tre el que goza de generales simpatías. No puedo 
decir lo mismo, salvo muy rara excepción, respecto 
a los demás funcionarios públicos que hemos encon- 



[72] 



25 DIAS DE CAMPO 



trado al paso. Parece que hubiese especial cuidado 
en buscar el elemento peor para mortificar a estos 
pobres paisanos, que no necesitan para mandarlos 
hombres sabios, y sí hombres buenos. Debe enten- 
derse que no digo esto porque nos hayan tratado mal, 
sino haciéndome eco, quizás perdido, de las quejas 
que con tristeza he oído formular por casi todos los 
vecinos de casi todos los distritos. 

El compañero que ganamos es el profesor de Geo- 
grafía e Historia don Albino Benedetti, que ha ve- 
nido a alcanzarnos aquí por no haber podido salir 
con nosotros el 20. A última hora, y merced a nues- 
tras instancias, el Comandante Quintana se ha deci- 
dido a acompañarnos una jornada más. 

Hemos pasado el día de ayer bastante divertidos. 
Como que hemos estado de haraganes. . . Los cade- 
tes visitaron el pueblo vestidos con sus sencillos y 
elegantes uniformes de gala. Se murmura que nos 
van a dar un baile; pero, si es, será esta noche, por- 
que mañana nos vamos. Vinieron a visitar el campa- 
mento varias personas; pero lo que es faldas, no. 
Creí que aquí, como en Pan de Adúcar, podría con- 
templar desde nuestros dominios, a las beldades de 
la localidad. Chasco como él. , . 

Me invitaron esta tarde para pasear a caballo por 
el pueblo, y acepté con gusto, montando un soberbio 
oscuro, de ojo vivo y ardiente, abierta nariz y apre- 
tados belfos, remos delgados, ancas ligeramente de- 
primidas, cabeza pequeña, casco acopado y hondo, 



£73] 



MANUEL P« BERNARDEZ 



sedosa y larga cria, corvejones nerviosos, sillar corto 
y superior alzada . . Un caballo que hace honor a 
cualquier jinete» 

Dimos vuelta a todo el pueblo. Me explico ahora 
por qué no vi el campanario al divisar a Minas. La 
iglesia está al lado de la Jefatura, contrastando tris- 
temente con ella en tamaño, arquitectura y todo. No 
creí encontrar semejante iglesia en Minas, sobre todo 
junto a un edificio bueno y frente a una linda plaza. 
Todavía si la hubiesen puesto por donde no le diese 
el sol. . . pero, no señor; la han colocado modesta- 
mente en las narices del curioso viajero, como di- 
ciéndole: ¡eh! ¡despacito que ahí está eso! . . 

Estoy viendo el día en que algún sonriste, impre- 
sionado con el aspecto de esa casa grande junto a 
esa casuca fea, escribirá en su lengua, sobre poco más 
o menos: 

"En un pueblo bastante pequeño que hay en las 
Minas de la Banda Oriental, se hacen casas bajas con 
puertas grandes que se abren para adentro y venta- 
nas más chicas que las puertas, cuyas casas grandes 
tienen a su lado el granero, cuyo granero tiene un 
aparato muy ingenioso para espantar ratones. Este 
aparato según pudimos informarnos por vista de ojo, 
consiste en dos grandes campanillas, cuyo cencerreo 
destemplado lleva el sobresalto al ánimo suspicaz de 
los temibles roedores*', 

Y se quedará muy fresco, después de haber agre- 
gado tan importante dato a los muchos y muy exac- 
tos que de estos países y sus costumbres tienen los 
centros científicos europeos. 



[74] 



i 



25 DÍAS DE CAMPO 



Después pareció que los muertos se 
quedaban solos. 

Eduardo Achvbdo Díaz 

Cuando hubimos recorrido el pueblo y visto de 
cerca los sauces que ayer mencioné desde lejos, sa- * 
limos por la parte sur, y tras un breve galope llega- 
mos al cementerio. Tuve curiosidad de verlo, no se 
por qué. Lo único que pudiera moverme a una in- 
vestigación — algunos restos de los antiguos minuanos 
— no se encuentra aquí . . . quizás esos restos se han 
perdido totalmente, aunque me han asegurado que 
se encuentran en el paraje denominado Sepultura. 
Condescendiendo a mi deseo, uno de mis acompa- 
ñantes fue en busca del sepulturero, volviendo en 
breve con un hombre mal vestido, feo, de manos 
sucias y ojos amarillentos, que miraban desde allá 
del fondo de las órbitas redondas. . , digo mal: no 
miraban, acechaban: luego no eran dos ojos, sino 
dos espías. Tenía el hombre, o me pareció que tenía 
en el rostro cierto color terroso. Tal ve2 la muerte, 
en fuerza de tratarse con él, se iba posesionando fa- 
miliarmente de su fisonomía. Abrió la puerta, dicien- 
do con risa "que iba a presentarnos su clientela". Si 
hubiera de ser enterrado por este hombre, estoy se- 
guro que había de pasar un mal rato. 

Entramos a la aldea de los muertos, — pues no 
creo que figure como ciudad en la geografía de ultra- 
tumba — . Nada hay de notable allí. Cada sepultura 
representa, como en todos los cementerios, una so- 
lución al problema de la vida: personas que se han 
muerto y las enterraron. Después nada más . . , To- 
dos lo mismo. Los lincamientos de la sombra tienen 
una monotonía abrumadora. 



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MANUEL P. BERNARDEZ 



No obstante, sobre la igualdad de la muerte queda 
la variedad pintoresca de las inscripciones y el ma- 
yor o menor lujo y primor de los túmulos y lápidas. 
Aquí no se pronuncian mucho las muestras de pia- 
dosa esplendidez postuma. Alguno que otro sepulcro 
con estatuas o grupos alegóricos, por lo general de 
yeso. Tal cual de mármol. Inscripciones más o me- 
nos pretenciosas, más o menos tiernas, pero todas fa- 
vorables a los muertos . . . Creo que la historia 
debería ir a escribirse al cementerio. Allí se vería 
claramente que tienen derecho a un sitio en sus 
páginas todos los muertos que llevan letrero, espe- 
cialmente los que viven en casa propia. . . ¡Siempre 
y siempre la misma condición! ¡Oh, si los muertos 
pudiesen corregir las obras de los vivos, cuántas ins- 
cripciones se borrarían de las lápidas! . . Oye, tú que 
pierdes un ser querido: hombre, medita sobre tu 
tumba; mujer, llora sobre ella, para eso eres débil; 
y si sabéis orar, orad los dos . . . Si no queréis al ex» 
tinto por inclinación, si lo queréis por fórmula, en- 
terradlo y guardad un silencio decoroso. ¿Cuándo 
volveré a levantarme? Esta pregunta al arcano fue 
mandada a grabar en una tumba alemana por el que 
duerme en ella . . . ¿Sabéis preguntar lo mismo? . . 
Aquello fue lo último que dijo el alma al abandonar 
sigilosamente su terrenal encierro. Haced otro tanto, 
enhorabuena: lo haréis con vosotros; pero nadie os 
autoriza para cargar una tumba ajena con letreros 
que el indiferente lee en alta voz y haciendo comen- 
tarios sobre el muerto . . . ¡que tal vez lo está oyen- 
do! . , Por si hay quien venga a llorar o a sentir en- 
tre sus huesos, basta un nombre que nada revela al 
profano y a ningún comentario se presta. No sé por 
qué, cuando veo una lápida con la descripción en 



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25 DIAS DE CAMPO 



detalle de las cualidades del finado y el afecto de sus 
deudos, pienso involuntariamente que éstos han te- 
mido olvidar, andando el tiempo, lo que era el muer- 
to y los quilates de cariño que le profesaban, y han 
salvado el contratiempo haciendo escribir en piedra 
el pormenor de las unas y la intensidad del otro. . . 
¡Oh, Dios mío! ¡Yo quisiera que cuando rasgues mi 
envoltura miserable, la arrojes a un rincón tan apar- 
tado y oscuro, que ni siquiera sepan dónde está, para 
ir a roerla las larvas! 



Vi también el osario, el carnero, que dicen vul- 
garmente. Es un tabuco pequeño y sucio que hay a 
un lado, cerca de la entrada. Será para no tener que 
andar mucho con los destinados a alojarse allí. Los 
pobres son, por lo regular, gentes pesadas, y deben 
ser lo menos cargosos posible ... A pesar de que a 
este osario creo que sólo deben ir los cadáveres inhu- 
mados, después de la momificación. Hay un montón 
de huesos desencuadernados, tibias, fémures, costillas, 
falanges, hacinados desordenadamente en un rincón. 
En otro están los cráneos, riendo con la risa siniestra 
que graba la muerte en las calaveras; mueca espan- 
tosa que traduce el drama sombrío de la eternidad 
en una carcajada interminable ... En el fondo hay 
pingajos llenos de costras y jirones: aquel rincón re- 
cibe las miserias de la miseria, las herencias de los 
desheredados. A un lado hay otro hacinamiento: son 
los esqueletos que han quedado enteros, sujetos por 
la piel como por un sudario. Allí están, unos sobre 
otros, rígidos, amarillos, repugnantes. Las caras de 
estos esqueletos no ríen: tienen en su enflaquecimien- 
to una inexplicable expresión de angustia y miedo. 
En esto se diferencian la calavera y el rostro de la 



[77] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



momia. Aquélla ha sacudido la carne repugnante y 
parece celebrar su libertad riendo con extraña risa; 
ésta, encarcelada en la piel pergaminosa y sujeta por 
las endurecidas y tensas cuerdas del tejido muscular, 
conserva la apariencia humana y sufre una segunda 
esclavitud. . . ¡Cómoda es la incineración! Se reduce 
el cuerpo a su volumen mínimo; se le salva de la 
putrefacción y la asquerosa tarea de los gusanos, y 
al mismo tiempo, con su leve residuo de cenizas, se 
hace de la vida y sus grandezas una magnífica pa- 
rodia. 



[78] 



25 DÍAS t>E CAMfO 



XIII 



TEMPUS FUGIT 

31 de diciembre. 

Te vas, 86.». Vehemente asaz es mi deseo de que 
no vuelvas: te lo aseguro. Tanto es, que aun cuando 
pudiera tu omisión en el cómputo del tiempo restar 
los días que te forman de los que yo viviré, si de mi 
dependiese tu salvación, te juro que te perdías. 

¿Me has hecho mal? No lo sé. Creo que no. ♦ ♦ 
Me has hecho vivir tu vida: he ahí todo. En ti he 
vivido mucho; he sufrido mucho también. No suelo 
quejarme, porque eso es de pusilánimes. Compadez- 
co, pero no imito a los poetas tétricos que se empa- 
pan en lágrimas para cantar mejor. Digo que no 
suelo quejarme, pero te acrimino» Tú, grano de are- 
na en el desierto de los siglos; tu, golpe ciego des- 
cargado con el knut del tiempo en las espaldas de 
la humanidad; tu, tramo débil de la escala que la 
vida sube a tientas y la muette baja a saltos. . . ¡tu 
has sacudido al mundo! Dirás: "¿y qué es el mun- 
do?" Tienes razón, miserable: el mundo es aún más 
miserable, más ruin y más insignificante que tú . . • 
Cuando salte el gran resorte desgastado o roto, tú 
quedarás marcando un paso en las edades muertas, y 



179] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



este átomo que se encabrita galopando en el espacio, 
esclavo de mis pies, volará esparcido al viento en 
impalpables moléculas. Tú eres eterno y él es limi- 
tado; si se disloca algún día, sólo quedará tal vez 
en la tradición de los extraños seres, habitadores pro- 
bables de esos mundos que trazan, alumbrando el 
caos, sus misteriosas parábolas. . . Año: ve a ocupar 
el sitio cronológico que te señala la cristiana era; 
pero apunta que has traído pestes, bajezas, guerras 
y miserias como los que llegaron antes que tu dos 
siglos, a pesar de que ardió el vapor en tus entrañas 
y de que el hilo eléctrico, caballo de la luz, llevó a 
los ámbitos del mundo los pensamientos que en los 
días de tu vida germinaron en la mente de la hu- 
manidad! 



No hay que asustarse, porque voy a continuar en 
prosa. Yo soy así: a veces se me va la muía, como 
suelen decir por estos campos; pero, tengo esto de 
bueno: me reporto al poco rato y vuelvo por mis 
clavijas. Apenas ensayo el vuelo, cuando, fastidiado 
por no poderlo alzar como deseara, digo, imitando 
lo que dijo Panza al abandonar el gobierno de la 
ínsula Barataría: malhayan las alas de la hormiga 
que me levantaron en el aire para que me comiesen 
los vencejos y otros pájaros. . ♦ Hoy salimos de Minas, 
y, tras una amena marcha matinal de dos leguas cor- 
tas, campamos en la falda del Monte Arequíta, don- 
de nos proponemos pasar dos días, a fin de poder 
visitarlo y dar razón de las curiosidades que cuentan 
de este coloso de piedra. 



[80] 



25 DIAS DE CAMPO 



Debo mencionar, porque harto lo merece, la ga- 
lante conducta de los habitantes de Minas, quienes 
nos hicieron objeto de afectuosas atenciones y fra- 
ternal agasajo. Anoche nos obsequió el comercio con 
una tertulia en casa del señor Agente de Negocios 
de la República Francesa. Nos divertimos prodigio- 
samente, pasando las gratas horas que son de cajón 
habiendo obsequiosa amabilidad y hermosas niñas. 
Esto último sobre todo: son uruguayas y basta decir- 
lo para hacer su elogio en elocuente cifra. No me 
meto a describir el baile, porque no me da el naipe 
para esas cosas que exigen disposición y carácter es- 
pecial para sorprender y trasladar al papel su en- 
canto psicológico y la volubilidad variadísima de sus 
detalles. Siempre he sido, y sigo siendo, a Dios gra- 
cias, un cronista bastante malo, y como peor es me- 
neallo, me escamo y no lo meneo. Digo lo que he 
dicho, si es que dije algo, y me marcho mental y 
efectivamente de Minas, para 2ambullirme en la des- 
cripción de Arequita y echar un ojo a sus achaques 
científicos. 

Año nuevo, vida nueva. 

(REFRAN) 

. ♦ . Y ya que entramos en otro ano sin haber su- 
bido al monte, quiero, antes de mirarte desde la al* 
tura de éste, saludarte y echarte una arenguita desde 
la puerta de aquél Conque. . , ¡buenos días, lector 
amigo; felices y buenos díasí . . . 

No extrañes que te salude tan efusivamente; pues 
ya sabes, si no lo ignoras, que hoy es día de Año 
Nuevo, y que, por lo tanto, cambiamos de fecha, y 



[81] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



que a los hombres nos agrada cambiar. . . aunque se 
pierda en el cambio. Alégrate, pues, lector; porque, 
si no me engaño, te traigo la buena nueva. Hoy de 
mañanita escuché con atención cómo cantaban los 
pájaros. Estaban muy alegres. Alégrate tú también 
y canta algo, si es que no cantas muy mal; porque 
en tal caso vale más que te calles . . . No creas que 
son las peores las alegrías silenciosas. Yo estaba triste 
ayer, como podrás haberte enterado por la primera 
parte de este capítulo. Pues bien: hoy estoy casi con- 
tento, — casi, con perdón de Fernanflor — . Pero 
no tengas miedo: la alegría no me ataca por mal 
sitio, no, señor; tengo una alegría melancólica para 
lo que gustes mandar; una alegría que me hace ha- 
blar, pero bajito, lo que me place tanto como me 
desagradan las alegrías escandalosas. Item, estoy res- 
friado, salvos sean tus respetos, y no podría alzar la 
vo* sin poner en evidencia la desafinación de mi la- 
ringe; por lo que, cual varón que apechuga con las 
circunstancias, sin permitir que éstas apechuguen con 
él, tomo el partido de escribir y te elijo por lector. 
Creo que no habré echado mi intención y deseo a 
mala parte, y que no serás tú quien, sin leerme, me 
abandone a los tres tirones. Yo tengo gana de que 
leas éstas mis razones y los otros mis relatos, con 
algunos más que a su sazón irán llegando para tu 
gusto y mi provecho, porque para eso escribo y sólo 
por semejante miramiento aguanto un editor con in- 
trepidez que, o ando yo descaminado, o me acredita 
por bueno. No soy de los que publican y dicen a vo- 
ces que sólo buscan con sus libros el propio conten- 
tamiento y que los escriben para sí. Yo soy franco, 
es decir, majadero. Yo escribo mis libros con trabajo 
y desvelos — porque las razones, para ser buenas y 



[82] 



25 DIAS DE CAMPO 



estar a punto, han de ser elegidas con ingenio y or- 
denadas con arte y pulidez, — para que tu lo com- 
pres y luego lo leas; aunque puedes guardarlos sin 
abrirlos, por cuanto se antepone a mi deseo tu vo- 
luntad, desde que compras el tomo, o, según Prou- 
dhom, desde que lo robas al convertirlo en tu propie- 
dad. Dígote que, ya sea robo o legal adquisición, me 
trae a mí buena cuenta que lo lleves con tal de que 
lo pagues. Lo demás, créeme, son sutilezas de la mo- 
derna filosofía, con que no almorzaremos una higa 
ni tu ni yo. Ya ves que no te muelo demasiado. Ati- 
nadamente dije que la alegría me daba por aquí, y 
aunque cometa pleonasmo, afirmóte por mi vida, que 
esta alegría me alegra. Desazón y pena tuviese si me 
tentara a dar vueltas de carnero y hacer otras cosas 
por igual estilo indecorosas e impropias, como tienta 
a muchos, según tengo leído escrito de muy buena 
tinta. A oscuras estoy sobre si mi libro te ha dado 
gusto o fastidio; pero, doyme a pensar que, habiendo 
llegado a tan avanzado sitio como es éste en que te 
hallas, no me darás la gran lanzada sin leer la pala- 
bra última de la postrera hoja. Esfuerzos hice, y 
grandes, por no aburrirte en demasía. Te he llevado 
en mi compañía hasta el cementerio o domicilio de 
gentes que han sido: ya ves tú.. . A lo menos doy 
por seguro que no te cansará tanto leerme como a 
mí escribirme» Has de conocer, como si las vieras, 
varias y amenas cosas, por el módico y razonable cos- 
te que se señale al tomo; digo, suponiendo que el 
tuyo no sea de los regalados, que bien puede suce- 
der, en cuyo caso sabrás gratis et amore, como quien 
dice, sin fatiga y sin soltar la mosca, lo que a mí me 
cuesta tanto referirte en detallado romance. . . ¡Todo 
sea por el amor de Dios! Puede que algún día me 



[83] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



lo pagues, como llegue a averiguar a punto fijo 
quien eres. Entretanto y como quiera que te estoy 
agradecido porque me escuchas sin protesta ni pes- 
tañeo, y aún no te he sentido bostezar desde que te 
estoy hablando, y aún te queda paciencia cuando a 
mí se me ha acabado la saliva, y porque supongo que 
eres de los que pagas el tomo y hasta son capaces de 
comprarse dos, te doy las gracias por todo y te re- 
clamo mi aguinaldo, despidiéndome hasta la vuel- 
ta. . . de la hoja, donde, si a mí me peta y a ti te 
place, continuaremos la plática. 



184] 



25 DÍAS DE CAMPO 



XIV 



AREQUJTA 

Por mí fe digo, Arequita, que te tengo miedo. AI 
intentar tu descripción sin serio precedente científico; 
al contemplar tus espaldas gibosas, tus ancas depri- 
midas y tus narices decapitadas y escuetas; al pensar 
que tengo que presentarte a cierto número de perso- 
nas respetables que te mirarán doctamente por en- 
cima de las gafas, y que, acaso debido a mi torpeza 
y poca maña en aliñarte, te hallarán distinto de lo 
que ellos se figuran; al meditar sobre éstas y otras 
cosas en que no quisiera pensar, se me pone el cuer- 
po como carne de gallina y tengo miedo: no lo pue- 
do remediar. 

El cerro de Arequita estr ituado dos leguas al norte 
del pueblo de Minas, en los arroyos Santa Lucía 
y Campanero. De laderr jrtadas a pique en la ma- 
yor parte de su contor iene dos a manera de gar- 
gantas que lo hacen ¿ble, en las que una capa 
de tierra vegetal, b ^nte considerable, acarreada y 
esparcida por el arfastre de las aguas, alimenta una 
poca vegetación, estrujada a menudo por el despren- 
dimiento de fragmentos de roca, y de continuo azo* 



[85] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



tada por los vientos. Cbirca, Cactus, Anacahmta, Tula 
y algunas gramíneas: tal es en su mayor parte el 
producto de la superficie vegetal, añadiendo tal cual 
planta de Marcela, que crece confundida con los ar- 
bustos mayores y variedad de mimosas o sensitivas. 

En esta capa de tierra hay muchos peñascos des- 
prendidos en grandes trozos desde la cima, y hechos 
pedazos al estrellarse contra obstáculos resistentes. 
Estos desprendimientos se explican fácilmente sa- 
biendo que la roca, feldespátíca en su masa, tiene, 
entre otros componentes secundarios, grandes y dila- 
tadas vetas de carbonato de cal, formando como sol- 
daduras entre porciones irregulares de la peña. Luego, 
los agentes atmosféricos, ejerciendo su influjo emo- 
liente sobre la cal, la deslíen, produciendo derrum- 
bes que han alterado y siguen alterando la forma 
primitiva del cerro. Tal debe ser el origen de ciertas 
cavidades regulares que hay en él, y de otras sepa- 
raciones y hendiduras que, en mi concepto, no ex- 
plica satisfactoriamente ninguna otra conjetura. 

El feldespato, que, como he dicho, forma la masa 
general del monte, es rojizo, con muchos granos de 
cuarzo y grandes nódulos calizos. En algunos sitios, 
sobre todo en las alturas, estos nódulos se han des- 
leído dejando huecos más o menos redondeados que 
pueden servir de guarida a hombres, aunque son al- 
bergue habitual de cuervos. 

El día de nuestra llegada al actual campamento, 
escalamos el monte, Benedetti y yo, con ánimo de 
anticiparnos a la columna, la cual debía hacer una 
excursión a la mañana siguiente. Dejando los caba- 



[86] 



25 DIAS DE CAMPO 



líos en las primeras estribaciones, subimos por una 
de las gargantas o abras, teniendo que descansar a 
menudo y enjugar el sudor que nos bañaba. A cada 
paso encontrábamos enormes monolitos que nos ce- 
rraban el paso, y habíamos de buscar otra senda o 
escalar la piedra con inaudito trabajo. La escabrosi- 
dad de la subida es tanta, que apenas se compensa, 
una vez en la cima, con el goce de la perspectiva. 

Llegamos rendidos. Benedetti, con su incansable 
manía científica de huronear por todas partes y verlo 
y tocarlo todo, siguió andando y explorando sin de- 
jarse vencer por el cansancio, Yo me senté en una 
piedra, a la sombra de otra, y dejé que se quemase 
solo. Sin moverme del sitio hice algunos disparos de 
escopeta a las aves de rapiña que volaban sobre 
nuestras cabezas, trazando grandes círculos y graz- 
nando inquietas. Si, como es probable, se creyeron 
seguras en sus agrestes dominios, es justificado su 
sobresalto al vernos trepar allí y saludarlas a tiros. 
Algunas águilas mezclaban sus silbidos al graznido 
desapacible y áspero de las aves negras, y cortaban 
velozmente el espacio sin mover las alas. Una que 
pasó a tiro recibió de lleno la carga de mi escopeta, 
y herida de muerte, fue volteando a caer sobre los 
arbustos espinosos que faldean las estribaciones del 
monte. 

Atardecía. El sol, enorme y rojo proyectil de fue- 
go, descendía velozmente, como si hubiese perdido 
la fuerza que lo lanzara al punto culminante de su 
trayectoria sideral. La altura barométrica iba descen- 
diendo con el sol. Me levanté de mi asiento de pie- 
dra y me encaminé hacia donde caía el astro, deseoso 
de presenciar su hundimiento desde el extremo del 
cerro, cuya altura, desvanecida en sus costados por 



[87] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



pendientes que parecen, asaltarla atrepellándose, se 
revela aquí, majestuosa y completa. La roca, cortada 
a tajos, sin pulidez, abrupta, presenta al nadir su 
frente, erizada de riscos y picachos. Sobre uno de és- 
tos afirmé los pies, a costa de arriesgado salto. Miré 
y lo vi todo espléndido allá abajo. El paisaje, sacu- 
diendo con vago esfuerzo el letargo pesado del bo- 
chorno, empezaba a agitarse soñoliento. La cinta de 
árboles que ceñía los pies de la montaña, trocaba su 
verde oscuro en negro indeciso, con transición gra- 
dual. El ganado se levantaba y, balando, se alejaba 
en pequeños grupos sueltos, buscando el reparo del 
boscaje que ornaba a trechos el arroyo, el cual re- 
cortaba a la derecha el panorama. Sobre el arroyo 
flotaba franja encendida de bruma levísima, y la bru- 
ma se acostaba sobre el agua, y el agua se adormía 
entre las piedras, y las piedras quebraban las últimas 
luces con sus puntas caprichosas, quebradas tam- 
bién . . . Allá a lo lejos, en la orilla del bosque, es- 
taba ya tendido el campamento: las tiendas, alineadas, 
destacaban sus blancas siluetas en la indecisa luz 
crepuscular; aún se distinguían las formas humanas 
cruzándose desordenadamente por aquí y por allá. . . 
Un momento más y se escuchó un redoble. Me sor- 
prendí; miré! al cielo, tranquilo y lejano; miré a la 
tierra, silenciosa y distante « . . Sobrecogido, temblé 
ante la visión grandiosa de la Naturaleza en calma. 
Recuerdo que tuve frío. Los picos que erizaban la 
pendiente y sé adelantaban en el vacío como acechan- 
do a la sombra, se me antojaban nevados. Después 
me cercioré de que la capa blanca que tenían era 
excremento de aves . . . Me asustó la idea de asistir 
sólo a la muerte de la luz y busqué con los ojos a mi 
acompañante! Allí estaba, cerca de mí, en un picacho 

[88] 



i 



25 DIAS DE CAMPO 



vecino, recto el elevado cuerpo, avadado el pie cual 
si la presencia del vacío le interrumpiera una em- 
pezada marcha, erguida la calva frente y los ojos 
perdidos en el horizonte inmenso donde se acostaba 
el sol . . . Las notas metálicas del clarín, repetidas 
por cien ecos, trajeron la oración hasta la altura. 
Cuando expiró el último acento de la melodía religio- 
sa, el sol se escondió del todo, dejando reflejos de 
incendio en una legión de nubes que se adornaron 
con sus postreras luces. Bajamos el monte en silen- 
cio, como temiendo que aquellas piedras inertes des- 
pertasen de su sueño y se lanzasen a interceptarnos 
el paso . . . Nuestros caballos temblaban respirando 
ruidosamente y tendiendo las orejas con manifiesta 
inquietud. Montamos, descendimos a la llanura y, 
como sobrecogidos de miedo extraño, nos dimos a 
galopar presurosos, camino del campamento. 

Murió el crepúsculo, y la sombra, después de ten- 
der sus velos en las espaldas del monte, avanzó si- 
gilosamente y se echó sobre nosotros. 



Después que acabara de escribir los detalles de la 
excursión de hoy, recuerdo que me he dejado uno. 
Voy en busca de una vela y vuelvo en seguida a re- 
parar el olvido. 



Una extensa veta caliza de varios metros de espe- 
sor, que unía al monte un gran pedazo de piedra, lo 
ha independizado al disolverse, y hoy levanta, solo 
y salvaje, su escabrosa talla. Inaccesible al pie, sólo 



[89] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



sube el ala a su cabeza calva. Visto a distancia, se- 
meja la silueta tosca de vetusto campanario. Sus 
flancos escuetos están magníficamente adornados por 
flotantes colgaduras de esas bromelias que llaman co- 
múnmente clavel del aire. Por lo visto, el viejo es- 
clavo del monte, manumitido ahora, entretiene su 
ocio eterno adornándose de flores. 



190] 



25 DIAS DE CAMPO 



XV 

LA GRUTA "COLON" 

Detrás del peñón solitario, cincuenta pasos al este, 
se abre en el cerro una hendidura transversal, pro- 
funda. Es el vestíbulo de la gruta, labrado tal vez 
de un tajo por algún arquitecto titán. Allí llegamos 
todos en tropel, con jalones por cayados y faroles 
para iluminar las entrañas de la roca: no seríamos 
los primeros en llevar la luz a las tenebrosidades del 
antro. Subimos un plano, inclinado hasta formar un 
ángulo de 45 g con la horizontal. Andados cien pasos 
tocamos una roca a pico: era la pared del fondo. Cor- 
tada longitudinalmente ha quedado ella, la mitad 
mayor, entera, mientras el otro pedazo se ha partido 
en dos. Siguiendo la pared en ambos sentidos, se 
hallan salidas. A la derecha una hendidura elevada, 
a la izquierda una bajada oscura. Por una pasaban 
volando las águilas; por la otra debían arrastrarse 
los reptiles. La bajada lleva a la gruta. Bajamos. 

El camino, labrado toscamente en escalones des- 
iguales, es oscuro y peligroso. La escalera, digo mal, 
la rampa dentada, vuelve sobre sí misma dos veces 
y desaparece de improviso como engullida por oscura 
boca. Aquella boca es la entrada de la gruta. Una 
abertura elíptica, por donde apenas entra un hombre 
doblado en dos. Sale aire por allí. ¡Quién sabe si es 
aquel agujero el canal respiratorio del monte! Acaso 



[91] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



estén los pulmones más allá. . . Se entra emociona- 
do; no es sincero quien diga que entró tranquilo. El 
que viene detrás ve al que lo precede, desaparecer 
de pronto en la sombra negra y titubea. Entra, por- 
que el peligro vago lo fascina y anda por aquella 
garganta tres pies caminando en cuatro ... Se pien- 
sa en Joñas al perderse entre las fauces de la ballena 
de piedra y se espera con temor el momento de llegar 
al vientre. . . El vientre, esto es, la gruta, aparece 
por fin, tenebrosa y recóndita» Diez luces nos prece- 
den, y aunque algo pálidas, consiguen, tras breve lu- 
cha, lanzar en derrota las tinieblas. Un millón de 
murciélagos, únicos y naturales habitadores de aquel 
antro, nos reciben armando infernal algarabía. En 
la semi-oscuridad que deja en el fondo de la gruta 
la aglomeración de sombra, columbramos una pro- 
minencia informe, y como inspirados por igual idea, 
nos dirigimos a ella. Trepamos y nos hundimos. El 
montículo es guano de los murciélagos, resbaladizo 
y hediondo. No importa: una voz varonil resuena en 
la honda entraña y la siguen todos, entonando en 
majestuoso acorde las valientes estrofas del Himno 
Nacional. ¡Aquello fue magnífico! ¡Hollando fango, 
descubierta la cabeza, bajo cincuenta metros de gra- 
nito, se alzaba virilmente el viejo canto, haciendo 
estremecer las piedras y palpitar los corazones! . . . 
Hoffmann hubiera hallado en esa visión un sublime 
asunto para sus fantásticas leyendas. Por un momento 
soñé encontrarme en una de aquellas ventas miste- 
riosas que, desde el vientre del abismo, lanzaban gri- 
tos de justicia y reparación que hacían estremecer los 
fc tronos y temblar a los tiranos. 

Pasó la ilusión y terminó el canto. Examiné la 
gruta. Es una gran cavidad de base elíptica, cuyos 



[92] 



25 DIAS DE CAMPO 



ejes miden cuarenta y veinte metros respectivamente, 
y cuyo techo abovedado, arranca del suelo y asciende 
gradualmente hasta alcanzar una altura máxima de 
seis metros. El pavimento, accidentado, va elevándose 
hacia el fondo. El techo, revestido de una continua 
capa de cal, tiene en algunos puntos curiosas aglo- 
meraciones estalactíticas, de cuyos vértices gotea el 
agua, filtrada de los depósitos que forma la lluvia 
en las pozas de la cima. Una de estas filtraciones 
cae, acompasada y monótona, en una tina puesta de 
intento para recogerla, y hace oír su invariable tic, 
tic, segundo por segundo. Esta agua tiene, según 
cuentan, propiedades medicinales; pero ha de ser 
fuerte el estómago que consienta en recibirla, viendo 
los asquerosos ratones alados que abrevarán y harán 
sin duda otras porquerías en ella. 

Abandonamos la gruta respirando con fuerza a la 
salida. Ya he notado otra vez la extraña oposición 
que gravita sobre el ánimo cuando se encuentra 
opreso en estos misteriosos subterráneos, cuna de las 
tinieblas, sepulcro de la luz. La vista gira en torno 
con recelo, cual temiendo vagamente ser víctima de 
un acecho. . ♦ Los pasos pugnan por dirigirse a la 
salida y las voces bajan de tono insensiblemente . . . 
Tomé nota de una inscripción que hay, calcada en 
tierra portland, fuera de alcance, en la pared del fon- 
do. Tuve la curiosidad de copiarla con la prosodia es- 
pecial que hace de ella una curiosidad más del cerro. 

DUEÑO D J. MONTERO 
GRUTA COLÓN 
DESCUBIERTA EN SEP. POR D P 
CARBALLIDO ' MEJORADA POR LO* 
S "AMIGOS DEL PROGRESO" É INA- 
UGURADA EN NOV. DE 1870 

£ 93 J 



MANUEL P. BERNARDEZ 



Así reza la inscripción. Sin duda que esos amigos 
del progreso no lo eran tanto de la gramática. . . De 
donde infiero que no se puede ser amigo de todo 
el mundo. 

Antes de abandonar el cerro abracé de una ojeada 
sus contornos boscosos, sus frentes hechos pedazos, 
sus acantilados inaccesibles . . . Allá arriba, enfilados 
en las crestas de piedra, habíanse posado infinidad 
de águilas y cuervos. Tal vez Ies causaba pasmo ver- 
nos salir de la roca como vomitados trabajosamente 
por la hendidura. El monte está, en las alturas, sobre 
todo en su frente oeste, tapizado de liqúenes, cuyo 
desarrollo los presenta como eflorescencias de la pie- 
dra. Son un dato para considerar respetable la vejez 
de este coloso, esas amargas talofitas, sabe Dios cuán- 
tas veces centenarias. De una grieta cuelgan las ho- 
jas fibrosas de varias plantas de helécho, fdex mas. 
Los cadetes, gateando por las grietas y resaltes de las 
piedras grandes, les arrancan a palos su tocado de 
claveles. Nos retiramos por fin, bajando la falda, 
que va deprimiéndose gradualmente hasta perderse 
en la llanura. A los cincuenta pasos se nos oculta la 
entrada. Aquel picacho amputado, aquel centinela 
oscuro, se interpone entre la vista y ella.». Esa 
piedra es el guardián de la gruta; ya no lo dudo. No 
podía estar abandonada. Yo lo creía así y escudriñaba 
los contornos como buscando al Cancerbero disfor- 
me. . . Lo he descubierto. Ese es. La Naturaleza, 
celosa de sus hechuras, ha clavado ahí el peñón sal- 
vaje, guardando la maravilla. 



[94] 



25 DÍAS DE CAMPO 



XVI 



¡AVANTI ADESSO! 

3 de enero. 

No ha podido seguir más y se nos va, se nos va 
el viejo amigo, el compañero impagable, el buen 
Quintana. Mucho vamos a sentir su falta. Ya no oi- 
remos los nombres periodísticos que con tanta gra- 
cia aplicaba a Nosiglia y a mí; ya no nos alcanzarán 
las atenciones de sus conocidos; ya no oiremos cuen- 
tos. Los cadetes, a quienes había sido tan simpático 
como a todos nosotros, lo despidieron en corporación, 
dándole, al marcharse, algunos afectuosos vivas. El 
hombre sencillo se fue conmovido. Hubiera querido 
seguir de nuevo, pero no podía ser. ¡Adiós, viejo 
compañero, adiós y felicidad! ¡Si ha podido haber 
intrigas mezquinas que te deprimen, sabe, para tu 
consuelo, que hay simpatías generosas que te levan- 
tan! 

Me dejaba sin contar una cosa que tiene su sitio 
aquí. Antes de abandonar el cerro de Arequita, des- 
pués de la- excursión de hoy, hizo la compañía 
ejercicios de tiro al blanco. Todos echamos nuestro 



[95] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



cuartito a espadas. El objetivo era un bizarro bersa- 
gliere } de sombrero ladeado marrialmente y unos 
bigotazos de cuarta y media. Se gastaron tres cartu- 
chos por plaza, haciéndose algunos blancos buenos. 
El enemigo, aunque mal herido, estaba tan fresco 
como si tal cosa. Supongo que sería por hallarse pin- 
tado o por alguna otra circunstancia. 

Las detonaciones, devueltas por las concavidades 
del cerro, se multiplicaban prodigiosamente. De suer- 
te que cada disparo nuestro era contestado en seguida 
por una descarga de pelotón. 

Ayer y anoche llovió bastante. Nada es más fas- 
tidioso en un campamento, que la lluvia; nada da 
más motivo para poner a prueba la paciencia y el 
buen humor, cuyas dos cosas deben ser especiales 
para no estallar en desahogos que, a pesar de su 
energía biliosa, son inútiles para remediar el mal en 
lo más mínimo. El agua corre por debajo de las 
tiendas y se apaga el fuego, y se mojan las camas, 
y las ropas, y las provisiones ... y pronto empieza 
a llover sobre mojado. Medio conjuramos el peligro 
de dormir hechos sopa, cortando brazadas de ramas 
verdes y tendiendo las camas encima. Yo traté de es- 
cribir un poco para pasar el tiempo; pero en lo 
mejor me cayó en el papel una gota de a cuartillo, 
¡Me da una rabia esta gota maldita, que parece un 
ojo revuelto! . . 

En la tarde, aprovechando un momento en que las 
nubes nos concedían pequeña tregua, suspendiendo 
un poco sus salivazos, salí con Nosiglia y el Teniente 
Sayavedra a estirar los miembros entumecidos por la 
forzada inacción. No sabiendo hacer cosa mejor, re- 



[96] 



25 DÍAS DE CAMPO 



solvimos llegar a un rancho ( 1 ) que se veía a poco 
más de diez cuadras, a ver si hallábamos leche. La 
hora era intempestiva para ello, pues es sabido que 
se ordeña de mañana, y eran las seis de la tarde; sin 
embargo, la idea fue acogida como salvadora. La 
dificultad estaba en vadear el Santa Lucía a pie. Bus- 
cando un vado por la orilla poblada de yerbas altas, 
nos mojamos todos con el agua que éstas conserva- 
ban. Por fin hallamos un alambrado que cruzaba el 
río y pasamos sobre sus hilos, a nesgo de dar una 
caída injerta en mojadura; pues los alambres, flojos 
en demasía, oscilaban de una manera alarmante. Lle- 
gados cerca del rancho, salió a recibirnos, digo mal, 
salió a ladrarnos, un perro amarillo y flaco; balaron 
al aproximarnos algunas ovejas éticas; vi unas pocas 
gallinas, no gordas, escarbando en un hogar sin fue- 
go, y por último nos salió al encuentro un muchacho 
cambujo, que era un prodigio de flacura. Aquella 
homogeneidad me dejó abismado y enterneció a No- 
sigila; pero Sayavedra, menos sensible o más positi- 
vo, preguntó si había leche. El rapaz flaco se echó 
a reír al oírlo, y entró al rancho corriendo y golpeán- 
dose agradablemente el trasero con la mano. Un vie- 
jecito apareció en seguida trayendo un pequeño queso 
fresco, y saludando con mucha cortesía, dijo no tener 
más que aquello. Nos miramos indecisos; pero, como 
quiera que alguien dijo ser el queso leche condensa- 
da, dimos por conseguido nuestro objeto, adquirimos 
el queso por cuatro reales y tornamos en triunfo al 
campamento, repasando el Santa Lucía por el mis- 
mo sitio y demostrando nuevamente ser muy media- 
nos funámbulos. 



(1) Bohío. 



£97] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



Esto ya es historia antigua. Ahora estamos en el 
Soldado; arroyo que, siguiendo el camino de Minas 
a Cerro Largo, se encuentra a tres leguas del primer 
pueblo. Sus aguas, limpias, ora corren rápidas entre 
orillas encajonadas y rocallosas» ora mansas y lentas 
por amplios lechos cavados en la planicie arenosa, 
ligeramente accidentada por suaves turgencias. En 
épocas normales llevará cerca de dos metros cúbicos 
de agua por segundo. 

Yo he venido en la jardinera con Nosiglia y el 
cadete Lyons, ya casi restablecido. La columna ha 
tenido que marchar a pie, gracias a la poca activi- 
dad de no sé qué Comisario, o mejor dicho, sí sé 
de qué Comisario, pero de cuyo nombre no quiero 
acordarme. No hago daño a sabiendas, aunque, co- 
mo mortal falible y pecador, estaré dando a cada 
paso en la herradura, sin barruntarlo siquiera. Así 
es el mundo. Ahora mismo, cuando para contarte 
tan vulgares cosas meto la mano en la fantasía, y a 
veces el brazo, y hasta el codo, y revuelvo un poco 
aquello para que salga variado y te divierta, es posi- 
ble que me estés dando a todos los diablos; mientras 
yo creo que, como aquel señor gordinflón a quien 
un funesto barbero despenaba por descañonar, estás 
a pique de llorar de gusto. Pero aguanta y no te 
muevas; pues ya sabes, porque acabo de decírtelo, 
que así es el mundo. 

4 de enero. 

Nuevo día, nueva jornada. . . y otra vez a pie la 
compañía. Las carretillas de muías que conducen el 
convoy, se atascaron al vadear un arroyo y han te- 
nido que pedir a un vecino dos yuntas para arran- 



198] 



25 DIAS DE CAMPO 



carias del barro. Era lo que nos faltaba ... El Mayor 
se quedó allí para apurar el trabajo. Nosotros segui- 
mos, llegamos a Espuehtas y no hallamos sitio para 
campar, ni probabilidades de comer pronto, a pesar 
de que hace un hambre atroz. ¡Esto sí que era lo 
que nos faltaba! . . Por fin llegamos a una pulpería 
mísera, donde se despacha por la reja un surtido 
cuyos artículos de fantasía son (según me informa 
un paisano de buen humor): alpargatas con fleco 
y vainas de anzuelo. Nos indican una serrillada de 
piedras, entre las cuales dicen que tendremos sombra. 
Hay todavía media legua hasta allá y son las doce. 
En fin, . . vamos. Vuelta a formar, vuelta a em- 
prender la marcha, vuelta a poner los sesos recalen- 
tados a merced del sol implacable . , . Ahora que me 
acuerdo, en la pulpería aquélla no tenían galleta. 
¡Dios quiera que nunca tengan! . . 

Campamos entre las piedras. En efecto, hay aquí 
un poco de sombra y fresco. Algunos canelones es 
lo único verde que se ve. Hay uno que, a cierta dis- 
tancia, parece haberse arraigado sobre una piedra o 
trepidóse a ella para escudriñar los alrededores. La 
piedra está hendida, y el árbol, nacido en el suelo, 
ha atravesado penosamente la hendidura en busca 
de la anhelada luz. 

Cuando acabábamos de campar, llegó el Mayor e 
impartió las órdenes conducentes a proporcionarnos 
algo sólido y reclamado con qué dar gusto al diente. 
A la una y media comimos, y tan bien y a gusto, 
que no nos arrepentimos de haber hecho tantas y tan 
briosas ganas. 

El dueño de una casa vecina y del campo que 
ocupamos, don Fermín Gadea, es un paisanote muy 
hombre y muy cabal. Se ha empeñado en no recibir 



[99] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



dinero alguno por una vaca y dos ovejas que carneó 
para nosotros, y me temo que consiga salirse con 
la suya. Por lo demás, y como buen paisano, tiene 
sus caídas. Le pedí un hacha para partir leña y me 
encargó que no se la mellase. — No hay cuidado, — 
le contesté. — No, señor; no hay cuidado, no, que 
ande no hay cuidao, todos son descuidos; cuidaíto 
con mi hacha. . , Mira lector: yo, con tu permiso, 
no soy ningún manco; pero el hombre lo dijo de una 
manera, que casi le desconfié. 

Esta mañana hicimos, Nosiglia y yo, algunas ca- 
laveradas mayúsculas» Jinetes en dos escuálidos ma- 
tungos, que se dejaron agarrar de puro desgraciados, 
marchábamos delante de la columna. Ganas me vie- 
nen de echar un par de maldiciones al Comisario, 
que ha vuelto a faltarnos con los caballos, contravi- 
niendo las órdenes que tiene su Jefe Político, quien, 
a su vez, y por culpa del Comisario, falta a la que 
del Gobierno trae el Director, para que nos presten 
toda la ayuda requerida . . . Pero mejor es que deje 
en paz al Comisario y vuelva al cuento. Apenas 
divisábamos alguna casa al lado del camino, nos se- 
parábamos delicadamente de los compañeros y nos 
dirigíamos a ella, a paso marcial. Llegábamos, y, tras 
un atento saludo, allá iba la siguiente fórmula: "Se- 
ñora (o lo que fuese), ¿no tendrá por casualidad un 
poquito de leche, que pueda vendernos. . , o. . , o 
darnos? . . Acostumbrados a bebería diariamente en 
Montevideo, aquí, cuando nos falta, la extrañamos 
mucho 1 \ Esto lo había aprendido yo tan bien, 
que lo soltaba de un tirón sin tropezar en una sola 



[100] 



25 días de campo 



letra. La persona que lo escuchaba se enternecía, de 
fijo, y era capaz de sacar leche de cualquiera parte, 
para dar "a los pobres mozos, que debían extrañar 
mucho la campaña". Así nos compadecían y nos re- 
galaban de lo lindo. En balde es avisar que, lo de 
la costumbre de tomar leche en Montevideo, se debe 
a mi fecunda inteligencia; pues, en dos años que 
allí llevo, no recuerdo a punto fijo haberla catado 
dos veces. El caso cierto es que repetímos la opera- 
ción en cinco casas distintas, con toda felicidad. 



[101] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



XVII 

ASPEREZAS, LITERATURA Y OTROS 

5 de enero 

Y hagan ustedes otra marcha a píe, . . ¡Todo sea 
por Dios! Han prometido los caballos para esta tar- 
de, sin falta, y cortando el camino a través del cam- 
po — lo que es fácil marchando a pie — , andarán 
los muchachos una legua escasa hasta las Asperezas 
de Cabral, donde hallaremos agua, sombra y leña. 
Llevamos carne. Las carretillas salen delante a fin 
de llegar a tiempo. La columna se pone en marcha 
a las cuatro y media de la mañana. La "Plana Ma- 
yor" — el Jefe, Benedetti, Nosiglia y yo — , llega- 
mos a casa del señor Gadea con objeto de agradecer 
sus favores. Él se empeña en acompañarnos hasta el 
próximo campamento, y después de resistir algo, por 
cumplimiento, aceptamos, sabiendo que nos será útil 
como baqueano del sitio adonde vamos a pasar el 
día. Salimos. El Mayor y e, señor Gadea se adelan- 
tan. Nosotros quedamos atrás. A poco andar nos ex- 
traviamos y perdemos el camino. Nos quedaba el 
rumbo, y tras un breve coloquio, sostenido al paso, 
resolvimos seguirlo hacia donde el sol salía. Según 
datos, allí se hallaría un bosque, antes de una sierra 



[102] 



25 DIAS DE CAMPO 



y después de un portón. La mañana estaba de aire, 
el campo de verde, el cielo de azul, festoneado de 
grandes nubes blancas; el camino no parecía, el ape- 
tito hurgaba. . . Todo esto era, con perdón sea dicho, 
una poesía completa. La tentación estaba de cuerpo 
presente. "Iban, mas no sé adonde ciertamente", dos 
soñadores y un erudito. ¿De qué podían hablar, so- 
bre el interminable verde de los risueños campos, 
bajo el azul inmenso de los altos cielos? . . 

Nosiglia recitó algunos versos italianos y eligió poe- 
ta. Se habló de Stechetti, Calderón cayó bajo nuestra 
férula. Yo recordé a Prati, al tierno Prati, y lamenté 
su vida de ciudadano voltario, Nosiglia glorificó al 
mejicano Flores, erótico, hermano de Tíbulo, ama- 
dor ardiente, poeta-amor. "Las mujeres jóvenes eran 
muy hermosas; pero las mujeres viejas eran más her- 
mosas que las jóvenes", dije luego pensando en Walt 
Whitman (1), el gran americano del norte, que 
tiene setenta años, un bastón hecho de una rama de 
árbol y el gran amor sensual que disciplina los mun- 
dos e inspiró Las metamorfosis de las plantas, al so- 
litario de Weimar. Hablé largamente, largamente, 
de ese viejo tremendo que "hace sonar su bárbara 
fanfarria sobre los techos del mundo"; que ama a 
las bestias "porque no se quejan", y que, cuando mu- 
rió Lincoln, haciendo llorar de pena a los ancianos 
montes recallosos, "vio en el páramo un pájaro gris, 
de- largas alas, que cantaba un canto de desolación". 

Benedetti, que callaba y oía, habló por fin... 
Dante brotó de sus labios, y hubo dos cabezas des- 



(1) Estos datos sobre Walt Whitmaa pertenecen a un 
magnífico estudio que de sus obras hizo don José Martí, co- 
rresponsal en Nueva York de La Nación portería, donde se 
publicó hace algún tiempo dicho trabajo. 



£103] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



cubiertas. Comparecía un sacerdote; se anunciaba Ali- 
ghieri oficiando en su templo de Firenze y agitando 
el incensario ante su diosa: Beatrice. En seguida, uno 
de nosotros, inspirado por el recuerdo de la comedia 
divina, trazó a grandes rasgos la historia progresiva 
del poema en sus sucesivas gradaciones: de la bu- 
cólica a la idílica; de la idílica a la heroica; de la 
heroica a la dramática. Habló de los cantores de la 
naturaleza, nacidos indudablemente y florecidos en 
la edad primera; los que al son del caramillo ento- 
naron, echados en las silvestres flores, delicadas églo- 
gas, Homero era un proyecto aún: hubiera sido 
prematuro. Pero el mundo avanza y Homero llega 
con la edad heroica. Arroja desdeñosamente el cara- 
millo, e inventa un instrumento cuyos sones eran, 
como su genio, colosales. El hombre de voz de true- 
no ya tenía con qué rugir. La trompa épica era dig- 
na de él; pero faltaba un asunto digno de los dos. El 
asunto surgió y Homero grabó su litada con los es- 
combros de Troya. Pasó la civilización a Italia, brotó 
Virgilio y se inmortalizó sin fundar escuela, merced 
a no sé qué empeño en apartarse de su genio y de 
la filosofía su coetánea, para hacer de su Eneida un 
maravilloso fruto de otra zona. La Edad Media abor- 
ta a Dante, quien sondea el abismo con su pupila 
apocalíptica, mira a Homero de hito en hito, se cier- 
ne sobre su edad y lanza la Divina Comedia en los 
senos tenebrosos del porvenir, como una antorcha en 
un antro. Despunta Shakespeare: contempla en deta- 
lle al mundo, lo ve descontento, apasionado y teme. 
No osa volar por encima de las masas y busca un 
sendero por donde encaminar sus pasos luminosos. 
Llega al teatro, se cree en su mundo y se encierra 
allí. Pasa Chateaubriand con su poema teológico; 



[104] 



25 DÍAS DE CAMPO 



pasa Byrón con su Manfredo; Espronceda con la 
brillante muestra de su poema universal . . . Chiste 
tenía aquel juicio semiajeno, hecho de edad a edad 
y atravesando la pradera al gían galope . . . Verda- 
dera crítica galopante, improvisada por una comisión 
de uno para un auditorio de dos. 

Luego se habló de muchas otras cosas, por igual 
estilo aperitivas y amenas; citándose a propósito de 
la armonía imitativa, una octava del Tasso, algunos 
versos de Homero y otros varios modelos; entre ellos, 
aquel tan conocido de Virgilio, que imita a maravi- 
lla el violento galope de un corcel: 

Quddrupeddnte putfén Somtu quatit úngula campum 

. . .Y siguió el coloquio de los doctos, de cuya 
continuación y apéndice te hago merced, lector, ma- 
liciando que con esto tendrás lo justo para bostezar 
y dormirte plácidamente. 

La dilatada sierra rocallosa que llaman Asperezas 
de Cabral, se compone de grandes cerros quebrados, 
entrecortados por pequeñas corrientes cuya dirección 
es, por lo general, noroeste, mientras es la de los 
cerros de norte a sur. Grandes masas de cienita, hen- 
didas en todos sentidos, se hallan esparcidas aquí y 
allá, remedando cantos erráticos, detenidos al azar en 
puntos indeterminados y posturas caprichosas. Varie- 
dad de talofítas — musgos y liqúenes — , cubren la 
superficie de estas piedras, desgastadas y pulidas por 
la acción del tiempo. Entre las hendiduras crecen nu- 
merosos canelones colorados, cuya hoja, restregada, 
tiene un olor desagradable, algo semejante al de la 



[105] 



MANUEL R BERNARDEZ 



higuera. Hay también infinidad de espinas de cruz, 
cuyos pinchos, secos, confundidos con la yerba, se 
anuncian cruelmente al que se sienta descuidado. Al- 
gún terreno vegetal arrastrado por las corrientes a 
las abras, alimenta gramíneas, cactus, etc.; poco más 
o menos, lo mismo que en Arequita: parecida vege- 
tación, iguales condiciones geológicas. Los pequeños 
arroyos, por lo general de rápida corriente, se han, 
abierto paso entre las rocas, ahondando sus lechos 
y formando a manera de angostos desfiladeros que ba- 
jan de las alturas contorneándose, dilatados y negros. 

A las doce, o poco más, llegó al campamento, 
donde, echados bajo los espinos, departíamos sobre 
historia y otros achaques añejos, varios tertulianos 
de la plana mayor, mientras los demás, arrullados 
por el ameno asunto, dormían tranquilamente, el 
Teniente Coronel don Federico Sequeira, quien con- 
ducía los tan esperados caballos. ¡Por fin! 

Este comandante Sequeira, bien merece una hoja 
o más aquí. Bajo, redondo casi, obeso asaz, parece 
milagro que pueda tenerse firme. Sin embargo, ca- 
balga con facilidad y hasta con soltura. Usa un gran 
sombrero chambergo, bajo cuyas alas achaparradas 
medio esconde su caraza redonda y simpática. Sus 
ojos negros y observadores, se desquitan de la pesa- 
dez del dueño, moviéndose continuamente, brillantes 
y ágiles. Tiene barba lacia, ya de gris tirando al blan- 
co de una vejez combatida victoriosamente con bien 
aprovechados humos juveniles. Lleva bombachas que 
embolsan en su amplitud interminable dos piernas 
como mi cuerpo y el esférico remate de vientre des- 
comunal. Este hombre habla a los hombres con se- 
riedad, y a las mujeres, según observé luego, con 
cariñosa llaneza. Ha viajado mucho por América. 



E106] 



25 DIAS t>E CAMPO 



Hizo en la República Argentina su carrera militar 
hasta capitán. Sabe mil cosas curiosas, narra cuen- 
tos entretenidos y hace citas a propósito y tiene 
sentencias suyas. 

Esta tarde, al emprender la marcha, ocurrió un in- 
cidente que pudo tener malas consecuencias. Uno de 
los caballos ensillados por los cadetes, recordó sin 
duda y echó de menos sus bríos primitivos, merced 
al largo tiempo que no fastidiaran su espalda las mo- 
lestias del recado, y apenas sintió sobre éste la adi- 
ción gravosa del jinete, soltó un par de coces, y dio 
en tierra con la adición. Sujetado a tiempo, ocurrió 
un sargento de tropa ofreciéndose a apagarle los fue- 
gos; pero empezó con tan torcida suene, que la ali- 
maña quedó triunfante otra vez, derribando malamen- 
te al domador, de suerte que todos temimos por él. Se 
levantó con dificultad y echándose las manos al bajo 
vientre. El cuchillo de monte que llevaba en la cin- 
tura, perforando la vaina por la violencia del golpe, 
le hizo una herida cortante en la ingle izquierda, pro* 
duciéndose en seguida abundante pérdida de sangre. 

Como era del caso, se procedió a trasladar al he- 
rido hasta una casa cercana, después de hacer el prac- 
ticante la cura de primera intención. Se trajo un 
catre, y puesto encima, fue llevado por cuatro hom- 
bres. Resultó del diagnóstico que, aunque no grave la 
herida, sería inconveniente conducir al enfermo por 
la dificultad de contener la hemorragia; así es que, 
cortada ésta, marchamos, dejándolo bajo la asisten- 
cia del practicante, quien debe alcanzarnos mañana, 
prescribiendo antes lo necesario para terminar la cura. 

Con tan elocuente aviso, todos nos apresuramos a 
sacarnos de la cintura los cuchillos y echarlos en las 
carretas. 



[107] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



Llegamos a Polanco de Barriga Negra, después de 
una aburrida marcha a paso de buey. Cansa extrema- 
damente este trajín ingrato y despacioso. El trote, el 
galope, fatigan menos. Yo no sé si Será porque el 
sueño y la monotonía que trae el ritmo acompasado 
de la marcha al paso, aumenten el peso específico 
del cuerpo, desmazalado y flojo, gravando las partes 
que le sirven de sostén. . , El caso es que tres leguas 
a ese andar perezoso, dejan la cabeza atontada y el 
cuerpo molido. 

Nos señalaron unos grandes galpones para pasar 
la noche, y vienen que ni a propósito, pues el tiempo 
amenaza llover de firme. Los cadetes se derraman 
por los cobertizos, buscando cada cual el mejor sitio, 
recaudando lo suyo y poniéndolo a punto de cogerlo 
en un haz cuando llegue el momento de la marcha. 
En un almacén contiguo sacan, a la sazón, una gran 
hornada de pan, cuyo olorcillo agradable no nos agu- 
za el apetito, porque, como se dice en la zarzuela 
aquella, lo traemos más aguzado que la punta de una 
bayoneta. Los panes son tan grandes, que, de haber 
sido iguales a ellos y semejantes los peces con que 
Jesucristo dió pitanza a tres o cinco mil personas 
(como ya hace tiempo de esto, no recuerdo bien el 
número), no pudiera a fe reputarse por mucha ha- 
zaña el histórico milagro. Los cadetes hacen su agosto 
en enero, atracándose de lo lindo. El pan, aunque es 
de lo más chato, no es de lo más blando, pero es pan. 

Nosotros fuimos invitados a cenar en casa del Juez 
de Paz del distrito, donde nos acogieron con sencilla 
y atrayente franqueza. Una hermana del anfitrión hizo 
los honores de la mesa. Me llamó la atención esta 



[108] 



25 DÍAS DE CAMPO 



niña, y, aunque tengo la debilidad de pecar a menudo 
por el mismo sitio, el pecado es ahora perdonable y 
no resisto a la tentación de darme por donde peco. 
La niña se llama . . . hombre, no lo recuerdo ahora, 
pero es igual; lo recordaba hace un momento. En 
cambio, me acuerdo de lo demás. Es oriental, pero 
hija de vasco; tiene en el rostro cierto aire de deci- 
sión y energía, que he notado en las hembras de su 
raza y que en ésta no se revela más que al mirar el 
conjunto, sin que esté de manifiesto ni se particula- 
rice en el menor detalle. La boca es pequeña, de 
dientes menudos, blancos, y labios algo delgados, 
muy rojos. La nariz afilada, tiene la corrección de la 
estatuaria, unida al color armonioso de la carne viva; 
notándose como un aleteo delicado y tenue en sus 
ventanitas rosadas: de la barba, suavemente pronun- 
ciada como la de María Antonieta, sin esa carnosidad 
que produce un hoyuelo al contraerse, pero redonda 
y graciosa, arranca una línea que se pronuncia en 
escorzo al dibujar el cuello, alto y tornátil, para per- 
derse bajo una cinta roja, cuyas puntas, después de 
formar airoso lazo, descienden jugueteando sobre el 
seno modelado bajo la tela de su vestido blanco. Omi- 
tía los ojos, negros, de negrura guipuzcoana, que 
chispea como el Sagardúa: mareando. Olvidaba la 
frente: como cierto mármol, cruzada de venas azules, 
ligerísimas, y sombreada por un fleco sutil de cabe- 
llos cortitos y rizados. 

6 de enero. 

Pasamos una noche durmiendo sobre colchones. 
Fenómeno, señores. Marchamos al amanecer en los 



MANUEL R BERNÁRDEZ 



mismos caballos que ayer montábamos. Al salir pa- 
samos cerca de un pajonal y vimos unos animalitos 
tamaños como gazapos, que pastaban, sin duda, la 
yerba tierna del bajo, y que al sentirnos echaban a 
correr y se perdían entre la paja. Nosigha se empeñó 
en agarrar uno y yo traté de ayudarlo, pero nos fue 
imposible, aunque vimos muchos. Se escabullían con 
gran destreza y no hubo medio de atraparlos. Al 
principio los creímos lechones de capibaras, "¡Son 
carpinchitos!" decían regocijados los muchachos. 
Después me cercioré de que eran esos conejillos par- 
dos, que llaman en Corrientes covayd, aquí aperid, 
y Linneo Cavia porcettus. 

Campamos en la margen izquierda del arroyo Go- 
doy, después de recorrer cuatro leguas y media largas. 
Mientras se hacía el almuerzo, me interné con una 
escopeta entre la enredada vegetación que bordea el 
arroyo y llegué a la orilla. La corriente, de norte a 
sur, apenas llevará trescientos litros de agua por se- 
gundo. Su curso tortuoso forma a trechos considera- 
bles remansos, donde acuden los animales en las 
horas pesadas de la siesta, entrando en el agua hasta 
mojarse el vientre y sacudiéndose el lomo con la 
cola mojada, para espantar los moscas, mientras hun- 
den el hocico en el agua, sin bebería, saciados ya. El 
bosque, bastante espeso, compuesto en su mayoría de 
sauce, tala, blanquillo, canelón, quebracho y alguno 
que otro molle, muy escaso, tiene cierta apariencia de 
selva virgen, merced a lo frondoso de sus árboles y 
a lo enmarañado y cuantioso de sus plantas trepado- 
ras. Al tiempo que observaba esto, un ñapindá me 
clavó en un brazo sus espinas como uñas de gato, 
confirmando brutalmente mi opinión. 

Los campos adyacentes tienen, como carácter, la 



[110] 



25 DIAS DE CAMPO 



acddentación suave que es peculiar a gran parte de 
la República, Sin embargo, se ven aquí, en la zona 
que abarco de una altura, en ve2 de contornos re- 
dondeados y graduales, quebradas más o menos hon- 
das, abiertas entre colina y colina. Hoy recorrimos, 
desde Polanco, una larga cuchilla de terreno de tran- 
sición, en la que abunda la piedra caliza y la pizarra 
de muy buena calidad. Observé en el camino que los 
campos que divide la cuchilla tienen aguadas perma- 
nentes y pastos nutritivos, libres de mío-mío, chirca, 
abrojo y otras parásitas que tanto abundan por los 
campos rurales, cundiendo más de día en día, con 
grave perjuicio de los estancieros, quienes, a la ver- 
dad, se preocupan bien poco de extirparlas. Apenas 
he hallado algunas matas de cardo manso, y tal cual 
de cierta gramínea que come poco el ganado. No 
pasa lo mismo con el cardo, que es muy buscado, so- 
bre todo por el ganado ovino, al cual procura un 
sólido y pronto engorde. 

Vi, aunque fuera de tiro, algunos capibaras o car- 
pinchos, que se echaron al agua al percibir, con sus 
oídos de oreja rudimentaria, el ruido que hacía rom- 
piendo ramas y apartando lianas para abrirme paso. 
Estos anfibios suelen salir al campo en manadas, a 
pacer por las mañanas, y por las siestas a dormir al 
sol, alejándose a veces bastante de la orilla. Cada 
uno tiene su senda propia para volver al agua, y 
por más acosado que se vea, no la confunde nun- 
ca. La toma y echa por ella con esa carrera medio 
trabada del cerdo: la cabeza baja y erizada la cerda 
del lomo. Inútil es ponerle obstáculos en la trocha. 
Se estrella contra todo en su corrida ciega. La misma 
resolución bestial de su carrera le da fuerza no común- 
Recuerdo que cuando niño, hallándome en Arapey, 



[111] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



fui cierta vez con un mulato a enlazar carpinchos 
al Sauzal, que es un afluente de aquel río. Llegamos 
con sigilo y concertamos el plan. El mulato quedó 
junto a la barranca, al lado de una trocha, con un 
lazo armado, mientros iba yo a espantar los anfibios 
para hacerlos echar al agua. Apenas me sintieron, 
echaron a correr hacia mí: me aparté con presteza y 
pasaron. 

Al correr iban gritando: fghe, ghe! Me dirigí pre- 
suroso a la orilla para verlos echarse al agua; pero 
antes de llegar sentí sus ¡gheesuuu! estridentes, y el 
ruido que hacían al precipitarse de lo alto de la 
barranca. Llegué y en vez de lo que esperaba, vi al 
pobre mulato nadando afanosamente para ganar la 
orilla. Había enlazado un carpincho, teniendo antes 
la precaución de rodearse el lazo a la cintura; sobre- 
vino el tirón: clavó el mulato la uña, pero la bestia 
la clavó mejor y lo venció. Empezó llevando un tum- 
bo; siguió arrastrado hasta la barranca, y allí, desde 
todo lo alto, dio la gran zambullida de la tempora- 
da . . . Los tales bichos hacen gran destrozo en las 
plantaciones de las islas y en las chacras costeñas, 
atravesando los cercos a fuerza de hocico y talando 
lo que no devoran. Los plantadores los cazan hacien- 
do en torno de los sembrados, fosos profundos, que 
cubren luego con ramas y tierra vegetal, dejando la 
cubierta en falso para que se vaya a pique a la me- 
nor presión. 

A mi vuelta al campamento, lo hallo ya lleno de 
su vida y movimiento peculiares. Algunos cadetes 
echados sobre los ponchos o en la yerba, hablan con 
animadas voces de asuntos diversos, predominando 



[U2i 



25 DÍAS DE CAMPO 



las saudades de Montevideo. Otros, previsores, sacan 
de las proveedoras restos de pan o galleta, los asocian 
con trozos de carne fiambre y almuerzan en coman- 
dita. Los que han salido de guardia, duermen, no sin 
haber antes encargado que los despierten cuando esté 
el asado, el cual da vueltas en el fogón, tostándose 
lentamente y vertiendo su grasa en el rescoldo, con 
chirrido especial. Éstos hacen una travesura y la fes- 
tejan alegremente; aquéllos, más cuidadosos y menos 
bromistas, repasan sus armas para no caer en falta en 
la próxima revista, acariciando con suave badana la 
hoja del sable-bayoneta, haciendo jugar la batería del 
fusil a ver si anda corriente y mirando el alma del 
cañón para cerciorarse de que no enseña la menor 
mancha en sus torneadas estrías. El mayor recorre el 
campamento; los centinelas le presentan el arma y 
los cadetes se levantan para hacerle la venia cuando 
pasa, Nosiglia, sentado amigablemente entre los nú- 
meros de guardia, los distrae con su amena facundia 
y donosas ocurrencias, tomando mate amargo con 
aire imperturbable de hombre curtido en el vicio. El 
clarín de servicio toca rancho. Los dormidos se des- 
piertan, ios perezosos se despabilan, y con evidente 
disposición y saludable empeño, nos repartimos gua- 
pamente los pedazos de asado. Los árboles nos dan 
luego grata sombra y dormimos la siesta con alegría 
plácida, mientras el sol deja caer sus rayos ardientes 
como besos, sobre el haz tembloroso de los campos 
alegres. 



[113] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



XVIII 



INTERMEZZI 

7 de enero. 

Anoche hicimos la rabona Nosiglia y yo. Dormi- 
mos en la estancia de don Justo Fernández, distante 
de nuestro campamento una media legua. Este don 
Justo es un excelente sujeto, que nos abrió su casa 
con espontánea y fraternal franqueza. Por lo general, 
hallamos en todas partes quien haga otro tanto, aun- 
que la galante insistencia de don Justo nos haya obli- 
gado a aceptar su franca y confortable hospitalidad. 
Esta noche robada a la mullida carona, dejó dándose 
a todos los diablos a los bichos colorados, que sin 
duda se prometieron, al vernos, liquidar con sus vo- 
races trompas absorbentes nuestras esbeltas siluetas 
periodísticas. 

Las camas eran blandas, la sociedad atrayente; ha- 
bía leche en abundancia y churrascos suculentos . ♦ . 
Salimos tarde de la estancia de Fernández, perezosos 
y ahitos. La columna había marchado a las tres de 
la mañana, y eran las nueve. Hubimos de averiguar 
el rumbo que siguiera y nos pusimos sobre él, galo- 
pando con ardor El sol nos calentaba los sombreros 
y además las cabezas, haciéndonos sudar a todo trapo. 



[114] 



25 DIAS DE CAMPO 



Nos habían dicho: "Después de aquella cuchilla ven 
una zanja; la pasan y agarran un camino que costea 
un alambrado que sigue así; después cargan un poco 
a esta mano . . . " Yo iba repitiendo por lo bajo las 
señas para no olvidarlas; pero mi caballo, perezoso 
o perniflojo, tropezó y estuvo a punto de irse de na- 
rices, con cuyo contratiempo creo que olvidé algo de 
aquel rosario-indicador; el caso es que no cargamos 
un poco a esta mano f por no hallar el alambrado que 
seguía así } ni agarramos el camino que costeaba el 
alambrado, porque no pudimos ver la zanja, a pesar 
de abrir el ojo más de lo regular. Para mayor diver- 
sión, se nos cansaron los caballos de tanto y tan recio 
galopar, y hubimos de bajar el compás de la marcha, 
continuando, y gracias, con aquel trotecillo que lle- 
vaba al entrar en París el caballo canelo del mosque- 
tero gascón. A la mitad del camino eché de menos 
un sobretodo que llevaba a la grupa, y que en las 
mañanitas frías había evitado más de una querella 
entre mis dientes» Lo busqué inútilmente. Al poco 
rato notó Nosiglia que se le había caído una manea 
ajena que llevaba en la mano. Comprendí que andá- 
bamos medio en la mala: se lo dije a mí compañero 
en convencida voz; dio él en mi razón, y continua- 
mos la marcha silenciosos y acontecidos. Llevábamos 
dos botellas de leche para los compañeros, y como 
nos cansara mucho el conducirlas en la mano, resol- 
vimos cambiarlas de sitio, y las bebimos. Por fin 
avistamos el campamento; pero antes de llegar, un 
nubarrón que andaba por el aire, casualmente en- 
cima de nosotros, se agujereó por debajo y nos llevó 
la paciencia, dejando en cambio una mojadura para 
cada uno. Total de pérdidas: mi sobretodo, la manea 
de Nosiglia y la paciencia de ambos. Si tardamos algo 



[U51 



MANUEL P. BERNARDEZ 



más en llegar, de fijo que se nos extravía algún rocín 
de entre las piernas. 

El campo donde estamos ahora pertenece también 
a un Fernández; lo que sí que éste es brasileño y tos- 
co, aunque generoso, y a su manera campechano. Es 
muy corto de vista; pero no tropieza, según dicen, 
porque olfatea los obstáculos en que pudiera rom- 
perse el alma. Monta a caballo y hasta aseguran que 
enlaza, tomando por guía el ruido que hace la res 
en su carrera y calculando hábilmente la distancia. 
Nos invitó a cenar, y aunque no me place criticar 
nada, porque tengo rara y feliz propensión a hallarlo 
todo bueno y en su punto, debo poner aquí, a fuer 
de exacto y escrupuloso cronista, algunos datos in- 
teresantes de la cena. En la mesa, de cuya integridad 
y firmeza respondían seis patas sujetas y trabadas con 
sendos listones, un mantel condescendiente dejaba 
descubiertos tres dedos de tabla a cada viento. Sobre 
el mantel campaban hasta ocho platos de agradable 
variedad: de loza y de hierro; hondos y llanos; blan- 
cos y con orla, ya roja, ya verde o azul. Dentro de 
cada plato, un tenedor y un cuchillo se cruzaban fa- 
miliarmente, A los tenedores les faltaba dientes, pero 
en cambio les sobraba a los cuchillos; lo que, según 
eché de ver, venía a establecer un equilibrio saluda- 
ble. En un jar rito de hierro enlozado, bebimos todos 
amigablemente. A mí me tocó beber después de ha- 
cerlo la hija del brasileño, la cual tiene una boca 
muy bonita, y aunque el vinejo era de lo peorcito, 
conseguí pasarlo sin visajes de mayor cuantía. Con 
los enumerados menesteres y herramientas, comimos 
todo lo que trajo un negrito jetón, cuya risa de zon- 
zo contento me hizo sospechar que tal vez cataba 
antes que nosotros los manjares que traía . . . Digo 



[116] 



25 MAS DE CAJMPO 



que comimos alumbrándonos una vela de sebo, divi- 
dida en cuatro actos, o sean partes, relacionadas por 
el pabilo de trapo, que venía a hacer las veces de 
argumento. Nosiglia me dijo por lo bajo que la tal 
vela, más que vela, le parecía un compadrito , según 
lo quebrada que se iba. Cada vez que la llama daba 
en una de estas quebraduras, había un eclipse parcial 
de luz, visible para todos, menos para el cegatón del 
brasileño. 

De los manjares no quiero acordarme, por no ha- 
cer mucho al caso y no venir yo obligado en ello; 
sólo sí se me ocurre decir que la cena dio fin y re- 
mate con un sabroso engrudo que llaman mingao, 
hecho con fariña y leche, según pude averiguar, y de 
la ingeniosa manera que así me explicaron: 

"Se bota o hite na panela e se jais ferver; despois 
se vay botando de vagar a fariña, y se meche bein. 
Se tira do fago. Si estivese muito dwo, se bota outro 
bocadiño de leite; si estivese mutio mole se bota 
outro bocadiño de fariña. Naun ha de se esquezer de 
ir mecbendo aquilo. Logo se deifa esfriar porque e 
pingoso de se queimar a güela". 

Afirmo que Bríllant Savarín llega, por lo menos, 
a Teniente Alcalde, si agrega a la crecida lista de sus 
platos este famoso mingao. 

9 de enero. 

El dueño de casa nos ha invitado a dar un paseo 
hasta la próxima estancia de su padre, reputando la 
visita como la única curiosidad con que puede brin- 
darnos . . . Aceptamos, y después de galopar poco 



IU7] 



MANUEL t>, BERNARDEZ 



más de media hora, llegamos a la estancia de don 
David Fernández. 

Estaban por carnear cuando llegamos. La res des- 
tinada al sacrificio marchaba entre cinco o seis bueyes 
parsimoniosos, reacia e inquieta. De pronto abandonó 
el ciñuelo y emprendió la fuga. Los carneadores que 
traían los lazos preparados la siguieron, revoleándo- 
los. El que la alcanzó primero le arrojó el la2o y la 
armada la sujetó por el cuello, ciñéndose como un 
dogal. Forcejeaba la prisionera y el lazo apretaba 
más. Otro de los jinetes llegó, y haciendo andar a la 
res algunos pasos, la sujetó a su vez por una pata. 
Quedaron los dos lazos tirantes; apeóse un tercer ji- 
nete, y llegándose al animal, hízole con su filosa da- 
ga profunda sangría, buscando el corazón. El arma, 
que entrara brillante, salió roja y humeando; la san- 
gre saltó a borbotones de la herida, y la pobre bestia, 
impotente, dio un mugido de dolor» Pugnó por des- 
asirse en las mortales ansias: echóse adelante, vol- 
vióse atrás. Luego quedó inmóvil, mientras la sangre 
corría espumosa, tiñendo el pelo blanco de sus ma- 
nos y esparciéndose en el suelo. Empezaba a oscilar, 
pero se sostenía aún, a pesar de tener en el aire una 
pata: se allegó un perro, y, sin ladrar, cual asesino 
que se ensaña, le sepultó los dientes en la otra. La 
res, como galvanizada, saltó, pateando con furia al 
perro traicionero; al patear perdió el apoyo y cayó, 
quedando con las patas tendidas hacia atrás y el vien- 
tre en el suelo. Apoyada en las manos giró en derre- 
dor sus ojos vidriosos, balando tristemente. Le habían 
aflojado los lazos para que sangrase bien. La postura 
violenta le trajo un golpe de hipo y la sangre la 
ahogó, inundando su boca y saltando en violento es- 
cupitajo. Angustiada por la asfixia, se esforzó en des- 



[118] 



25 DIAS DE CAMPO 



cargar sus pulmones dilatados, y, cerrada su laringe, 
buscó el aire otra válvula, saliendo por la herida en 
suspiro desesperado. El animal, falto de vida, aflojó 
las manos que lo sostenían y cayó sobre un costado, 
despacio, como si se echara a dormir. Era hembra y 
estaba preñada. Aun se agitaba el nonato en su vien- 
tre con violentas convulsiones, cuando ya la habían 
despojado de parte de la piel y empezaba el desta- 
zado, a tajos, entre el bullicio de una turba de negri- 
tos puercos y andrajosos, que se lavaban las manos 
en la sangre, tirándose cuajarones a la cara y man- 
chándose unos a otros las motas encrespadas y gra- 
sicntas. La turba de negritos esperaba el momento en 
que se abriese el vientre de la res, para disputarse, a 
sopapos, las achuras (1). 

Nos apeamos bajo un gran galpón cubierto de 
ramas secas y atravesamos un patio, en cuyo centro 
había una media pipa colmada de agua verdosa, que, 
sin embargo, bebían algunas aves de corral, metien- 
do en ella el pico y alzándolo luego para que el 
líquido resbalase al buche, en pequeños y seguidos 
tragos» En un rincón del patio habíase formado un 
barrizal, donde se refocilaban algunos cerdos, eriza- 
dos, asquerosos, con las orejas tiesas, rezumando in- 
mundicia y disputándose a hocicazos el sitio más 
fangoso y pestilente. Un ombú de tronco pustulento, 
aburrido, sin duda, de estar solo, se desperezaba, re- 
torciendo y estirando sus ramas encima de un rancho 
de techumbre ahumada. Algunos avestruces mansos 



(1) Nombre extensivo que se da a los menudos y asadu- 
ras menos importantes de la res. 



[119] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



discurrían gravemente con reposado tranco, pico- 
teando aquí y allí y tragando una mosca a cada pi- 
cotazo. A veces hallaban un hueso, le daban vuelta 
para buscarle el lado más atacable, y lo tragaban, sin 
asustarse por el tamaño. Se veía al hueso bajar len- 
tamente por su gaznate elástico, haciéndole en el cue- 
llo un bulto como el puño. Las aves saturnianas 
seguían paseándose tranquilamente, y no hallaban 
por qué no repetir la gracia, antes que el hueso hu- 
biese llegado a sepultarse en su amplio buche, de 
prodigiosa potencia digestiva. 

El patio, que formaba anfiteatro, estaba cerrado al 
fondo por una larga casa, de paredes de terrón y 
techo de hierro acanalado. Sin duda para tapar go- 
teras, habían puesto sobre éste algunos cueros de 
potro, que, resecos y duros, se pegaban al hierro, se- 
mejantes a bizmas. La puerta se ladeaba un poco, 
como guiñando. Entramos por ella. De una estancia 
contigua salía a la sazón una negrilla con los pies 
desnudos y veteadas las torcidas piernas con rayas 
color de mugre. Traía en la mano un plato de peltre 
que rebañaba a dedo, chupando después con entusias- 
mo. Al vernos, se quedó parada, con el plato incli- 
nado, a punto de caerse, y el dedo, que saliera 
colmado, apuntando al cielo, camino de la boca. La 
puerta por donde saliera la negrilla, quedaba en- 
treabierta. Nuestro introductor entró y nosotros lo 
seguimos. Miré en derredor con curiosidad y vi, • « 
pero lo que vi merece párrafo, ya que no capítulo. 

Al principio no quise dar crédito a mis ojos, cre- 
yendo que la retina, ilusionada por la visión de la 
luz exterior, fantaseaba en la semi - oscuridad, fin- 
giéndome el espectáculo que creía ver. Pero, fuime 
acostumbrando a la media tinta; los objetos se reve- 



[120] 



25 DIAS DE CAMPO 



laron claros, destacándose del fondo penumbroso con 
vigor creciente, y hube de comprender que veía de 
veras un cuadro naturalista, vivo, pero tan vivo que 
olía, y olía muy mal, 

A un lado, una mesa de pino; sobre la mesa, una 
almohada; junto a la almohada, un jarro de leche; 
sobre la almohada y junto al jarro, un gato, para 
quien, sin duda, no era la leche, la bebía, no embar- 
gante, a lengüetadas, lamiendo cuidadosamente los 
bordes mantecosos del cacharro. Llenaba el fondo del 
cuarto una cama monumental, de las llamadas mar- 
quesas; en otro tiempo pintada de encarnado, pero 
hogaño mostrando, aunque adulterado por la sucie- 
dad, el primitivo color de la madera. Sobre la cama, 
dos colchones enseñando la tripa, despachurrados por 
el peso de un valetudinario que se agitaba nerviosa- 
mente en ellos; y sobre el colchón y el hombre, so- 
brenadando, una maraña de cabellos blancos. En la 
cara del hombre noté no sé qué corte semítico entre 
su aspecto bravio: figúrense ustedes dos ojos que mi- 
ran con furia, escondiéndose luego, cual si retrocedie- 
sen para volver a asestarse con más brío; unos bigotes 
cerdosos, teñidos en el centro por la nicotina; una boca 
contraída* de recios dientes, rechinantes; una barba 
blanca y lacia como un pincel de albañil, y una piel 
rugosa, de blancura amarillenta por la falta de luz y 
juventud. , . Esta cabeza se apoyaba en una manaza 
de dorso velludo y dedos nudosos como troncos, el 
brazo de cuya mano formaba un ángulo, clavando el 
codo en un montón de almohadas. El hombre estaba 
desnudo, tapado a medias con una manta oscura, por 
un agujero de la cual asomaba una rodilla de abul- 
tada rótula. Fuera de la cama colgaba una pierna, 
moviéndose con lento balanceo; bajo la cama y me- 



[121] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



tido el flexible cuerpo en un zueco panzudo, un ga- 
rito rubio seguía atentamente las oscilaciones del pie 
que colgaba, con visible deseo de enredar con él . . . 
Cuando entramos, nos miraron las tres figuras vivas 
de aquel cuadro: el gato de la mesa, el gatito del 
zueco, y el hombre de la cama. El primero, ahito, 
volvió la cabeza, nos examinó con aire de poco caso, 
y continuó regalándose; el segundo, nos miró de 
frente, guiñando un ojo con cierta picardía, y el ter- 
cero emboscó los ojos tras d$ sus cejas, blancas y tor- 
cidas en todos sentidos, como nevada ramazón de 
abeto, y desde allí nos tiró un par de miradas fijas. 
Nuestro introductor llegó, sombrero en mano, al pie 
de la cama grande y pidió la bendición al hombre 
viejo, quien alzó dos dedos y los agitó sobre la cabe- 
za de su hijo, temblándole tanto la mano, que, antes 
parecía estar espolvoreando una tortilla que echando 
una bendición. Luego gritó: "jBeña un ladraun 
dahí!" La negrita del plato apareció lamiéndose los 
labios y limpiándose el moco con la manga; el viejo 
volvió a gritar: "¡Vay traser urnas cadeiras, ovelha! 
¡Move eses pes, cadela!" y siguió rezongando: "Estes 
patifes estaun intendendo q'un home e brinquedo. . . 
deiche que vai. . ♦ ainda tenho de matar outro la- 
draun destes filha da . . . " Calló de pronto, y su ros- 
tro movible tomó de golpe una expresión iracunda: 
había visto al gato bebiéndose la leche. Se agachó, 
cogió el zueco que estaba debajo de la cama y se lo 
tiró al mangia rati, echando de paso un taco más- re- 
dondo que una argolla; dentro del zueco iba el gatito, 
y aunque salió en el aire, no perdió la fuerza inicial 
que llevaba; de suerte que el proyectil llegó con- 
vertido en dos. El gatito dió un lomazo al gato y el 
zueco un puntapié al jarro; el jarro se volcó, se de- 



[122] 



25 DÍAS DE CAMPO 



rramó la leche y los dos felinos, proyectil y objetivo, 
se tiraron al suelo y salieron echando diablos, con los 
hocicos mojados y los rabos tiesos. 

Poco tiempo gozamos de la amena sociedad del 
viejo David. Allí quedó, cuando nos fuimos, revol- 
viendo a patadas la ropa de su lecho y prodigando a 
más de doscientos negros y mulatos, que entran fa- 
miliarmente a la habitación donde yace, cuanta pala- 
bra insultante puede acumularse en el vocabulario 
más soez. Las voces emitidas por su órgano destem- 
plado y trémulo, salen como arrastradas y chocando 
unas en otras. El tiempo ha postrado su cuerpo cen- 
tenario en el sucio lecho que lo sufre rechinando; 
pero no ha conseguido enfrenar su genio bravio y 
avieso, que continuamente estalla en explosiones, an- 
tes temibles y ahora sólo injuriosas. Junto a su cabe- 
cera tiene una mesita coja, sobre la cual, una botella 
que fue de bitter, convertida en candelera, llora su 
degradación con lágrimas de sebo, congeladas sobre 
su cuerpo barrigudo después de rebordear el gollete 
y dejar en el cuello giboso, amarillentos surcos. La 
botella tiene por vecina una escupidera, en cuyo lí- 
quido contenido sobrenadan puntas de cigarros, des- 
envolviéndose el papel a medida que se embebe y se 
hincha el tabaco. Allí echa suavemente el viejo lo 
que arranca con trabajo a su eterna carraspera. Dije 
suavemente, porque este hombre parece que habla la 
saliva y escupe las palabras. 

Pero basta de indecencias. Vamonos ya, y dejemos 
a este hombre que posee veinticinco leguas de cam- 
po, llenas de ganado, y arrastra su vida, larga y mí- 
sera, por el páramo frío de la vejez, atormentado por 



1123] 



MANUEL R BERNARDEZ 



la ira y roído por la sucia estrechez de una avaricia 
estúpida. David, . . su nombre bíblico y su aparien- 
cia de rabino demente y roñoso, me indujeron a apli- 
carle el título de patriarca de la mugre. Montamos a 
caballo y nos alejamos. Al salir, un mulato que tiro- 
neaba un hueso con los dientes, arrancándole los 
últimos bocados de carne venosa, nos .saludó sacán- 
dose el sombrero de un restregón con el brazo, a fin 
de no ensuciarlo con sus manos grasientas. En el sitio 
de la carneada no quedaba más que la panza de la 
res, la sangre coagulada, los cuernos, separados de la 
cabeza a hachazos, las tripas amargas y las patas, que 
no se han llevado por evitarse el trabajo de sacarles 
el pelo. Dos perros se disputaban un pedazo de cuero 
ensangrentado, tirando cada cual por su parte y gru- 
ñendo entre los apretados dientes. Un negrito que pa- 
saba resolvió el conflicto aplicando un latigazo a uno 
de ellos, el cual escapó aullando, mientras su con- 
trario huía también, pisando, al correr, el pedazo de 
cuero objeto de la contienda. 



[124] 



25 DIAS DE CAMPO 



XIX 



. . . Y ACABA LA NARRACION 

10 de enero 

Después de descansar dos días en la estancia de 
don Justiniano Fernández — "Seo Justimiano" o 
M daun Fernande", al decir de los guasos que aquí 
pacen o apacientan sus ganados sin pagar arrenda- 
miento, merced a la generosidad, o si se quiere, 
dejadez del dueño — , salimos con una mañana fres- 
quita acompañados del risueño comandante Sequei- 
ra, y fuimos a campar en la orilla occidental del 
arroyo Mansevillagra, sobre el paso real. Pasamos un 
día monótono, abrasados por el calor que se des- 
arrolló con el mediodía. De allí se despidió el co- 
mandante Sequeira, y lo sentimos, pues nos divertía 
mucho con sus cosas. Al otro día marchamos, a las 
tres de la mañana, siguiendo el itinerario definitivo 
que acordáramos seguir en el anterior campamento. 
Debíamos ir a parar a la estancia de la opulenta fa- 
milia de Jackson. A pedido del Mayor, fuimos, No- 
siglia y yo, adelante, a fin de preparar sitio para 
campar, carne, agua y leña. Desempeñamos brava- 
mente nuestra comisión, gracias a la bondad y fran- 
queza del mayordomo, — cuyo diablo de apellido 



[125] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



inglés siento no recordar ahora — ; de suerte que, 
cuando llegó la columna, a las diez de la mañana, 
pudo tenderse cómodamente bajo los frondosos eu- 
caliptos de una inmensa quinta, donde pasamos el 
día, recogiéndonos a pernoctar en un galpón que nos 
señalaron por si llovía, pero no llovió, y, tempranito, 
ensillamos otra vez unos fletazos jefes que nos prestó 
el buen inglés, y nos despedirnos de él afectuosa- 
mente. Este inglés usa un gran sombrero de paja, que 
cubre con sus alas protectoras la cara del dueño, en 
cuya cara hay dos ojos de mirada inofensiva, dos ca- 
rrillos bordeados por una barba castaña en el centro 
y rubia en las orillas; y luego, una boca algo grande, 
cuyo labio inferior ha adquirido en el centro cierta 
depresión, a manera de gesto desdeñoso, a causa de 
una, entre pipa y bordalesa que gravita en él, echan- 
do de continuo nubecitas de humo azul. Sobre aque- 
lla cara, y a pesar de esta gran pipa, se nota a primera 
vista, una expresión bonachona que no se desmiente 
con el trato. El importante establecimiento que ad- 
ministra nuestro ex-huésped, está en el Cerro Colora- 
do, que es la línea divisoria entre los departamentos 
de Minas y Florida. Es decir, que dentro de cuatro o 
cinco días habremos atravesado este último depar- 
tamento y llegado al término, de nuestro viaje. 

11 de enero. 

A tres leguas del establecimiento de Jackson, está 
el de don Justo Arrillaga, donde acabamos de plan- 
tar las tiendas. Don Justo es hijo del pago y blanco 
como güeso e bagual; lo que no obsta para que en 
lugar de don Justo, pudiera llamársele don Bueno. 

C 1245] 



25 DÍAS DE CAMPO 



En su casa, y a fuerza de rudas instancias, nos per- 
mitimos el lujo escandaloso de echar una siesta en 
catre. Se nos enfermó un cadete, y también a pedido 
suyo, fue conducido a un cuarto confortable, donde, 
gracias a la esmerada asistencia, se puso bueno en un 
dos por tres. Don Justo se empeñó en que no nos 
habíamos de escapar sin ver las curiosidades de su 
campo, y tanto y tan bueno dijo de ellas, que resol- 
vimos quedarnos un día para verlas. Con efecto, al 
siguiente, tempranito, nos condujo a las agrestes már- 
genes de una zanja o arroyuelo que corre entre dos 
colinas prolongadas, a cosa de una milla de su casa. 
El agua, que viene mansa por lecho de tierra vegetal 
y piedras sueltas, halla de improviso una como con- 
juración de peñascos, apostada allí para cerrarle el 
paso; primero se detiene vacilando y ensaya el medio 
de pasar por buenas, besando a las piedras como para 
seducirlas; pero las piedras, nada: no entienden de 
cariñitos. El agua empieza a atufarse, y, envalento- 
nada por el contingente que poco a poco engruesa su 
caudal, se amotina contra el obstáculo, lo empuja, 
lo soba, lo invade, lo penetra; abraza sus costados, 
llena sus resquicios, ensancha sus rendijas, y entre- 
tanto que devasta, incansable, sigue subiendo, subien- 
do; el peñasco está a pique de ser asaltado por mil 
partes y se sostiene, sin embargo, firme. Por fin, el 
agua se alza en un esfuerzo, y, tumultuosa, salta por 
encima del obstáculo, corre por su torso erizado de 
picos, y va a precipitarse, mugiendo, en la pradera. 
El agua ha vencido, pero no del todo: el obstáculo 
mantiene aún en el aire enormes trozos abruptos, 
centinelas de piedra, protestando eternamente contra 
la arbitraria violación de sus dominios . . . 
En el fondo de la cascada hay mil pequeñas co- 



[127] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



rrientes, depósitos de agua cristalina y sosegados re- 
mansos; entre las rendijas de la piedra crecen algunas 
plantas arbóreas que accidentan lindamente el color 
ceniciento del granito con las alegres manchas de sus 
copas verdes. 

Saltando por los picos de las piedras donde venía 
a estrellarse el agua espumosa y búlleme, vimos car- 
near dos terneras que don Justo destinaba para el 
festín campestre; y, a eso de las seis y media, presen- 
ciamos los ejercicios de fuego de la compañía de 
cadetes, que al mando del teniente Cantón se apro- 
ximaba, batiéndose en retirada: ora desplegándose en 
guerrilla, ora replegándose para formar grupos de 
a cuatro contra caballería; ya formando por mitades 
o en pelotón para hacer fuego colectivo, ya desple- 
gando de nuevo a la carrera para seguir bravamente 
el tiroteo. Cuando llegaron a uro de pistola, el clarín 
tocó alto el fuego, y formando la columna en orden 
de batalla, avan2Ó al acordado compás de los clarines 
y tambores. Llegaron, armaron pabellones, rompieron 
filas y se desgranaron bulliciosamente, reuniéndose 
en grupos para hacer fogones aparte y churrasquear 
por su cuenta. 

Mientras los cadetes, cortando ramas de los esca- 
sos árboles que por allí crecían, ensartaban sangrien- 
tas asaduras y las entregaban a las ardientes caricias 
de la llama, nosotros a caballo y guiados por don 
Justo, recorríamos su campo, siguiendo la costa de 
la zanja. 

De trecho en trecho hallábamos grandes peñascos 
de protogina, granito o feldespato, sobre los cuales 
la acción de los agentes atmosféricos se hace sentir 



[128] 



25 DIAS DE CAMPO 



notablemente, ya haciendo poco compacta la super- 
ficie de la piedra, por sí bastante dura, ya rompién- 
dola en todas direcciones y en extrañas formas: se 
hallan infinitas peñas, superpuestas a manera de cons- 
trucciones pelásgicas; apariencias de torreones; re- 
medos de arcos ruinosos; inmensas esferas ovoides, 
sustentadas por delgados pilares cilindricos, figuran- 
do globos con la barquilla apoyada en el suelo . . . 
La piedra del bote es una verdadera curiosidad geo- 
lógica: afecta perfectamente la forma de una pesada 
barca sin arboladura ni timón; roma, achatada y ven- 
truda, recuerda la panza que sirvió a Guillíat para 
arrancar a los siniestros Douvres la codiciada presa. 
Quizá sin sospecharlo he estado junto a la petrificada 
nao en que intrépido argonauta emprendiera sigiloso 
viaje hacia el oriente, a través de la noche de los 
tiempos . . . Una enorme piedra, adelgazada en la ba- 
se por el frotamiento del ganado y el desgaste de las 
aguas, avanza su pico temeroso "como un bra2o ten- 
dido en el vacío", sin ceder en su admirable equili- 
brio a las torres inclinadas de Zaragoza y Pisa* Allí 
debajo, en la cavadura honda, puse un negrillo de 
la banda lisa, apoyadas las manos en las rodillas y el 
dorso en la piedra, en ademán de levantarla, impro- 
visando así un pequeño Sísifo, sino criminal como el 
hijo de Eolo, al menos tan negro como la madre que 
lo parió. 

Encontramos sobre un acantilado inaccesible, dos 
pichones de águila que volaban poco; hicímoles des- 
alojar a pedradas su altura, y el teniente Sayavedra 
consiguió coger uno, después de perseguirlo sin des- 
canso cerca de una milla. Lo encerramos en un cajón 
con listones de dos dedos, a modo de rejas, y allí 
pasaba las horas el ave olímpica, con altivo sosiego; 



[129] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



la pupila amarilla, siempre abierta; los codos de las 
alas separados del cuerpo, miraba con calma y comía 
tranquila. Alguna vez volcaban el cajón derribándola, 
y ella se incorporaba despacio como un atleta can- 
sado, sin agitar las alas, cual si para mayores fines 
las guardara. Yo me he pasado las horas muertas mi- 
rando esta hermosa ave, tan reposada y serena; casi 
me he resuelto muchas veces a darle libertad. Ayer 
me puse a escribir sobre su tosca jaula, y estaba muy 
abstraído, cuando sentí una suave presión en la ro- 
dilla. Era que el águila había sacado una pata por 
entre las rejas y me oprimía suavemente con su po- 
derosa garra. Como me moví, la retiró despacio y 
tornó a quedar inmóvil, como siempre, con la ca- 
beza erguida. Yo pensé, no sin sobresalto, que la 
menor contracción de su red muscular hubiérame 
clavado hasta el hueso aquellas púas córneas que veo 
hundirse hondamente en la madera, cuando la anti- 
gua ave de Zeus, hoy triste esclava del hombre, des- 
carga en las paredes de su cárcel algún ligero acceso 
de concentrada ira. 



Por la tarde nos despedimos cariñosamente de don 
Justo y su familia y emprendimos la marcha con 
dirección a la barra del arroyo Tornero. Don Justo 
nos acompañó todavía más de una legua, que andu- 
vimos sin sentir, engolfados como íbamos en general 
e interesante plática. Por fin nos dejó al trasponer 
el linde de su campo y se alejó al trote, deteniéndose 
en la cercana loma para enviarnos por señas el úl- 
timo saludo. Luego volvió grupas, descendió al bajo 
y se perdió de vista. 



C130] 



23 DIAS DE CAMPO 



Por el camino cogimos varias perdices que, aun- 
que cubiertas de pluma, no volaban aún; en cambio 
corrían con gran ligereza, estirando el cuello y des- 
lizándose por entre las matas que sorteaban con gran 
habilidad para hacer perder la pista. Es bien difícil 
atrapar a estas graciosas avecillas. En la huida no si- 
guen nunca la línea recta, sucediendo que cuando 
más seguro se está de irles al alcance, vese, donde 
menos se esperaba, una cabecita que se aba entre la 
yerba, atisba al enemigo y se esconde con presteza, 
para continuar escapando con arreglo a la misma 
táctica inconstante. Por lo demás, las pobrecitas, a 
fuerza de sustos, aprenden a no ser zonzas para es- 
conderse. Desde que empluman salen ya a buscarse 
la vida, recibiendo antes del pico paternal un par de 
lecciones sobre el mejor modo y estilo de hacerse 
perdiz, lecciones que se graban de tal suerte en el 
tierno instinto de la prole, que sin necesitar más equi- 
paje se larga a corretear, después de restregarse con 
emoción las patitas y cambiar tiernos picotazos entre 
ahogados pitidos de despedida. 

Hemos campado precisamente en el empalme de 
los arroyos Tornero y Santa Lucía Chico. Ambos tie- 
nen aquí poco caudal, a causa de que sus aguas se 
embeben en el camino por falta de lecho que las en- 
cajone, encontrándose obligadas a arrastrarse por el 
llano, torciendo aquí y oblicuando allá, cual si no 
supiesen adonde dirigirse. Hemos llegado al límite 
de la Cuchilla Grande, que atraviesa el departamen- 
to de Florida. Desde la azotea de don Justo pude ver 
expirar a mi sabor su término, allá a lo lejos, después 
de alzarse al final, como en esfuerzo postrero; inten- 
ta aún levantarse varias veces, dando saltos que dejan 

[131] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



redondas hinchazones en su espalda, y por fin, se fa- 
tiga y cae desvanecida en un llano, alargando un bra- 
zo débil entre Santa Lucía y Casupá. 

13 de eflero. 

Trabajo nos costó agarrar los caballos* No había 
corral y hubimos de echarlos sobre un cerco y aco- 
rralarlos entre todos. Nos faltan dos jornadas para 
llegar a Florida, y si en nosotros estuviese, a fe que 
no aflojábamos este tirón sin dar allá con los huesos, 
y eso que faltan doce leguas respetables y buenas. 
Hoy camparemos en una de las dos estancias de 
Urioste, apellido ventajosamente conocido entre nues- 
tros ganaderos, especialmente por su cría caballar, a 
la que pusieron en muy buen sitio las ágiles patas 
de la famosa yegua Negra, vencedora del Druid. 

Llegamos a eso de las diez y nos señalaron un 
campamento, que será bueno algún día, pero que 
ahora es bastante malo, detrás de una gran quinta po- 
blada de árboles. Se nos permitió por gracia, acoger- 
nos a la futura sombra de un plantío de sauces 
llorones que no levantaban media vara sobre mi ca- 
beza. 

Aquí le dió un cólico a mi Sísifo negro; pero tan 
recio, que por poco se lo lleva Pateta. Se tiró entre 
los sauces, embistiéndolos encarnizadamente a coces 
y topetadas; echábase mano a la barriga, cual si qui- 
siera sacar a puñados algo que se le hinchara allí 
dentro, y gritaba como un lechón, poniendo los ojos 
en blanco y casi echando chispas por la cabeza al 
topar con los troncos. Porque fuese más grave el con- 
tratiempo del pobre negro, el practicante no se ha- 



[132] 



25 DIAS DE CAMPO 



Haba allí en aquel momento; de suerte que yo me 
resolví a echarle una manita, para ver si zafaba del 
aprieto, A ese fin destapé una botella de buen coñac, 
me muñí de una taza, eché en ella medio cuartillo o 
poco menos del espíritu, y ayudado por Nosiglia, su- 
jetamos al negrito, que berreaba de lo lindo; lo hici- 
mos callar dándole un par de sofiones, y en seguida 
le emboqué la taza. El negro, que pedía agua a gri- 
tos, abrió ansiosamente su enorme jeta y bebió con 
tanto afán, que por poco me lleva el recipiente. Des- 
pués de engullir, se sintió abrasar, sin duda, pero 
todo fue negocio de un segundo. Hizo de prisa un 
par de visajes feos, tiró la última patada a un sauce 
vecino, sin llegar a darle, clavó el asta y quedó tieso. 
Bien se conoció que el nuevo Sísifo no era hijo de 
inmortal, ni siquiera pariente, porque el brandy lo 
cogió, y sin andarse con preparativos, me le arrimó 
una borrachera efectiva y terminante como una coz 
de borrico. 

14 de eaero. 

Muy tempranito, a fin de tener tiempo de andar 
las ocho leguas que nos separaban de Florida, fuimos 
a agarrar caballos en el corral de la estancia, tra- 
yéndolos luego al campamento y ensillándolos a tien- 
tas; pues una inmensa barrera de nubes, puesta entre 
el mundo y el cielo, ahogaba en sus senos oscuros la 
tenue claridad de la alborada. Un viento caliente, 
de tempestad, nos azotaba el rostro y parecía malig- 
namente empeñado en no dejarnos marchar, arreba- 
tando del suelo y de las manos las prendas del recado, 
que volvían a su sitio tras una persecución más o 



[133] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



menos larga, secundada por alguien que se hallase en 
el camino de la prenda fugitiva. Aquí volaba un pon- 
cho; un plato de lata, olvidado, se alzaba allá dando 
tumbos, hasta que rodando sobre su orilla, echaba 
una carrerita y caía al fin boca abajo, dejando que 
le pusiese mano el sirviente que lo perseguía. El 
viento silbaba y gemía al sacudir las copas de los 
sauces, y los sauces se agitaban temblorosos apretán- 
dose Unos contra otros, como un rebaño acosado por 
los perros; los caballos resoplaban estrepitosamente, 
estirando el cuello y dilatando la nariz como para 
ventear la tormenta, sobresaltados e inquietos, ases- 
tando sus ojazos a los bultos que en torno se agita- 
ban, y tendiendo sus orejas, atentas al ruido de los 
hombres que hablaban y de los sauces que gemían. 
Volaban chispas de un hogar, cuyas cenizas se alza- 
ban de pronto entregándose al viento indeciso que 
las hacía danzar en loco remolino» Una voz daba 
una orden; llamaba otra a un compañero. Pregunta- 
ba alguien si no le habían visto un látigo, y contes- 
tábanle que mal podían ver el látigo cuando no veían 
al dueño,.. "¡Vamos, grandísima burra!" gritaba 
Puig a una que se resistía a dejarse fastidiar con los 
arreos. De vez en cuando se oían allá a lo lejos al- 
gunos ecos de trueno, que sonaban como pasos me- 
surados en una habitación vacía ... La mañana 
avanzaba lentamente, y su luz resultaba sucia al fil- 
trar las nubes y teñirse en su triste color de aburri- 
miento. Nosiglia, ya listo, embozado en un poncho 
militar, me enseñaba las habilidades de un caballo 
que le regalara la víspera el capataz de Arrillaga. Los 
carretilleros embalaban a prisa los bagajes, y una vez 
prontos, desfilaban ante nosotros guiando sus vehícu- 
los de dos ruedas, cuyo toldo se hamacaba con el 



[134] 



25 DIAS DE CAMPO 



vaivén, y animaban con el látigo a las muías, que, 
sacudiendo las orejas, medio ahorcadas por el pretal, 
se echaban adelante para hacer pie y arrastrar su car- 
ga al filo de la loma, donde estaba el camino, tendi- 
do, largo e inmóvil, como una sierpe muerta. Los 
tambores con sus instrumentos a la espalda, parecían 
moluscos llevando la casa a cuestas. En la estancia 
empezaba a moverse la peonada; el que iba a recoger 
pasó junto a nosotros y se perdió en la sombra, can- 
tando una canción monótona, ajustada al lento ga- 
lopar de su corcel . . . Por fin el clarín tocó a caballo: 
se siguió un confuso ruido de voces; choque de latas, 
de instrumentos, de armas. Los cadetes fueron ali- 
neándose hasta entrar en formación. Alguno que tar- 
dara en montar, acudía a su sitio de orden: la fila 
se abría, le daba paso y quedaba inmóvil otra vez. 
Sonó el toque de marcha. El viento soplaba en vano 
contra las grandes nubes, quietas y negras . . , Mar- 
chamos. Al llegar al lomo de la cuchilla, refrené mi 
caballo y abarqué de una ojeada lo que enseñaba el 
paisaje, velado como una placa sensible herida por 
la luz blanca. Quedaban allá en el bajo. * . pero 
no, quiero que mi libro eche su último suspiro en el 
último cuadro del último párrafo. 

Apenas lo abandonamos quedó el bajo quieto y en 
silencio, como si no habiendo podido dormir por los 
gritos de nuestros centinelas, quisiera aprovechar las 
últimas horas de la noche para entregarse al reposo. 
Cuando estábamos abajo, vi que sobre la colina había 
unas nubes flotando indecisas, y cuando subimos, me 
pareció que bajaron las nubes a echarse blandamente 
en la colina. Aquellas excrescencias del cielo se al- 
zaban sobre esta protuberancia de la tierra, revueltas 
y encrespadas como olas de un mar petrificado» Para 



[135] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



aumentar la analpgía, dominaba el primer término 
un nubarrón, alto y escueto como una roca marina, 
roca batida por nutra que se hacinaban, empujándose 
a sus pies como vivas oleadas; oleadas con crestas 
de nubecillas, raras y transparentes como ingrávidos 
copos de espuma. . . Los gallos cantaban, batiendo 
las alas antes de anunciar con su canto la huida de 
la sombra. Me uní a la columna, que marchaba al 
trote. Al poco rato de marcha silenciosa, dijo uno: 
"Creo que se arma la gorda; me ha caído una gota 
en la nariz , . . " Se sucedieron las gotas, y la lluvia 
empezó, monótona, lenta, segura. Percibimos el olor 
acre de la tierra caliente que se moja. Calmó el viento, 
y las gotas, anchas, pesadas, cayeron con ruido sobre 
nuestros ponchos. Los caballos agacharon las orejas y 
empezaron a detenerse acobardados. Había necesidad 
de despabilarlos, y no podía hacerse al trote por no 
romper la formación. Entonces el clarín tocó a ga- 
lope: se oyó primero, en las ancas de los caballos, 
el silbador repique de los látigos, y tras un breve 
trote progresivo, repicó en el suelo el unísono ga- 
lopar de los caballos. Ya sólo para atravesar zanjas 
o portones amenguamos el compás del paso. Nues- 
tros sombreros, empapados, dejaban caer las alas, 
como paraguas a medio abrir; los ponchos, embebi- 
dos, pesaban como plomo; los caballos galopaban 
penosamente, con las orejas marchitas y desgonzadas. 
De improviso resbalaba uno y allá iban de costillas 
caballo y caballero, dos seres distintos, aparejados en 
común e idéntico porrazo; alguna vez se iba el caballo 
sobre el jinete y quedaba lo uno por lo otro, que no 
siempre había de ir encima el caballero. Entre estos 
percances y aquel barro que nos echaba a la cara pego- 
tes como brevas, llegamos a las chacras que rodean el 



[136] 



I 



25 DIAS DE CAMPO 



pueblo de Florida. Nos alojaron en el Hipódromo, 
donde pasamos el día secándonos la ropa y calen- 
tándonos los huesos. Por la noche quemamos tres do- 
cenas de luces de Bengala — que lleváramos para 
expediciones nocturnas, sin haber tenido ocasión de 
utilizarlas — paseando por las gradas del circo aque- 
llos hachones azules, rojos, amarillos, cárdenos o ver- 
des, que llameaban, en el fondo de una noche sin 
luna, derramando gotas ígneas de azufre inflamado, 
como fantasmas que respirasen fuego, babeando chis- 
pas. En la tarde del otro día, sereno y caliente, nos 
dirigimos a la estación del ferrocarril, siguiendo el 
paso de la banda lisa. Llegó la hora de partir: el ca- 
dete Fuentes agradeció, en breves palabras, su hospi- 
talidad al histórico pueblo de Florida; asaltamos los 
coches, batió marcha la camoana, se oyó el silbato 
del suarda, la locomotora taladró el aire con un gri- 
to largo, seguido por otros dos, penetrantes y cortos; 
el tren se agitó, crujieron sus coyunturas, latieron los 
pistones y rechinó el acero, sudando aceite. . , La 
banda estalló de pronto en una aleare diana, y el 
Dragón de la Quimera, como asustado del ruido im- 
previsto, dió una brusca sacudida y se deslizó tem- 
blando, en dirección a la ciudad hermosa. Se perdía, 
se perdía y se achicaba el pueblo, en cuyo centro la 
Libertad, esclava trágica, hace pedazos sus cadenas, 
y allá al poniente, una legión de nubes, erizadas y 
negras, al ver acercarse el sol, se tiraban despavori- 
das detrás del horizonte, como asustado enjambre de 
Medusas. 



[137] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



XX 



PÁRRAFO ÍNTIMO 

Madre mía. , . no te inquietes porque te llamo, ni 
abandones, ¡oh habitadora del cielo!, tu celestial mo- 
rada. Escucha: quiero decirte que mi primer libro 
debió ser tuyo; pero el deseo de honrar a mi padre 
en vida me indujo a coronar sus canas, antes de ornar 
tu sepultura. Te tocaba el segundo, y ya ves como su 
índole y objeto te lo quitan también. No importa, 
madre: la fragua está ardiendo y yo forjaré en ella 
una obra digna de tus virtudes y de tu memoria. 
¡Ayúdame tú, madre mía; inspírame, mártir querida 
de una familia desgraciada! ¡Templa mi lira, la de 
bronce, la que no puedo templar, la que es, en mis 
manos, muda, y verás cómo tu libro vivirá después 
que el papel se rompa y los caracteres se borren! 



[138] 



CUENTOS 



EL VELORIO VACUNO 



De flaco, de viejo, de cansado, de aburrido de arar, 
el pobre buey se acostó a morir una mañana en las 
inmediaciones del corral. 

Lo cuerearon. Aquella piel barrosa, tan fuerte y 
tan curtida, que durante doce o quince años lo había 
abrigado contra las inclemencias de la vida, aquella 
piel que había agujereado la picana con su púa de 
hierro, le fue sacada a cuchillo, entre risas, por los 
peones de la Estancia. Lo desollaron de un lado, lo 
dieron vuelta y acabaron de arrancarle el poncho. El 
pelo había caído en partes, al cefregarse el animal en 
tierra, en las ansias, cuando la muerte venía y le qui- 
taba aquella vida que él había arrastrado tantos años 
a lo largo del surco. 

Quedó muerto y desnudo. Coloreaba en el bajo su 
enorme cuerpo, enseñando la carne flaca, donde la 
sangre había quedado cuajada. Los perros iban allá, 
lo olfateaban y lo hallaban feo. Estaba muy flaco el 
pobre, y ni los perros lo querían comer. 

Pasó todo el día asoleándose el cuerpo de aquel 
oscuro y miserable soldado de la siembra. ¡Cuántas 
espigas había hecho nacer! ¡cuántas semillas habían 
hallado cuna en el surco abierto por aquel buey! Y 
ahora, allá estaba la osamenta, abandonada, terrosa, 
resecándose, llena de moscas. El héroe del surco, que 



[141] 



MANUEL R BERNARDEZ 



había hecho germinar tanto alimento, tanto grano, 
tanta espiga, tanto pan, había muerto de flaco! 

No. No podía morir así. Los hombres lo dejaban, 
pero sus semejantes debían ser más justos* Los hom- 
bres se olvidaban, pero entre los animales quedaba 
un sentimiento. Los hombres le sacaban el cuero por- 
que se podía vender. Era el último servicio que pres- 
taba el viejo buey. Tenía el cuero pesado. ; Lástima 
que aquel diablo de animal se había andado revol- 
cando al morir! ¡Tal vez el cuero fuera desecho, por 
eso! Y no pensaban nada más. Para ellos había con- 
cluido la desgraciada y bondadosa bestia. Pero las 
vacas, los toros mansos. los novillos tamberos, los 
bueyes veteranos, compañeros de yugo del buey muer- 
to, tenían obligación de rendirle un recuerdo antes 
de abandonarlo, al verlo caído, incapaz de seguir ti- 
rando el arado, tan duro y tan pesado como la vida 
para la pobre bestia resignada. 

Vinieron al caer la tarde. Las cuchillas prolonga- 
ban sus sombras; en los bajos empezaba a ser de no- 
che; los pájaros ganaban los paraísos y se quedaban 
quietitos, con la cabeza escondida bajo el ala. 

Entonces el ganado tambero fue cayendo al velo- 
rio. En el crepúsculo, el finado buey viejo, desollado, 
se veía colorear, con los matambres estirados, ya re- 
secos por el sol de todo un día. 

Los animales llegaron despacio, con aire fúnebre. 
Balaban con balido sordo y triste, como diciendo un 
responso. Eran mugidos cavernosos, tétricos, que re- 
sonaban sordamente en la tarde silenciosa y sosegada. 
Las ovejas, despavoridas, salían al galope, y los pe- 
rros paraban la oreja, con ganas de ir a ladrar al 
ganado doliente. 

El más triste era un novillo yaguané, sin duda pa- 



[142] 



BL VELORIO VACUNO 



riente del buey. Era el que presidía el duelo. Mugía 
con verdadero dolor, y de pronto rompía en balidos 
desesperados. Un buey overo-negro, llamado Retruco, 
se acercaba al yaguané y lo tocaba con el hocico, ba- 
lando a media voz, como si le dijese: ¡Hombre, no 
se aflija, que todos somos mortales! ¡Todos hemos de 
tener la misma suerte 1 ¡Iremos tirando hasta que nos 
toque clavar el asta! 

Como en los velorios humanos, había allí los indi- 
ferentes, animales que habían venido por compromi- 
so, por no chocar, por ceremonia vacuna. Habían 
llegado al muerto, lo habían olido, le habían balado 
quien sabe qué, por fórmula, y se retiraban rumiando 
sus asuntos. Otros, cuando el yaguané no los veía, aga- 
rraban algún bocado de pasto y lo mascaban disi- 
muladamente. . . 

En esto, un peón que pasaba, molestado por los 
mugidos, atropelló a caballo y deshizo el velorio a 
rebencazos. 



[143] 



MANUEL P. BERNÁRDEZ 



EL DESQUITE 



I 

Bajo el calor pesado de aquella siesta continuaba 
trabajosamente la esquila. Las ovejas, maniatadas en 
el gran galpón de quincha, se ahogaban, balando a 
intervalos un balidito quejumbroso y tristón. 

Entre el chirriar acerado de las grandes tijeras cor- 
tando la lana, resonaban como un tiroteo, de minuto 
en minuto, los gritos de los esquiladores. — "Médico" 
— gritaba por aquí el que pegaba un tajo: el curador 
venía con un tarro de alquitrán y daba unos pincela- 
zos en la herida a la oveja lastimada. — "¡Lata!" — 
gritaba por allá el que concluía, arrollando el vellón 
y soltando al animal, que salía azonzado, desnudo, 
limpito, amarillo como un huevo de avestruz recién 
largado. Los esquiladores, sin más ropa que la camisa 
y el chiripá, con pañuelos atados a la cabeza algunos, 
encorvados sobre las ovejas, no hablaban, sofocados 
0por el calor y la postura violenta. 

En un costado del galpón se alzó uno de ellos — 
un paisano de fisonomía dura, barbudo — y soltó un 
carnero. El esquileo de los carneros valía "dos latas" 
— dos vintenes — . El paisano gritó: — "¡Carnero, la- 
ta !" El encargado llegó y le dio dos latas. Las tomó 
y guardándose una en el cinto, le dijo a otro — un 



[144] 



EL DESQUITÉ 



muchachón flaco que esquilaba a su lado, todo sudo- 
roso, descolorido por el calor — : 
— ¡Tomá tu lata, vos! 

Esquilaban a inedias. El muchacho se enderezó un 
poco, agarró la lata y se quedó mirando a su socio. 

— Che, — le dijo — , me andás reculando latas. Den- 
de hoy estás trasquilando carneros y risién me das. . . 
Ya te vide, cuando fiste como a tomar agua, y lleva- 
bas cuatro vellones de a dos latas. , . 

El otro lo miró fijamente y contrajo el ceño, de por 
sí duro, dejando quieta la oveja que había agarrado 
y puesto patas arriba para continuar la faena. 

— ¿Qué desís, sarnoso? — preguntó, ronco; — ¡ya 
me tenés caliente! 

— ¡Sarnoso. . , tu madre! — replicó el joven indio. 

Y no dijo más. Su socio saltó sobre él, lo cazó del 
pescuezo, lo tumbó sobre la oveja, blandió la tijera 
abierta y se la clavó en la espalda, a lo loco. El mu- 
chacho se estremeció dos o tres veces, hasta que dio 
un estirón de piernas, y quedó quieto. Una hoja de 
la tijera lo había clavado en las vértebras, mientras 
la otra entró al pecho hirendo el corazón, que dio 
un salto supremo y se paró de golpe, partido en dos. 
La sangre saltó en borbollón y coloreó a la oveja, 
que quedó apretada por el cuerpo del esquilador 
muerto, toda convulsa, desnuda a medias de su pon- 
cho de lana. 

La escena tuvo rapidez de fantasía. Antes de que 
nadie pudiera darse entera cuenta de ella, el matador 
saltó, hosco y fiero, ganó el patio, montó en el úni- 
co caballo que había a esa hora en la "ramada" y 
tomó el campo resonando los cascos en el galope so- 
bre la tierra seca, embebida de sol. 



[145] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



II 

Era Sandes, el célebre Sandes, el comisario de aque- 
lla sección, y estaba en la oficina cuando llegó un 
tapecito todo afligido — en un petizo maceta que ha- 
bía agarrado entre las escobaduras — con el parte de 
la muerte. El patrón mandaba decir que el matador 
era hombre de agallas, y que mandasen buena gente 
si lo querían agarrar. Sandes, que profesaba odio pro- 
fundo a los que mataban sin pelear, quiso ir él mis- 
mo. Pero el sargento José Difunto se le cuadró: 

— Deja, che capitán, si usté queré yo va, mejor. . . 

— Bueno, di; pero ya sabés no me volvás sin él... 

— Ya sé yo. . . ¡deja nomá! Dame el papel. 

Sandes le dio la orden por escrito para prender al 
criminal y matarlo si se resistía. El sargento Difunto 
no sabía leer, pero nunca iba a prender a nadie sin 
la orden, por si acaso. A él le gustaba que se resis- 
tiesen, y a más de uno sacó de entre el monte, atra- 
vesado sobre el caballo. De resultas de estas aficio- 
nes tenía varios ojales en el cuero, que se habían 
cerrado solos, como las heridas del hacha en el tronco 
del ceibo. 

Nunca se supo bien por qué causa lo llamaban 
con apellido tan fúnebre. Y lo más curioso era que 
él no lo tomaba a mal; al contrario, solía dibujarse 
una ancha risa en su boca sesgada cada vez que te- 
nía que nombrarse. 

Sargento de policía del valentísimo Sandes cuan- 
do éste era capitán y comisario de una sección rural 
en Paysandú, tenía Difunto, en ese cargo no más, 
una credencial de su guapeza. Era el brazo derecho 
de Sandes, y en Paysandú y en Mercedes se han de 



t!46] 



T ; DESQUITE 



acordar los viejos d y aquel indio cambueta, fortacho, 
con una cara redonda y lampiña de china vieja, y 
sin otro vicio not? ¿le que el de pelear, vicio que sa- 
tisfacía a menudo' con ocasión del servicio policial, 
que en aquel tiempo era arriesgado y duro. Era Di- 
funto por naturaleza huraño y callado y por eso tal 
vez era bozal como un coya. Cuando él no los oía, 
solían decir los milicos que al sargento se le había 
endurecido la lengua porque no la sobaba nunca. 



III 

Tomó un soldado, y bien montados ambos, se lanzó 
Difunto a la caza del hombre fugitivo. Dejó el ma- 
chete — la lata — porque hacía ruido, armándose so- 
lamente con su facón, que no le negaba fuego, y con 
una pistola reyuna que llevaba casi por lujo. Como 
paso previo enderezó al teatro del suceso, para aga- 
rrar el rastro. Cuando llegó, se había reanudado el 
esquileo; mordían las tijeras como con más ganas de 
cortar, en un silencio vasto, cargado de conjeturas. 

Ladraron los perros y salió un negro viejo, tío 
Adrián, a espantarlos y a ver quién era. Al divisar 
al sargento se apuró: 

— ¡Juera, Chicolatef ¡Ya diay, Gaviota! ¡pucha 
digo con los animales! .. Abajesé don Difunto, aba- 
jesé... Allastá en el galpón... ¡ánimas benditas!... 
j Jue una barbaridá! . . . ¡Qué barbaridá! ... Jue una 
cosa bárbara, como les dije yo . . . Venga po acá sar- 
gento, allastá el pobre, estirao . . . 

Cuando llegó el sargento al galpón hubo una sus- 
pensión momentánea en el canto chirriante de las 
tijeras. Algunos esquiladores se dieron vuelta con di- 



1147] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



simulo, como juzgando inútil que la "autoridá" les 
viese la cara, y continuaron su faena. En cuanto en- 
tró Difunto, un viejo enfardador, que estaba pisando 
lana dentro de una larga bolsa colgada del techo, se 
tiró al suelo, y con un aire digno y grave se acercó 
dando la mano al sargento, el cual creyó tal vez que 
sería el abuelo del muerto. Era sencillamente el vie- 
jo Fantasía. Lo llamaban así en honor a su imagi- 
nación, que le hacía hallar historias a propósito para 
todos los casos. Por lo demás, Fantasía —don Fan- 
tasía, como le llamaban las chinas — era un buenazo, 
de estos viejos que se acuerdan de sus tiempos a 
cada paso y han sido protagonistas o testigos de todo 
lo notable que ha sucedido en todas partes. 

— Vamos a ve, — dijo Difunto acercándose al muer- 
to, que estaba todavía echado boca abajo. Le habían 
sacado la oveja, nada más, pero conservaba su pos- 
tura, contraído el cuerpo y abiertos los brazos — . 
Vamos a ve cómo jue eto. . . 

Algunos, entre ellos misia Silveria que pasaba con 
el mate cuando sucedió el hecho, quisieron referirlo; 
pero el viejo Fantasía no los dejó: los hizo callar con 
un ademán solemne, y se adelantó él. Contó todo 
lo que había oído a todos, de lo que resultó una his- 
toria larga y tortuosa, llena de contradicciones. Con- 
cluyó por pedirle al sargento que le escuchara una 
palabra aparte. Lo sacó hasta el barril del agua y le 
dijo con reserva: 

— El finaíto cuando cayó — ¡que Dios nos libre 
y guarde! — ■ cayó boca abajo. Lo querían dar güelta, 
pero yo no los dejé. Ansí el matador no puede dirse. 

Difunto lo miró. 

— ]Qué! ¿crey que no. , .? ¿No sabe? . , . — in- 
terpeló el viejo pasmado. 



1148] 



ÉL DESQUITE 



— He oído desí, . . pero se me hace sonsera. 
— ¡Cómo sonsera, cristiano! ¡Yo le garanto que 
no se le va! 

— ¡No se le va,,,! ¡poque yo no me duemo 
en la paja! 

El viejo Fantasía sonrió entonces con aire de su- 
prema iniciación, y dijo, poniendo la mano en el 
hombro del sargento: 

— Miiiire, compañero: yo no creo en el "malo", pe- 
ro cuando rejucila me persino; no creo en los "lobi- 
sones", pero cuando ando de noche, y oigo roncar al- 
gún chancho lejos de las casas, saco el facón y beso la 
cruz. Esto que le digo es la pura verdá. . . ¡Mire 
que yo soy más viejo de que usté y he visto muchas 
cosas! Cuando un hombre mata a otro , , . atienda- 
mé: si el finao cai boca arriba, el que lo mató se 
va y no hay polesía que lo agarre; pero si caí boca 
abajo, no tenga cuidao, que la desgrasia lo sigue, y 
lo engaña, y lo trai al castigo, ¡En mis tiempos ten- 
go visto mucho de esto! Le vi a contar: una ucasión, 
en una pulpería, allá por los Arapeises, se desgrasió 
un compañero. El finao era un gringo que se había 
hecho odiar al ñudo , . . Ligó una puñalada en la 
tetilla y cayó pa delante. ¡Pues no había modo de 
que aquel hombre se mandase a mudar! Se iba, lo 
víamos dentrar al algarrobal, y a la hora no más 
golvía mirando pal lao del muerto: 

— "No me puedo dir porque he dejao el poncho..." 
Nosotros apuraos: 

— "Pero, cristiano e Dios, vayasé, que lo van a aga- 
rrar". Se iba, y al rato ¡sas! ¡otra ves! Cuando en 
esto, un negro viejo, jue, y vido, y dise: 

— "¡Pero cómo se va a dir! ¡no ven que el finao 



[149] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



está boca abajo! ¡delon guelta!"* ¡Y ansí jue! Lo di- 
mos gtielta al griego y el otro no vino más . . . 

— Entonce quere desí que uté pensás que el otro 
va a vení po acá, . . 

— ¡Cómo no, cnstiano! ¡Es clavao! Mire, oigamé: 
él tiene rilasión con Martina, la Chúcara que le disen, 
una que vive allá en aquel ranchito de la cuchilla* 
El se jue sin ropa y sin plata, y yo le garanto que 
si lo dejan al finao comostá, esta noche le va a dar 
la desgrasia por venir a empilcharse y a abrasar a la 
china. . . ¡Si es una cosa sierta! . . . Mire: una ve. . . 
¡rae acuerdo como si juera aura! ... un tal Aman- 
sio, un domador. . . 

Se disponía a contar otra historia: José Difunto 
se la cortó sencillamente volviéndole la espalda; pe- 
ro medio vencido por la elocuencia supersticiosa del 
viejo ordenó que no tocasen al cadáver hasta que él 
volviese. El capataz mandó echar un cuero de potro 
encima y lo dejaron en pa2. Los perros olfateaban la 
sangre seca y esa noche aullaron hasta la madrugada. 
Las chinas no pudieron dormir con la impresión, y 
una soñó que había visto al finao bailando, y que las 
dos heridas de la espalda se le habían vuelto dos bo- 
cas, una de las cuales hablaba, mientras la otra se 
abría para reírse. 



IV 

Puesto sobre la pista galopaba Difunto, c iba pen- 
sando en la superstición del viejo. Por lo que tenía 
de sobrenatural, entraba y hacía impresión en la pe- 
numbra espesa de su intelecto inculto. Pero asimis- 
mo, confiaba todavía más en su buen olfato. Tenía 



[150] 



EL DESQUITE 



en la sangre y en el hábito esa lucidez exquisita que 
constituye la ciencia del rastreo y se encarnizaba en 
una persecución, sin comer ni dormir durante días. 

Decidió reservar como un recurso heroico la ayu- 
da de las fuerzas misteriosas, u Ia ayuda del finao", 
como se decía él. Resolvió recurrir a ella si acaso se 
le perdía el matador. Al salir de la estancia se fijó 
bien en el rancho de la Chucara para dar con él de 
noche, si se ofrecía . , . Aquel recurso extraño y te- 
rrible de pedir ayuda al muerto, pensaba él, era como 
pelear con pistola, cosa que él sólo hacía cuando el 
enemigo disparaba y no podía alcanzarlo con el fa- 
cón. . . 

Por de pronto, hizo sus conjeturas: por el rumbo 
que había tomado el fugitivo, debía ir ganando el 
norte, como a pasar el Queguay, para seguir la fuga 
al abrigo de los palmares. El caballo que llevaba no 
podía darle para muchas leguas, sobre todo yendo 
apurado como iba. Se le cansaría por la estancia de 
Ramírez, allá sobre la costa del Queguay. Ésta fue su 
inducción y se entregó a seguirla, galopando con su 
compañero, a través de los campos, de vado en vado, 
de zanja en zanja, escudriñando las sendas, medio per- 
didas en los altos pastizales. ¡Por allí había ido el fu- 
gitivo; por allí había ido! El indio mordía el barbijo, 
nervioso, en una ansiosa pasión de dar con el malhe- 
chor. Por esta cañada había pasado, por aquel pasito, 
por este otro barrizal. En una picada, entre el monte, 
había una ramita de ñapindá recién cortada: debió 
agarrar la ropa al fugitivo y éste la cortaría por no 
pararse a soltarla. El rumbo persistía. De fijo iba a 
mudar caballo en lo de Ramírez. > . 



[151] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



V 

Y era así. El asesino, después de una huida vio- 
lenta en que el pobre caballo dio todo lo que podía, 
llegó a la estancia de Ramírez. Conocía al capataz. 
Había trabajado allí en marcaciones y esquilas. To- 
davía en la zafra anterior había ayudado a apartar 
una tropa. No le negarían caballo, creía, porque en 
aquellos tiempos no se negaba un caballo a ningún 
hombre apurado . . . 

Llevaba el asesino unos miedos quiméricos 4 de que 
desconfiasen algo, hasta de que ya lo estuvieran 
esperando para prenderlo... ¡Oh! ¡pero pelearía! 
Se aseguraba del facón cuando iba subiendo la ex- 
tensa cuchilla sobre cuya corona celada blanqueaba 
la estancia. Examinaba ... no, nada. Todo tranquilo. 
Ni le ladraron los perros: le salieron tres, sin apuro, 
como para oler quién era, y sólo una perra baya que 
mordía sin ladrar, se colgó de la cola del caballo, 
que, cansado, ni tuvo alma para cocearla. El asesino 
llegó, saludó aquí y allá y se apeó en la enramada, 
ya del todo tranquilo. A un peón conocido que le ex- 
trañó el traje, le dijo que lo habían pelado al truco 
en la esquila y que iba a buscar plata a su pago pa- 
ra volver por la buena. . . 

Estaba cansado, con el cuerpo laxo, y después de 
la huida, del miedo a caer preso que lo espoleaba en 
los primeros momentos, le vino una reacción de au- 
dacia, una confianza, una alegría interna de haber 
evadido a la policía. Estas reacciones son un fenó- 
meno frecuente, y son ellas casi siempre las que pier- 
den a los asesinos. Aquel extraño cuento de Edgard 
Poe, en que el asesino de su mujer, después de estar 



[152] 



EL DESQUITE 



ya salvo, se descubre por un necio alarde de confian- 
za, es de una profunda verdad psicológica. El crimi- 
nal tan solícitamente rastreado por José Difunto, tu- 
vo este cuarto de hora necio, que el viejo Fantasía 
hubiera atribuido al hecho de que el finado estaba 
boca abajo. . . 

No se hallaba en la estancia el capataz, pero llegó 
al ratito. El asesino lo saludó con desembarazo: 

— ¡Cómo le va, don Pama! ¡Siempre guapo! . . . 
¡pucha! . . . 

El capataz se asombró. Lo hacía lejos del pago. 
— ¡Vos por aquí, "Abrilojo"! ¡qué diablos habrás 
comido! 

El matador se llamaba Santos Muniz, pero allí le 
llamaban "Abrilojo" porque en cierta ocasión se aga- 
rró al truco con un zonzo a quien ganó hasta las pil- 
chas, y mientras estaba jugando, Muniz, que era co- 
mo la luz para las trampas hábiles, le decía riendo 
al contrario: "¡Abrí el ojo!" y le sacaba del medio 
el as de espadas, o flor, o lo que quería. Hizo gracia 
la cosa, y le quedó "Abrilojo". 

Muniz repitió al capataz el cuento de su pérdida 
en el juego. Don Panta lo miró de soslayo, sonriendo 
de su facha. 

— ¡Mirá que ha de haber sido macho esa jugada! 
¡porque pa pelarte a vos . . . ! 

Pero si algo desconfió, lo guardó para sí. Había 
una complicidad tácita entre la paisanada, para en- 
cubrir desgracias de cierto género. Don Panta esti- 
maba a Muniz porque era un buen peón por día. 
Trabajaba de sol a sol y era muy callado. Sabía que 
había sido matrero, y lo tenía por hombre de en- 
traña. Si sospechó la causa de su aparición por allí, 
no se le ocurrió seguramente que hubiera sido por 



[153] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



un asesinato- Capaz de matar, lo creía, pero no a trai- 
ción. De haberlo creído, le hubiera negado el caballo. 
Todo lo que era para aquellos hombres simpático el 
valor que pelea y mata, les era despreciable el ímpetu 
cobarde que asesina. Don Panta se dirigió a un peón 
que llegaba a caballo: 

— Che, Juansito, ¿ya soltaste la tropilla? 

— Ya, risién. . . 

— Mirá. . . echála otra ves, pa que éste mude. . . 

Ya muy tranquilizado, el asesino sintió que tenía 
seca la boca, y hambre, una contracción nerviosa 
que le causaba angustias en el estómago. El sol de- 
clinaba, y se le ocurrió pensar que con la fresca y con 
un buen caballo, la fuga iba a ser hasta agradable . . . 
le dijo al capataz que tenía hambre. 

— Si esperas un poco. . . luego no más comemos. 
Anda yendo pa la cosina, que ha de haber mate. Yo 
te hago ensillar el caballo. 

— Mire. , ♦ si tuviera alguno nadador, Don Panta, 
por casualidá. . . 

— ¡Qué! ¿andás por agarrar surubís a mano? — 
preguntó el capataz dando una gran risa, que sacudió 
todo su cuerpo de campero grandote y bien comido. 
— Güeno, andá no más ... te voy a dar un tordillo 
cuero negro, que es como tararira! . . . Pero no me lo 
vayás a jugar, y más cuando andés mal de la mano, 
como hoy . . . 

VI 

Acababa de entrarse el sol resbalando por un cielo 
puro, ligeramente cobrizo. Quedaba en el campo una 
claridad transparente en las cuchillas y opaca en los 



[134] 



EL DESQÜIlí 



bajos, donde parece que las sombras se han pasado el 
día agachadas entre los pajonales, y a esa hora suben 
temblando a las lomas, como para espiar a ver si el 
sol se ha ido. 

Todavía quedaban los peones comiendo en la co- 
cina, cuando Muniz salió con otro paisano que iba a 
traer un redomón que tenía a soga en el bajo. Lo es- 
taba enfrenando y lo iba a dejar toda la noche en el 
corral, con el freno en la boca, porque era porfiado 
^ y no quería "agarrar el fierro". Fueron hasta la en- 
ramada conversando de esto. Muniz, que tenía fama 
de buen domador, le decía al otro que había hecho 
mal en enfrenar el redomón en luna nueva, porque 
le iba a salir baboso. 

— No importa, — replicó el peón — como no lo 
quiero pa pasiar. , . lo estoy amansando pa trabajar 
en el campo, y es gueno que sea un poco baboso, por- 
que ansí no se le seca la boca con la calor. 

Muniz desmaneó el tordillo, que ya estaba pronto. 
Era un lindo y altivo animal, corto de lomo y rasgado 
de abajo, — condición de caballo ligero — . Tenía los 
ojos y el cuero del hocico negros, muy abiertas las 
fosas nasales y el casco chiquito, alto y redondo como 
una copa al revés. Con una ojeada de inteligente lo 
apreció Muniz, y sonrió satisfecho. El peón se despidió 
y se alejó a buscar su redomón, mientras Muniz revi- 
saba la cincha, como hace todo paisano precavido 
cuando no ha ensillado él. 

El capataz le había dado un sombrero viejo de paja. 
Se lo arregló, poniéndose el barbijo, prendió la ma- 
nea en el bozal, encendió un negro, y montó. Recién 
echó de ver que los estribos le estaban cortos. Los 
alargó, de a caballo no más, y luego, sujetando el 
bfío del tordillo, salió de la ramada. Todavía le gritó 



[155] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



un "¡hasta otro día!" al peón, que iba ya bajando la 
cuchilla a buscar su redomón, silbando un estilo. Ha- 
bía atardecido del todo, y sólo eran las cosas visibles 
para los ojos camperos. Era una tarde prodigiosa- 
mente sosegada: ni las vacas mugían, como invadi- 
das por el solemne silencio crepuscular. Cuando Mu- 
ñís se vio con el campo abierto por delante, y un 
buen caballo dócil al impulso de su mano, desaho- 
gó su pecho y miró altaneramente en torno suyo, . . 
pero se quedó sin sangre y le dio un bárbaro tirón 
del freno al tordillo, viendo por su izquierda, casi 
encima ya, un jinete con kepis, a todo galope, y otro 
más atrás. 

El asesino sintió la sensación renovada de todo su 
peligro, y su audacia, su deseo de vivir, lo serenaron 
de súbito: por un segundo pensó en aflojarle la rien- 
da al tordillo, pero no se animó. Los otros también 
venían bien montados y le bolearían el caballo. Rá- 
pidamente concibió todo su plan. Si el sargento no 
lo conocía, tal vez le saliera bien; y si no, los pe- 
learía. En su alma de gaucho había un sedimento 
bravio de rebelión. Sin emoción visible* enderezó su 
tordillo al sargento Difunto, que era el que llegaba. 
No lo conocía: menos mal ... Si traía las señas, tal 
vez lo desorientase el sombrero de paja. No pensaba 
él que su plan era más factible de lo que creía, por- 
que el sargento, contando bien el tiempo, calculaba 
que el asesino habría salido de allí una hora antes. 
El sargento sofrenó: 

— ¡Güeñas tardes! 

— ¡Muy güeñas! ¿Qué diablo tan apurao, sargen- 
to? ¿Se habrá resertau alguno? 

— No — contestó el sargento, acercándose al tro- 
te — . No se ha resertau naide. . . ¿uté es de acá? 



[156] 



EL DESQUITE 



— Sí, señor; pión. . . 
— ¿Y ha etao hoy aquí? 

— Turto el día. . .Estuvimos cargando lana, por- 
que ya se acabó la trasquila. Aura voy a buscar la 
majada fina . . . ¿No ha encontrao las carretas de 
lana? Iban pa Paysandú . „ , 

El asesino las había encontrado, y suponía que el 
sargento las habría visto también. 

— Sí, las vide. . . Y digamé: ¿no ha venido naide 
a pedí un caballo emprestao? 

— Vino, sí, señor; pero no le emprestaron porque 
venía muy redotaa El capatás maJisió que hubiera 
hecho alguna cosa. Traiba el caballo aplastao y lo 
ató a soga. . . 

— ¿Y hase mucho que se jue? 

— No debe de haser, porque risién estaba... Hom- 
bre, ¡casualmente! mírelo: allastá en el bajo, arran- 
cando la estaca. .! 

Difunto no escuchó más. ¡Lo agarraba a pie! ¡Qué 
bolada! Clavó espuelas, y seguido de su soldado ga- 
lopó al bajo, donde el peón seguía silbando su es- 
tilo, dándole todo el sentimiento posible y añadién- 
dole unas modulaciones de su invención, mientras 
arrollaba el maneador para hacer cabestrear al potro. 
Muni2 sonrió un momento, y murmurando entre 
dientes "¡ya ca. . .iste, sonso!* 1 cambió a toda prisa el 
rumbo. El sargento es rastriador — se dijo— ¡me ha 
olfatiao lindo! Hay que borrarle el rastro. . . Adivinó 
que yo iba a rumbiar pal Brasil. . . ¡Pero de ganoso 
se va a dir en seco! 

Y galopaba rápidamente hacia el Queguay, cuyas 
costas montuosas verdeaban cerca. Llegó y entró al 
agua, eligiendo un sitio de la orilla en que había 
pasto tierno, para que quedase bien visible el rastro. 



[1571 



MANUEL P. BERNARDEZ 



Después, en vez de avanzar hacia el otro lado, aga- 
rró por la costa, con el agua a la cincha; bajó unas 
cinco cuadras y volvió a salir por un pedregal, don- 
de las pisadas del tordillo no dejaron señal ninguna. 

Recién tiró el cigarro, porque se veía el fuego. 
¡Aura vamo a ver quién es más tero! ¡Andá a oler- 
me el rastro en lagua! — Se afirmó en los estribos y 
escuchó un momento. No se oía nada más que el 
sordo murmullo de la corriente y el graznido de 
una lechuza, que pasaba y repasaba sobre la cabeza 
del fugitivo. — Pájaro hijuna. . . andá a agüeriar a 
otro lao! ^-murmuró molestado, amagándole con el 
arreador. Subió a la cuchilla y retomó el galope; 
llegó de nuevo a la altura de la estancia y la 
rodeó sin acercarse, hasta tomar el camino que ha* 
bía traído esa tarde. La estancia estaba en silencio. 
— A la cuenta ya me van siguiendo el rastro, — se 
dijo — : ¡vayan no más! . . . ¡pucha, que te tengo 
miedo! Míentre que ellos van pa lia, yo vengo pa 
cá... ¡Asina no nos vamos a topar! No aflojés, 
tordillito. ..¡pucha, que es gueno don Panta: mi 
ha dao un fletaso! ... Me despido de la china y me 
saco estas cascarrias. , ♦ ¡qué grasioso! ¡qué le habrá 
hecho aquel sonso al pobre pión! 



VII 

El zonzo lo había atado, al peón. En cuanto se 
acercaron, el soldado le apuntó la tercerola, y el sar- 
gento le gritó: 

— ¡Dése a preso! 

El peón cortó el estilito que con tanto primor sil- 
baba, y pegó una espantada. 



[158] 



EL DESQUITE 



— ¡Echate, maula! —intima Difunto con su voz 
gangosa, que resultaba hueca y sonora en la tran- 
quila tarde — . j Echate o te va a vé conmigo! 

— ¡Pero aguardesé, mi sargento! ¿por qué rasón? 

Quieras que no, se echó, y lo amarraron; lo ama- 
rró el mismo Difunto, que era catedrático. Protes- 
taba el pobre peón, se enfurecía, llamaba traicioneros 
y mal paridos a los policías. . . ¡Nada! ¡marche! Le 
pegaron unos empujones para amansarlo, haciéndolo 
rodar por el suelo como un tercio de yerba. El preso, 
blanco de rabia, les gritaba que lo soltasen un poco, 
con eso veían quién era él! . . . Entonces se puso 
grave José Difunto. Sacó del cinto la orden del co- 
misario, y mientras el soldado empujaba al peón, Di- 
funto, de a caballo, le mostraba el papel, didéndole 
persuasivamente: 

— ¡Miá pa cá, tape! ¡miá pa cá! ¡no siás popa- 
sao! . . . ¡No e yo quen te jore. ete papelito e que te 
jare a vo! . . . Aquí ta la oden pa pendete. , . ¡Y 
no te meta a malo, po que ya te dije que te va a 
tené que ve comigo! . . . 

Lo llevaron a la estancia. Ya habían visto la cosa 
desde allá, y estaban alborotados. El peón preso era 
un muchacho criado allí, hijo de una china vieja que 
había venido al país con Rivera. Todos lo que- 
rían y se habían prometido no dejarlo llevar. Como 
hasta diez hombres, con el capataz a la cabeza, iban 
saliendo, resueltos a rescatar a su compañero. El ca- 
pataz se adelantó: 

— ¡Pero, amigo sargento! ¿por qué ha atau a ese 
hombre? 

— Poque mató a taisión a oto, allá en la tansia 
de los Rodigue! ¡y acá ta la orden! 
— ¿Pero, cuándo jue, sargento? 



[159] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



— ¡Cómo cuándo jue! ¡Hoy mimo! 

Hubo una carcajada. El capataz comprendió. 

— ¡Pero, pero araigaso! ¡si no puede ser! ¡Si ese 
hombre no ha salido de las casas harán quinse días! 
¡El que ha hecho la muerte deberá de ser Santos Mu- 
niz, que vino to redotao a pedirme un caballo, disien- 
do que lo habían pelao al truco! 

— ¡Sí! ¡a mí me las va a contá uté! queré desí 
que ete no será Muñí! 

— ¡Qué va a ser Muñís, cristiano, si Muñís es un 
paisano grandote y barbao que estuvo ahorita hablan- 
do con usté! ¡Uno de sombrero de paja, en un tor- 
dillo! ¡Lo han fumau feo, dispense que le diga! ¡Ha 
estau hablando con el individo y se le va a afirmar 
al otro pobre! 

Los peones, como ensayados a coro, soltaron la 
risa, maravillados y felices con el chasco del milico. 
¡Pucha el paisano diablo! ¡Lo había fumau lindo! 
No ocultaban la satisfacción que les causaba aquello. 

Difunto comprendió al fin, y trémulo de rabia hi- 
zo una atropellada, como con ímpetu de pelearse con 
todos los peones que, sorprendidos, se desparramaron, 
echando manos algunos a sus cuchillos. El sargento 
volvió riendas, gritando furioso al soldado: 

— ¡Monta! 

— Voy a desatar a este. . . 

— ¡Dejálo! ¡Que lo desaten si quieren! ¡Vamo! 

Y se alejaron a todo galope, bajo la silbatina y el 
palmoteo regocijado de la paisanada. 

Difunto sujetó un poco, en el bajo. Su enojo no le 
ofuscaba. Se confesó ingenuamente que lo habían 
boleado. Y en aquella oscuridad, en aquel silencio 
misterioso de la noche pesando sobre el silencio del 
campo adormecido — entre aquellos dos grandes si- 



[160] 



EL DESQUITE 



lencios — Difunto se sintió vencido. Una impotencia 
supersticiosa dominó su alma ignorante y bravia, y 
con gran suspiro exclamó, como convenciéndose a 
sí mismo: 

— ¡Ta güeno! , . . ya veo que yo no pude. . . va- 



Se persignó, y sin buscar rastro, renunciando a su 
vieja destreza de perseguidor, lanzó furiosamente su 
caballo por el camino que había traído esa tarde. 

El soldado, que había oído con asombro las pala- 
bras enigmáticas del sargento, se le apareó y le pre- 
guntó: 

— ¡Dispense, mi sargento! ¿Pa ande vamos? 

No contestó sino castigando su caballo, metido en 
su habitual silencio concentrado. Pero tal vez se arre- 
pintió, tal vez tenía necesidad de una ruda confi- 
dencia, para justificar, si era posible, aquella renuncia 
de su reconocido olfato de rastreador, porque sin de- 
jar de hostigar al animal, que galopaba saltando las 
masiegas, dijo sordamente indio bozal: 

— ¡No tas viendo que ahora e el fínau el que lo 
va a agarrá a ése, . . También. . , ¡me va a paga la 
fumada, si caí! Vamo a lo de la china Chuca. . . 

Y en la calma estrellada de la noche, los dos hom- 
bres siguieron su galope, sobre la huella reciente del 
tordillo cuero negro, en el que Muniz, ciego y so- 
berbio, iba arrastrado por su destino. 



Martina era una china linda, tostada de color, ar- 
diente de ojos, muelle en el caminar. Tenía una me- 
lena en rebelión, crespa, y flotante en su espalda co- 



mo a ve si e verdá 




lyudá el fínau . . . 



VIII 



[161] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



mo la crin de una potranca nueva. La solía atar con 
una cinta colorada, y quedaba así de una seducción 
penetrante y acre, que ella rectificaba con su carácter 
de macho. Había nacido en un campamento, caída 
en una noche de frío y curtida después de la dureza 
de su niñez errante. Se había formado fuerte, y odia- 
ba a los hombres, recordando tal ves, ya mujer, bru- 
talidades sufridas cuando jovencita. Por eso le habían 
puesto "Chucara". Su cariño por Munis venía de 
tiempo atrás. Muniz había "sacado la cara" por ella 
en una hora comprometida y la había alzado en an- 
cas. Desde entonces sus vidas quedaron ligadas. Ella 
solía quedarse temporadas sola, cuando él iba a es- 
quilar, a ganar para la vida. MunÍ2 no se conchaba- 
ba nunca sino por días: traía la plata, aumentada por 
sus ganancias al juego, y se pasaban un mes ociosos, 
queriéndose, uniéndose en abmos largos, sintiendo 
que la vida era una enemiga para ellos fuera de aquel 
rancho de techo de paja, rodeado de enredaderas que 
él había traído del monte vecino, y en cuyo moji- 
nete anidaba un casal de horneros, que solían venir 
a buscar barrito al lado del barril, sin miedo a la chi- 
na. Ella se sentía acompañada por aquellas avecitas 
trabajadoras, los días en que "el hombre" andaba 
ausente, trabajando por la vida. 

Hacía mucho que se había acostado la Chucara. 
Por no gastar vela se recogía temprano, soltando a 
Tacombá, su guardia brava, un gran perro lobuno, 
de orejas tiesas, que adoraba a la china y le velaba 
el sueño. 

De pronto despertó sobresaltada. Un caballo lle- 
gaba al galope, tomaba el trote, el tranco, y se déte- 



U62] 



EL DESQUITE 



nía delante del rancho* Pero el perro no ladraba. . „ 
¿sería? . . . 
— ¡Abrí, china, soy yo! 

Abrió, sorprendida y gozosa. El tordillo, asombrán- 
dose de la puerta negra, de los rumores de la noche, 
marchó algunos pasos, quiso irse, pero se pisó una 
rienda y quedó parado, mientras su jinete, seguido 
de tf Tacombú", que se deshacía en fiestas, alzaba en 
sus brazos a la china desnuda y la volvía al catre de 
guascas. Se sentaron en la cama, a oscuras. Ella le 
sintió el tufo desagradable del vellón: 

— ¡Qué olor a oveja tenes! ¿Qué tenes? 

Muniz la abrazaba fuertemente: 

— Nada tengo, china. . . vine a vefte no más, . ♦ 
voy a tener que dirme. . . 

Ella, sobresaltada, con la sensación de algo sinies- 
tro, quiso insistir; pero él le tapó la boca: 

— ¡Calláte! 

Había percibido, con su oreja avezada de campero, 
una vibración sorda en el suelo: galope de caballo, 
sin duda. El perro, entretenido en sus fiestas, no ha- 
bía sentido nada. Pero al hacerse el silencio, oyó 
también el rumor que se acercaba y se lanzó afuera, 
ladrando. Por el ruido de los cascos comprendió Mu- 
niz que eran dos los jinetes, vio por las grietas del 
rancho dibujarse y crecer sus bultos en la sombra, 
llegando rápidamente, y se levantó del catre: 

— No te asustés, china; los voy a peliar. . . hise 
una muerte y vienen a llevarme. . . pero son muy 
sarnosos! 

La Chucara, sin decir palabra, lo besó en la boca 
y se deslizó a un rincón. Muniz se apretó la faja y 
desenvainó su puñal, corto y fuerte, como para aguan- 
tar quites y desjarretar toros. Agarró una cobija de 



[163] 



MANUEL P. BERNARDEZ 



la cama, la arrolló al brazo izquierdo, y así preve- 
nido se puso junto a la puerta. Martina, armada con 
su cuchilla de cortar carne, se perfiló al otro lado, 
resaltante, blanqueando su camisa confusamente y 
con lucesitas felinas en los ojos, espiando la entrada. 

Difunto y el soldado habían echado pie a tierra. 
El perro los cargaba con furia. Difunto, que traía tam- 
bién el poncho arrollado en el brazo izquierdo, lo 
presentó al animal, que hizo presa impetuosamente, 
alzándose de manos, mientras Difunto, afirmándose 
para aguantar la embestida, lo abrió de una puñalada. 

El soldado iba medio quedándose. , . Avanzaban 
agachados, para divisar los objetos. La noche era de 
una oscuridad estrellada. Difunto le pegó un reben- 
cazo al tordillo de Muniz, que salió al trote, pisán- 
dose las riendas. 

— Sargento, mire que está esperando adentro, y es 
medio peligroso. . . Está en lo escuro y nos va a 
aguaitar. . . 

■ — Demasiau sé yo. . , 

Difunto avanzaba despacio, mirando a su alrede- 
dor; sondeaba la oscuridad, buscando algo. De pron- 
to tropezó con una batea de ceibo, larga de una vara, 
de esas que hay en todos los ranchos y que Muniz 
le había hecho a la china para el aseo doméstico. 
Difunto le volcó el agua y se la colocó sobre el pe- 
cho, como un escudo, atragantándose con la risa que 
le causaba su diabólica idea. Cubierto con aquella 
coraza, liviana como corcho, y casi impenetrable al 
acero por lo fofo de la madera, Difunto atropelló a 
la puerta riéndose, con el facón en parada de prime- 
ra para guardar la cabeza. Muniz se afirmó en los 
pies al verlo atrepellar, y gritando: "¡Dios te asis- 
ta!", le descargó la puñalada con rodo el brío del 



[164] 



EL DESQUITE 



brazo, Pero el arma se hundió en la batea, y con 
la áspera carcajada de Difunto sonó el golpe sordo 
de su facón sobre el sombrero de paja del asesino, 
que cayó redondo, con la cabeza partida en dos. 

No asustada, sino pasmada, enloquecida, sin com- 
prender, Martina saltó afuera, a punto que llegaba el 
soldado, sin mucha prisa, estirando el pescuezo. Al 
ver a la china dio una reculada, y la Chucara enton- 
ces, sintiendo el cuchillo en la mano, y en el pecho 
su bravura montes, saltó y le pegó un tajo en la cara. 

— ;Ah, grandísima yegua! ¡me has cortau! — au- 
lló el indio, y ciego revoleó la tercerola y volteó 
de un culatazo a la valiente china que cayó atravesada 
ante la puerta del rancho, desnuda, erizada su eren- 
cha de rulos como un manojo de viboritas negras. 

José Difunto, que salía riéndose aún, con la batea 
ensartada en el puñal de Muniz, saltó por sobre la 
Chucara y murmuró satisfecho: 

— i Juna gran siete. . . él me bolió. . . pero yo 
tamién! 



[165] 



Este décimoséptímo volu- 
men de la Colección de Clási- 
cos Uruguayos fue impreso 
para la Biblioteca Artigas 
del Ministerio de I. Pública 
por Colombino Hnos S A 
Se terminó de imprimir en 
Montevideo a los 15 días 
del mes de marzo de 1955.